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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social
“Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.” José Martí
Cuando supe que Bad Bunny —cuya música nunca fue de mis favoritas, especialmente por el reguetón— sería el protagonista del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, confieso que lo recibí con sorpresa más que con entusiasmo. Sin embargo, lo que vimos el 8 de febrero de 2026 en el escenario principal del Levi’s Stadium no fue un simple show musical, sino un acto cultural y político que resignificó la identidad y la representación en uno de los eventos televisivos más vistos del planeta. Hasta el punto de que quedé impactado con su presentación. Debido a que nunca valoré la grandeza de este gran artista del cual me uno como uno más de sus seguidores.
Lo de Bad Bunny en el Super Bowl puede compararse, en clave decolonial contemporánea, con lo que hizo Pink Floyd con The Wall: ambos utilizaron un espectáculo masivo no solo como entretenimiento, sino como plataforma simbólica. Pink Floyd convirtió el escenario en una metáfora del aislamiento, el autoritarismo y la alienación del sujeto moderno, construyendo literalmente un muro para denunciar estructuras de poder; Bad Bunny, por su parte, transformó el mayor ritual deportivo-mediático estadounidense en una vitrina de identidad latina y lingüística, cuestionando jerarquías culturales dentro del propio imperio mediático. La diferencia es histórica y estratégica: Pink Floyd operaba desde la crítica al sistema industrial occidental en plena Guerra Fría, mientras Bad Bunny actúa desde dentro del capitalismo global hiperconectado, no levantando un muro sino ocupando el centro del mercado cultural. Uno confrontaba el poder desde la metáfora distópica; el otro lo reconfigura apropiándose del escenario hegemónico. En ambos casos, la música dejó de ser solo sonido y se convirtió en discurso político.
Un latinx que desafía el statu quo
Bad Bunny, cuyo nombre real es Benito Antonio Martínez Ocasio, fue el primer artista latino solista en encabezar el espectáculo de medio tiempo casi en su totalidad en español una oda a los inmigrantes en USA de 13 minutos): un gesto aparentemente sencillo —no traducir su música— que en realidad carga un mensaje profundo sobre identidad y pertenencia cultural.
Mientras muchos ven el Super Bowl como el epítome del entretenimiento estadounidense, también es un ritual simbólico de cómo Estados Unidos desea proyectar su cultura dominante. Y ahí estaba Bad Bunny, cantando en español, con símbolos puertorriqueños y referencias a la vida cotidiana latinoamericana —desde plantaciones de caña hasta partidas de dominó— el barrio, la esquina, el cafecito de las mañanas, la señora manicurista, un niño que había sido capturado por el ICE…lleno de símbolos en el centro de ese ritual.
Cultura y política en cada detalle
No se trató únicamente de música y ritmo. La puesta en escena estuvo llena de simbolismos cuidadosamente elegidos: la representación de la vida en barrio latino y plantaciones, las canciones con contenidos políticos como “El Apagón” que visibilizan las fallas en la infraestructura eléctrica de Puerto Rico, o la aparición de múltiples banderas latinoamericanas mientras mencionaba uno por uno los países del continente.
Quizás el momento más potente fue cuando Bad Bunny sostuvo un balón con la frase “Together we are America” (“Juntos somos América”), invitando a repensar no solo el entretenimiento, sino el mismo concepto de América como un espacio cultural y geográfico plural, diverso y mestizo. Tal vez como lo concibe nuestro presidente Gustavo Petro Urrego: “Americas”.
Este gesto resonó profundamente porque cuestionó la idea monocultural tradicional del término “American”, desplazando el centro desde un solo país a todo un continente con historias y lenguas diversas. La utilización exclusiva del término “American” para referirse únicamente a los ciudadanos de los Estados Unidos revela una operación lingüística que no es inocente, sino profundamente política, colonialista e imperialista. América no es un país: es un continente plural, atravesado por historias indígenas, afrodescendientes, mestizas y migrantes que van desde la Patagonia hasta Alaska.
Sin embargo, el uso hegemónico del adjetivo “American” ha reducido esa vastedad geográfica y cultural a una identidad nacional específica, borrando simbólicamente a más de treinta países y cientos de pueblos originarios. Esta apropiación semántica funciona como una forma sutil de colonialidad lingüística (semiotización): al monopolizar el nombre del continente, Estados Unidos se coloca como su representación legítima, desplazando a los demás a categorías subordinadas como “Latino”, “Hispanic” o “South American”. Cuestionar esta tradición monocultural no es un gesto retórico menor; es reivindicar que América es un espacio civilizatorio diverso y que ningún Estado puede adjudicarse en exclusiva la identidad continental. Decir que “American” equivale solo a “estadounidense” es aceptar una jerarquía simbólica que invisibiliza la pluralidad histórica del continente.
