Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano
Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en ciencias Humanas, Investigador social
En El rey Lear, Shakespeare no escribe solo sobre un rey antiguo, sino sobre una estructura universal del poder. Lear confunde autoridad con obediencia, amor con sumisión y legitimidad con halago. Cuando decide dividir su reino basándose en palabras vacías y no en principios éticos, inaugura el caos. Esta tragedia no es solo personal: es política, social y moral.
En el escenario geopolítico actual, observamos dinámicas similares. Estados, líderes y bloques de poder toman decisiones estratégicas no siempre guiadas por el bien común, sino por intereses económicos, control territorial, seguridad energética o hegemonía simbólica. Como Lear, muchos actores globales creen que el poder es un patrimonio incuestionable, cuando en realidad es frágil, relacional y profundamente ético.
La obra muestra cómo la ambición desmedida —encarnada en Goneril y Regan— conduce a la destrucción del orden social. La codicia no solo rompe vínculos familiares, sino que deshumaniza al otro, lo convierte en obstáculo o recurso.
En el mundo actual, la lógica no es muy distinta. La explotación de recursos naturales, la industria armamentista, las disputas geoestratégicas y la instrumentalización del miedo reproducen una narrativa donde la guerra se normaliza y la paz se presenta como ingenua. Shakespeare nos recuerda que la ambición sin límites siempre termina devorando a quienes la ejercen, pero no sin antes arrastrar a los más vulnerables.
“En este mundo los locos conducen a los ciegos”
Esta frase, que resuena con fuerza shakespeariana, puede leerse como una metáfora política contemporánea.
Los “locos” no son necesariamente sujetos privados de razón, sino figuras de poder atrapadas en una racionalidad cerrada, impermeable a la autocrítica y al disenso. Se trata de líderes que confunden convicción con verdad absoluta, autoridad con infalibilidad y liderazgo con culto a la personalidad. Su “locura” no es clínica, sino política y ética: surge de la soberbia, del encierro ideológico y del narcisismo del poder que los lleva a rodearse de aduladores, a despreciar el conocimiento experto y a interpretar cualquier cuestionamiento como traición. En este estado, el poder deja de ser un medio para el bien común y se convierte en un fin en sí mismo. Como en las tragedias de William Shakespeare, estos líderes actúan convencidos de su grandeza mientras erosionan las bases institucionales que sostienen la convivencia, tomando decisiones que pueden arrastrar a pueblos enteros al conflicto, la pobreza o la violencia, todo ello bajo la ilusión de estar “salvando” a la nación, la fe o la patria.
Los “ciegos”, por su parte, no carecen de ojos ni de inteligencia, sino que han sido progresivamente despojados de su capacidad crítica. La ceguera es aquí un fenómeno social: sociedades saturadas de información, pero empobrecidas en comprensión; instituciones debilitadas por la corrupción, la burocracia o la cooptación política; ciudadanos que, por miedo, cansancio o resignación, renuncian a preguntar y a exigir. La propaganda simplifica la realidad en relatos binarios, el miedo paraliza la acción colectiva y la precariedad cotidiana reduce el horizonte de lo posible. Así, la ceguera no siempre es impuesta: a veces es aceptada como mecanismo de supervivencia. En este contexto, los “ciegos” no siguen a los “locos” porque crean plenamente en ellos, sino porque no ven alternativas, porque la esperanza ha sido erosionada o porque el costo de pensar y disentir parece demasiado alto. El verdadero drama surge cuando esta ceguera se normaliza y se vuelve estructural, permitiendo que decisiones profundamente injustas se presenten como inevitables o naturales.
El verdadero peligro no está solo en los “locos”, sino en la ceguera colectiva que normaliza decisiones injustas, guerras lejanas que parecen inevitables y discursos que justifican la violencia en nombre de la seguridad o el progreso.
Shakespeare no ofrece soluciones simples, pero sí una advertencia profunda:
cuando el poder se separa de la ética, el resultado es la tragedia.
