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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO

¿CÓMO ENSEÑAR QUÉ EN AUDIENCIAS NO SE HABLA COMO EN ESQUINAS?

No se puede argumentar bien jurídicamente sin un buen conocimiento del DERECHO, de los materiales jurídicos, y de la teoría del DERECHO, de los instrumentos adecuados para MANEJAR aquellos materiales”. Manuel Atienza.

¡La vida, ah! ¡la vida!, me ha enseñado en diarias lecciones existenciales y laborales que el derecho es un lenguaje. Sí. Así de simple. No es un descubrimiento, a ningún profesor lo oí. Un lenguaje específico, preciso. Lo intuí en un alba. Que, en su complejidad suma, como un Aleph borgeano, a los demás lenguajes que hacen lo humano del hombre: desde las cavernas hasta el Internet. O sea, que, para ejercer, profesionalmente, el derecho en lo virtual hay que aprender a: pensar, leer, escribir, actuar y hablar como hablan los dioses en la búsqueda, sin temores, de LA justicia. Es decir, el derecho es el complejo y completo lenguaje de la humana justicia. Atienza, tratadista español, demuestra que «el derecho es argumento«.

Precisado el entorno, entonces es menester explicarlo, para comprender las razones de esta reflexión, nacida cuando piso la séptima estación primaveral de una vejez con-sentida y con-sentido. En una vida dedicada, por más de medio siglo, al estudio y el ejercicio de el derecho, profesión de la que es difícil jubilarse, ya que entre más hojas blancas luzca la cabellera, la testosterona se agote y más cansino sea el andar, más limpios y prudentes son los juicios «de una mente que nació para legislar», como cantó «Tite» Cure. es que litigar es poner la ley en movimiento. Los abogados litigantes somos legisladores: cada caso atendido es ejercicio de personificación de la ley. Es decir, damos sentido a las normas jurídicas, éticas y, hasta, religiosas. Son los litigantes más humildes, los que crean la juris-prudencia, que suscriben LOS sabios filósofos desde la magistratura de las altas cortes judiciales. Me Explico.

He tenido oportunidad, como abogado litigante y asesor, de ejercer la profesión desde la Inspección (hoy Comisaría) de Policía del barrio carrizal, en el profundo sur de la Barranquilla popular, hasta los callados despachos de la corte constitucional en la carrera Séptima de la Bogotá Capital, pasando por los salones del congreso de la república como los descuidados rincones del Concejo Municipal de Luruaco. Y en cada uno de esos escenarios, en que sé imparte, «a su manera», justicia -diosa esquiva-, he descubierto un lenguaje, un medio de comunicación para convencer o seducir a la coqueta divinidad. Lenguaje que hay que aprender.

En ese orden, he transitado para ganarme sin sudor el pan, pero con pasión, desde el memorial manuscrito en hoja de cuaderno escolar hasta la alegación virtual ante jueces penales. Desde la detenida escritura de una casación, como la demanda mecánica para cobrar, ejecutivamente, un cheque chimbo. Y todo este cuento para decir: ¿QUÉ? Para explicar, en lo posible, los retos que se presentan, actualmente, a los longevos abogados en ejercicio como a las Facultades de Derecho sobre: ¿Cómo aprender y enseñar los lenguajes de la virtualidad judicial? O sea, ¿cómo argumentar ante uno mismo o ante una pantalla sin sudor?

Con la expedición de la Ley 2213 de junio del 2022, el Congreso de la República estableció, de manera permanente, el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones, T.I.C., en la administración del servicio público de la justicia que, desde julio del 2020 había sido impuesto, a causa de la pandemia, por las disposiciones de emergencia de un Decreto Presidencial. O sea, sé virtualizó la justicia, acorde con los otros aspectos, públicos y privados, de la vida contemporánea y global. Tal emergencia sanitaria, en nuestra ciudad de bullicio y bacanería en todos los órdenes, convirtió al centro cívico, histórico Palacio de Justicia, en un edificio fantasma, habitado por soles y sombras, porque los jueces -esos designados de la diosa Temis- se llevaron sus togas y decisiones judiciales para aposentos íntimos, a domesticar a la diosa.

