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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«Porque en el dominio de la literatura la violencia ES UNA PRUEBA DE AMOR«. M. Vargas Llosa.

El más reciente libro publicado a Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura 2010, se titula: «el fuego de la imaginación«. En más de 700 páginas se recopila, como primer tomo, su obra periodística. Hoy, Mario es personaje del llamado «periodismo de corazones», por lo que no extrañaría que se edite, uno de esos volúmenes titulado: El fuego de la celosa pasión, pues el hispano-peruano ha sido «fuego» consumido por y con mujeres bellas y co-sanguineas, como lo receta y «prohíbe» la biología mamífera y la propia literatura: pueden nacer niños con cola de cerdo.

Ahora, no estoy inventando una frase, sino mostrando una evidencia en el uso que del vocablo fuego le ha dado a su vida literaria y personal el autor de «La tía Julia y el escribidor«. Tanto es así, que en el discurso pronunciado en Caracas el 11 de agosto de 1967, al recibir el Premio «Rómulo Gallego», por su novela «La casa verde«, explicó que «la literatura es fuego«. Evidencia irrefutable porque Vargas Llosa ha alimentado sus ficciones con detalles su fogosa vida pasional.

Mario y Patricia en la ceremonia del nobel

Esa frase con que se tituló aquel discurso, la argumentó así: «Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica». Por ello, no me extrañaría que, en unos cuantos meses o años, Mario tiene 86 avanzados, veamos en librerías del mundo otra novela del nobel con un sublimal título: Isabel, la reina filipina rompe corazones, haciendo imaginativa su reciente rota historia de amor con la interminable Isabel Preysler, 10 años menor que él, con una cola de ex-maridos e hijos con diversos apellidos.

Admiro la obra ensayística de Vargas Llosa desde aquellos, ahora, lejanos años en que leí frugalmente su libro La orgía perpetua, un deslumbrante estudio de crítica literaria sobre la novela Madame Bovary del escritor francés Gustavo Flaubert, de quien Mario es un confeso discípulo. Ha dicho con énfasis que leyó la primera noche en Paris, de 1955, la historia de la mujer que se suicida por un amor no correspondido. Para entonces estaba casado con su tía Julia Urquidi, una elegante dama mayor que él.

El autor de «Pantaleón y las visitadoras«, novela llevada al cine y a la televisión, se divorció de la tía para casarse, en Lima, pero enamorados en Paris, con la prima Patricia Llosa. Lo que conllevó a que su tía-esposa escribiera el libro «Lo que varguita no dijo«, es decir otra obra de despecho y desamor. Con la prima mantuvo un matrimonio de 50 años. Y en el discurso de entrega del nobel lloró retratando a la madre de sus tres hijos y abuela de sus seis nietos. No sabemos si fueron lágrimas de cocodrilo.

Por su esposa Patricia, Vargas Llosa, la tarde mexicana del 12 de febrero de 1976, en una gala cinematográfica, dio un puñetazo en el ojo izquierdo de Gabriel García Márquez, fracturando para siempre una amistad de vieja data. El episodio del «Ojo colombiano» de Gabo está ricamente contado en el libro «Aquellos años del boom» del periodista catalán Xavier Ayén.  Todo indica que fue un acto de esposo celoso, que sin prueba fidedigna culpó al cataqueño de un «filtreo» con su pareja. Es decir, el puñetazo fue «una prueba de amor», en la vida real, para su esposa, de la cual se divorció escandalosamente en el 2015.

Entre los rumores divulgados por las revistas del Jet Set internacional, se encuentra que una de las causas de la «ruptura» sentimental del creador de «elogio a la madrastra» con la ex-esposa del inacabable Julio Iglesia, una de ellas, fueron los celos geriátricos e histríonicos de «Varguita», que además de novelista y ensayista es dramaturgo y actor teatral. Otra versión afirma que él no deseaba contraer nuevas nupcias, ya que sus nietas se «negaron» a llevar los anillos para el enlace con una nueva madrastra de sus padres. 

Mario e Isabel en una corrida

De ambas versiones de la chismografía, me inclino por la de los celos del escritor. Y ello por sus antecedentes, pues Vargas Llosa sólo conoció al padre a los 11 años, es decir creció con una figura paterna ausente (él creyó que estaba muerto). Así que cualquier explicación feudiana podría concluir que se formó, como literato, para «vengar» al padre que lo negó y reprimió. De allí sus celos ancestrales y su afortunado refugio en la lectura y en la literatura, ese «fuego sagrado» al que se consagró exitosamente.

Al niño Mario, lector desde los 5 años, la mamá le prohibió «los veinte poemas de amor y una canción desesperada«, de otro nobel latino, Pablo Neruda. Pero éste logro leerlos con tanta devoción, que en una entrevista para la televisión recitó, de memoria, los versos siguientes del Primer Poema:

«Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,

Te pareces al mundo en tu actitud de entrega.

Mi cuerpo de labriego salvaje te socava

Y hace saltar al hijo del fondo de la tierra».

Entonces, desde la infancia la literatura poética despertó en Mario su insaciable pasión por el cuerpo de la mujer. A la que Neruda dibuja, en verso siguiente, como «mujer mía«. He allí una tesis sobre el origen de sus celos creativos.

He afirmado que admiro la producción de ensayista de Vargas Llosa, a quién fui a conocer a una feria del libro en Bogotá donde fue el invitado especial. Comparto algunas de sus posturas intelectuales, en especial la defensa de la filosofía liberal frente al populismo de izquierdas y derechas que socava la política global. Pero también admiro su arrebatada pasión por las mujeres: musas eternas de la mejor y gran literatura. Ese fuego que nos arde la vida.

La próxima: La cama y el libro.

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.