Desde esta perspectiva, cada persona tiene un rol:
Pensar críticamente, incluso cuando el discurso dominante invita a la obediencia, implica ejercer una forma de resistencia intelectual frente a la simplificación, el dogma y la normalización de lo injusto. El pensamiento crítico no consiste solo en cuestionar al poder, sino en interrogar los relatos que se presentan como naturales, inevitables o incuestionables. En contextos de crisis, guerra o polarización, la obediencia suele disfrazarse de patriotismo, responsabilidad o sentido común, mientras se desalienta la duda y se estigmatiza la reflexión. Pensar críticamente exige tiempo, información contrastada y valentía moral, porque implica asumir el riesgo de disentir y de quedar fuera del consenso cómodo. Como advierten las tragedias de William Shakespeare, la ausencia de pensamiento crítico no conduce a la estabilidad, sino a decisiones ciegas que terminan produciendo caos y sufrimiento colectivo.
Valorar el diálogo por encima de la imposición supone reconocer que la convivencia democrática y la paz social no se construyen mediante la fuerza, sino a través del reconocimiento del otro como interlocutor legítimo. El diálogo no es sinónimo de debilidad ni de renuncia a las convicciones, sino una práctica ética que admite la complejidad de la realidad y la pluralidad de perspectivas. Frente a la imposición —que reduce el poder a la capacidad de mandar y sancionar—, el diálogo abre espacios para la negociación, la escucha activa y la construcción de acuerdos duraderos. En escenarios de conflicto, imponer puede generar obediencia momentánea, pero rara vez produce legitimidad. Valorar el diálogo implica aceptar que ninguna verdad es absoluta y que la solución de los problemas colectivos requiere procesos lentos, imperfectos y compartidos, pero profundamente humanos.
Exigir responsabilidad ética a quienes toman decisiones en nombre de otros es una condición fundamental para evitar que el poder se ejerza de manera arbitraria o impune. Gobernar, legislar o dirigir instituciones no es solo una función técnica, sino un acto moral que tiene consecuencias reales sobre vidas, territorios y futuros. La responsabilidad ética implica rendición de cuentas, transparencia, coherencia entre discurso y acción, y disposición a asumir errores. Cuando esta exigencia desaparece, el poder tiende a desvincularse del sufrimiento que produce, y las decisiones se toman desde la abstracción de cifras, estrategias o intereses. Exigir responsabilidad ética no es un gesto de confrontación permanente, sino una forma de cuidado colectivo: recuerda a quienes gobiernan que su autoridad no es un privilegio personal, sino un mandato condicionado al bien común.
Resistir la indiferencia, porque la ceguera moral también es una forma de complicidad, significa negarse a aceptar la injusticia como parte inevitable del paisaje social. La indiferencia no siempre nace de la maldad, sino del cansancio, la saturación informativa o la sensación de impotencia frente a problemas estructurales. Sin embargo, cuando la indiferencia se normaliza, deja de ser pasiva y se convierte en un sostén silencioso de la injusticia. Resistirla implica mantener viva la capacidad de indignación, empatía y memoria, incluso cuando no se tienen soluciones inmediatas. La ceguera moral no solo consiste en no ver, sino en acostumbrarse a no mirar. Frente a ello, resistir es un acto ético cotidiano: nombrar lo que duele, solidarizarse con quienes sufren y recordar que la neutralidad, en contextos de desigualdad y violencia, rara vez es inocente.
El rey Lear sigue vigente porque el mundo no ha dejado de parecerse a él. Mientras el poder se ejerza sin justicia, mientras la ambición suplante a la responsabilidad y mientras los “locos” sigan guiando a los “ciegos”, la tragedia será una posibilidad constante.
Shakespeare no escribió para su tiempo solamente. Escribió para advertirnos. La pregunta, hoy como entonces, es si estamos dispuestos a ver antes de que sea demasiado tarde.
Frase al cierre:
“La triste verdad es que la mayor parte del mal es hecha por personas que nunca se deciden a ser buenas o malas.” — Hannah Arendt