La pandemia jubiló, ipso facto, a una generación longeva de abogados litigantes. Mucho de los cuales tenían instalados en esquinas, sardineles, zahuanes y oficinas sus conocimientos y praxis jurídicas. La edad, el peligro del contagio invisible y mortal del coronavirus y la revolución e innovación tecnológica de las TIC -revolución 4.0-, los sacó groseramente del oficio al que habían entregado sueños y esperanzas. Pero, entiendo que los jóvenes que, en los días pandémicos, matricularon sueños y esperanzas para formarse, profesionalmente, como abogados litigantes, no están muy encantados con la virtualidad judicial, aunque son expertos digitales de nacimiento (muchos nacieron con un celular adherido al cordón umbilical). Ellos, los jóvenes, sueñan pisar un tribunal y argumentar, face a face, con jueces y contra-partes. el ideal del estrado presencial.

Las TIC son expresiones de la cultura digital. Y ésta es un lenguaje. Lenguaje complejo, mezcla o fusión dialéctica de los demás lenguajes: mímico, verbal, gestual, escritural y, repito, oral. Explico. No todo lo verbal es admisible en la oralidad judicial, la que demanda la emergente digitalización virtual de la administración de justicia. ¿Me entienden? Bueno, ahondo en el contexto histórico judicial.

Aunque parlar es la gran distinción de los humanos en relación al resto de animales, la oral no fue la primigenia cultura comunicativa para separar civilización de barbarie: donde aún habitan comunidades e individuos. Ejemplo: los colombianos nos seguimos matando, como si fuéramos fieras salvajes. El primer medio de convivencia y/o de comunicación fue el mímico Y, también, EL PICTÓRICO. Hay evidencias históricas que permiten saber el origen del lenguaje. En nuestra investigación, a nivel de Maestría, sobre la oralidad expresamos:

«El hombre es un animal, condición que hoy no tiene discusión, pero la condición humana alcanza esa naturaleza con el lenguaje hablado. Por ello el origen del lenguaje humano, al decir del geógrafo de la Universidad de California, Fared Diamond, » constituye el mayor enigma del proceso mediante el cual llegamos a adquirir nuestra singular condición humana»(pág 29).

Ahora bien, en días recientes participé como litigante en sendas audiencias penales. Una como defensor, otra como «acusador» privado (representante de víctima, lo denomina la ley: ¿observan el cambio de palabras?). En ambas aprendí, con asombro, que una audiencia judicial, no es una conversación en esquina del barrio Cevillar en la tarde de un sábado bebiendo «frías» con una vecina clandestina. Les cuento esas lecciones, en par anécdotas. Así:

– Una. La guacherna. Ocurrió en la alegación final de un juicio oral donde se juzga un presunto homicidio culposo en una multidisciplinaria práctica médica. Los acusadores, tanto la Fiscal como «el representante de victima», en sus argumentos expresaron que: «la acusada no atendió a la niña herida porque se iba para la guacherna, pues era un viernes del febrero del Carnaval de 2011″. La existencia del tiempo de Carnaval, ni el lugar del desfile de luces carnavaleras, ni el modo del disfraz de Garabato de la inculpada hacen parte de las pruebas del juicio. Por lo que la palabra guacherna solo hace parte del léxico esquinero, de bordillo, tanto de la Fiscal como del «jurista». Lenguaje que freudianamente trasladaron al estrado judicial. ¡Ombe!, cual Joselito Carnaval.

– Otra. «la niña comida«. En una audiencia de Imputación e Imposición de Medida de Detención Intramural (denominación procesal penal), oral y virtual, a un pariente de la víctima, investigado por presunto abuso carnal y acceso sexual a menor de 14 años de edad«(pena mínima 12 años de prisión sin rebaja ni atenuantes, según Código de Infancia y Adolescencia), el defensor técnico del imputado, que asistía a la audiencia desde la celda oscura de una Estación de Policía, al argumentar en favor del capturado dijo aludiendo a la conducta de la víctima: «la niña comida!». Literal. Quiso decir: la niña abusada. Pero se le salió el lenguaje de esquinero viejo. No el del jurista que pretende ser y por el que cobra honorarios. El veredicto: el defendido está «modelando».

Estas anécdotas del oficio virtual que aún ejerzo, aprendiendo el lenguaje de la virtualidad oral, son las musas de esta reflexión sobre inteligencias lingüística y emocional. Ésta como mezcla de inteligencias: intrapersonal e interpersonal, según los planteamientos del sicólogo Howard Gardner. Inteligencias que exigen, con urgencia clínica, el nuevo ejercicio del litigio judicial en defensa de causas ajenas. Las propias las resuelve el silencio y el tiempo.