Durante el espectáculo, uno de los momentos más significativos y cargados de simbolismo fue la aparición de Ricky Martin interpretando “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, una de las canciones de Bad Bunny que recorre en su letra paralelos entre la historia de Hawái y la de Puerto Rico bajo la soberanía estadounidense, señalando temas de desplazamiento, gentrificación y pérdida cultural. En medio de la escenografía que evocaba elementos culturales puertorriqueños, Martin cantó la pieza con una fuerza emotiva que amplificó su mensaje de preservación de identidad, tierra y lengua, haciendo que no fuera simplemente un interludio musical, sino una declaración política y cultural en pleno corazón de uno de los eventos mediáticos más grandes del mundo.
La interpretación de “Lo que le pasó a Hawái” en voz de Ricky Martin, dentro del espectáculo liderado por Bad Bunny, evocó inevitablemente ecos históricos del viejo reclamo soberanista puertorriqueño, particularmente aquel grito simbólico asociado a “Yankees Go Home”, popularizado por figuras como Daniel Santos y Pedro Ortiz Dávila (Davilita). Aunque el contexto actual es distinto y el lenguaje artístico ha mutado, el trasfondo emocional permanece: la denuncia del desplazamiento cultural, la apropiación territorial y la subordinación política. Si el viejo bolero y la canción patriótica expresaban frontalmente la consigna “Fuera Yankee” como acto de resistencia anticolonial, la canción contemporánea reformula ese clamor desde una narrativa más compleja, vinculando la experiencia de Hawái con la de Puerto Rico y evidenciando cómo el imperialismo puede operar no solo mediante ocupación militar, sino también a través del mercado inmobiliario, el turismo masivo y la gentrificación. En ese sentido, el escenario del Super Bowl se convirtió en una paradoja histórica: en el corazón del espectáculo estadounidense resonaba, aunque en clave poética y globalizada, una memoria de resistencia caribeña que nunca ha desaparecido del todo.
La historia de Hawái como parte de Estados Unidos comenzó cuando aún era un reino soberano reconocido internacionalmente en el siglo XIX; sin embargo, el creciente poder de empresarios estadounidenses —especialmente plantadores de azúcar— fue debilitando la monarquía hasta que en 1887 impusieron la llamada “Constitución de la Bayoneta”, reduciendo la autoridad del rey y favoreciendo a intereses extranjeros. En 1893, con el apoyo de marines estadounidenses, estos grupos derrocaron a la reina Liliʻuokalani, estableciendo un gobierno provisional que buscó la anexión. Aunque inicialmente hubo dudas legales en Washington, en 1898, en pleno contexto de expansión imperial y guerra contra España, Estados Unidos anexó oficialmente el archipiélago por su valor estratégico en el Pacífico. Tras décadas como territorio —marcadas por la militarización y la importancia de Pearl Harbor—, Hawái se convirtió en el estado número 50 en 1959 mediante referéndum; no obstante, el proceso sigue siendo objeto de debate histórico y político, pues muchos consideran que la pérdida de soberanía fue producto de una intervención económica y geopolítica más que de una decisión plenamente autónoma del pueblo hawaiano.
Celebración frente a la exclusión
A propósito de lo anterior, mucho se ha discutido en redes y medios sobre la reacción al show. Por un lado, sectores conservadores lo criticaron por estar “demasiado en español” o por alterar lo que perciben como la esencia estadounidense. Por otro, figuras públicas y comunidades culturales defendieron el espectáculo como una declaración de presencia, orgullo y unidad latinoamericana.
Que Bad Bunny haya actuado sin renunciar a su idioma, sin americanizar su arte, y que lo haya hecho en uno de los escenarios más visibles del mundo —ante más de 128 millones de televidentes— es un acto de valentía simbólica que trasciende el gusto musical.
De reguetón a resonancia histórica
Es comprensible que alguien que no disfruta mucho del género reguetón pueda sentir desalineación con este artista. Pero lo que hizo Bad Bunny va más allá de los géneros musicales: usando su plataforma —una celebración deportiva, normalmente desvinculada de discursos políticos— logró abrir una conversación sobre identidad, historia y justicia simbólica.
Su presencia puso en la palestra, de manera innegable, realidades que muchos latinoamericanos y latinos en Estados Unidos han vivido: la necesidad de ser vistos, escuchados y reconocidos en su propia voz e idioma.
Una escena que no se olvida
Más allá de si uno es fanático del artista o no, lo que ocurrió fue un acto cultural de visibilidad irrepetible. El espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl no fue solo una colección de canciones; fue una declaración de existencia y orgullo colectivo, una narrativa que desafía las nociones tradicionales de poder cultural y redefine lo que significa ser “americano” en un mundo globalizado y multicultural.
Hoy podemos decir que el medio tiempo del Super Bowl LX no fue un accidente ni una simple curiosidad mediática. Bad Bonny es una representación ejemplar del mercantilismo mediático bien logrado por un latinoamericano que domina la música juvenil a nivel mundial. Fue un momento histórico en el que la identidad latina, la lengua española y la memoria cultural se plantaron firmes en el centro del escenario mundial —y eso, independientemente de gustos personales, merece reconocimiento y reflexión. Lamento no haberme percatado antes de las dimensiones del arte de este caballero. Mis respetos consideración y aprecio al arte del Conejo Malo.
Cita al cierre:
“La historia de América Latina es la historia del despojo, pero también la historia de la resistencia.” Eduardo Galeano

