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Por: Antonio Cueto Aguas.

En nuestra columna anterior nos comprometimos poner a con sideración de ustedes metas que nos ayudarán a dejar a un lado la destructora mediocridad, cumplimos con lo prometido:

1. Fijemos una meta o sueño a alcanzar.

Creo que cuando nos falta una sueño o meta que cumplir la medio cridad tiene el camino fácil para instalarse en nuestra vida. Por eso no hay mejor medicina que pensar en algo que quieras lograr y comenzar a trabajar en ello. Vale cualquier sueño, desde viajar a algún lugar remoto que te atraiga, hasta iniciar tu propio negocio. ¿Qué quieres hacer?

Si ahora no tienes un sueño y tampoco tienes ninguna idea, piensa en alguna actividad que te gustaría hacer. Una vez que encuentres tu sueño la siguiente pregunta es:  si tienes el coraje de hacerlo realidad. La mediocridad te dirá que no lo puedes hacer, que es complicado o que te llevará mucho tiempo, pero tú debes analizar si realmente es lo que quieres o no.

Si en verdad lo deseas, crea una ruta para lograr ese objetivo. Recuerda soñar en grande y lograr lo con pequeñas acciones. Un pequeño paso cada día es más efectivo que una gran acción cada mes.

2. Relaciónate con personas distintas que te inspiren.

Si te relacionas con personas mediocres pensarás y actuarás igual que ellos. No me malinterpretes. No te estoy diciendo que ter mines con todas tus relaciones, pero sí que incluyas en tu vida a gente que te inspire.

Date la oportunidad de conocer e incluir en tu vida a gente que ha logrado aquello que deseas. Verás que poco a poco comienzas a cambiar tu forma de ver el mundo y aprender a ver opciones para alcanzar tus sueños.

3. No escuches a la mayoría.

¿Te has dado cuenta de que las personas que logran las metas más grandes son aquellas que se salieron de los patrones normales? Cuando sigues los mismos pasos que el resto no puedes esperar resultados distintos. Atrévete a tomar el camino menos transitado y que quizás tenga más contratiempos.

No verás resultados positivos de inmediato, pero una vez que comienzan a aparecer, son increíbles. Prueba a hacer un cambio de mentalidad y no dejes que te gane el miedo cuando otros te digan que te vas a equivocar. Recuerda que cada uno debe seguir su propio camino.

4. Toma riesgos, aunque te consideren loco

Una vida sin riesgos es muy aburrida y te hundirá en la mediocridad.

Sobre el tema seguiremos ahondando, ahora sigamos a José Ingenieros.

Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen genios no comprendidos y se resignan a ser modestos para cómplacer a la mediocracia que puede transformarlos en funcionarios; y son mediocres, lo mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció la Bruyére, » la falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad «. La mentira de Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.

Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; confúndelo con el buen sentí, que es su síntesis. Dudan cuando los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose a tener ninguna opinión, se apropian de todo un poco y logran encender una vela en el altar de cada santo.

Temerosos de pensar, como si fincasen en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; por eso cuando un mediocre es juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se somete a la rutina y cumple el triste oficio de no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia.

El temor de comprometerse los lleva a simpatizar con un precavido escepticismo. Bueno es desconfiar del hipócrita que elogia todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno y execrar lo miserable. En el primer capítulo de los » Caracteres » parece referirse a ellos, la Bruyére, en un párrafo copiado por Hello: » pueden llegar a sentir la belleza de un manuscrito que se les lee, pero no osan declarar en su favor hasta que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los presuntos competen tes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la obra y cacarean que el público es de su opinión «. Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran obligados a dudar de los jóvenes; ello no les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. Entonces predíganles juramentos de esclavitud que llaman palabras de estímulos: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección a toda superioridad ya irresistible. Es un anticipo usurario sobre la gloria segura; prefieren tenerla propicia a sentirla hostil.

Hacen mal por imprevisión o por inconsciencia como los niños que matan gorriones a pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale a ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando a cuestas cierto optimismo de Pangloss. A fuerza de paciencia pueden adquirir alguna habilidad parcial, como esos autómatas perfeccionados que honran a la juguetería moderna: podría concedérseles una especie de viveza, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez complicada y una travesura inocente. Juzgan las palabras sin advertir que ellas se refieren a cosas, se convencen de lo que ya tienen un sitio marcado en su mollera y muéstrense esquivos en lo que no encajan en su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden a la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y solo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña que toda creencia es relativa al que la cree pudiendo sus contrarias ser creídas por otros al mismo tiempo.

La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, indeciso y obtuso. Cuando no le envenenan la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin soñar, pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los videntes y asomarse a los precipicios que sondan los elegidos.

Vive entre los engranajes de la rutina.

Esperen nuestra próxi ma Columna: «LA MALEDICENCIA»

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.