La propuesta: pensar antes de hablar (alegar). En días pasados, se celebró, en la Cartagena del «Tuerto» López, una nueva versión 2022, post-pandemía, del tradicional Congreso Nacional de Derecho Procesal que, me contaron, estuvo muy concurrido; en especial por jóvenes abogados y estudiantes de Derecho de todo el país, fascinados por la magia colonial de La Heroica y sus mojarras millonarias. Estuve tentado a asistir, pues aún vivo del asombro juvenil, ya que uno de los temas a disertar fue: cómo aplicar las normas de la ley 2213/2022 (la de la permanencia de la virtualidad judicial).  Pero, la súbita subienda de robalo plateado en el Mar Azul de Puerto Colombia me retuvo. 

vía WhatsApp recibí las memorias en PDF del célebre Congreso, compiladas en un libro DIGITAL de más de 700 páginas. Revisé, a vuelo del pájaro amarillo, el debate sobre la ley citada. Y era el mismo de todos los anteriores encuentros de procesalistas: ¿cómo aplicar las notificaciones de las providencias judiciales con las nuevas normas que aluden al uso de las herramientas TIC? Ante esa orfandad hermenéutica decidí indagar en nuestro libro: «la oralidad, propuesta pedagógica para el desarrollo de competencias argumentativas y propositivas en los estudiantes de derecho«(editorial académica española), para «cranear» una propuesta sobre la enseñanza del derecho desde la virtualidad. En ella trabajo para la actualización académica del libro, pero la resumo acá, ante tanta «guacherna de niña comida«, que me atormenta. la semántica me embriaga de trementina.

Nuestra propuesta incluye volver a Sócrates. Sí. El que bebió la cicuta para cumplir la sentencia de la naciente democracia e inauguró el psicoanálisis cuando enseñó que: «una vida sin examen, no vale la pena ser vivida«. A ése aludo. Al avispón. Al que se auto-defendió, y estoicamente aceptó la muerte, fiel a sus posturas éticas. Creo que la lectura y estudio de los diálogos socráticos, narrados por Platón, otro preso, en especial Protágoras y la apología, son el mejor inicio para comenzar a formarse como abogado virtual. Ello porque la virtualidad judicial es diálogo dialéctico e inteligente entre contrarios y/o adversarios. El diálogo democrático es el reto de la oralidad, en la administración de la justicia en Colombia.

La oralidad no es oratoria. Ni » venti-juliera», ni «gaitanista». Una audiencia ante un Juez, con toga no con vestido de coctel, no es una plaza pública y menos una esquina de tienda de Cevillar. No. Es un diálogo al oído del juez, como lo propuso Pietro Calamandrei en su texto: «elogio de los jueces escrito por un abogado«(ediciones jurídicas europa-américa). Entonces, ¿cómo hablar o llegar a la inteligencia (oídos) del juzgador (dios) desde la cercana lejanía de lo virtual?. He allí, la esencia de esa nueva oralidad que la Constitución y la Ley exigen, pero que todavía no se enseña en las facultades de derecho, donde se sigue enseñando a pleitear y no a solucionar los conflictos de la condición humana con la palabra, como arma de decencia y civilidad.

Por último, por el momento, brevísimamente reseño las recomendaciones de Juan Ramón Capella, catedrático de la Universidad de Barcelona, expuestas en el aparte: «Cómo estudiar derecho sin hastiarse», del libro el aprendizaje del aprendizaje (Trotta). Son estas:

 «Ir a la Facultad es imprescindible. (…). No pretender aprender y tener buenas notas al mismo tiempo, pues ambas cosas son en realidad casi incompatibles. Emplear el tiempo, preferentemente, en la biblioteca. No memorizar, sino reflexionar (…) el aprendizaje, no hay que olvidarlo, es individual. Y, además, aprender de material no jurídico: de los relatos cinematográficos, de la pintura, de cursos y conferencias en otras facultades. Sobre todo, de la lectura; y del saber estar en soledad«(Pág 97).

Entonces, para comprender el reto de lo virtual, el litigante nuevo o longevo debe asumir auto-didácticamente que hay que pensar antes de hablar. Para hablar al oído izquierdo del Juez y actuar como lo hace un actor de cine mudo, con manos y miradas. Sin gritos y cuidando el valor de cada palabra. el lenguaje del derecho es la suma dialéctica de todos los lenguajes que hacen a la humanidad. ¿Ven el reto? Y para superarlo se requiere presupuesto e inteligencia

La próxima: ¿la pensión de vejez es sagrada?

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