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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social.
“Cuando un payaso llega a un palacio, El payaso no queda convertido en rey, sino que el palacio se convierte en un circo” Yoyito Sabater
Colombia parece haber llegado a un punto en el que la política dejó de ser deliberación pública para convertirse en espectáculo, representación teatral, circo mediático y carnaval de agravios. Por eso propongo la categoría Circombia, no como simple burla, sino como una noción crítica para pensar la tragicomedia republicana de un país que, después de más de dos siglos de vida institucional, todavía confunde democracia con gritería, liderazgo con actuación, soberanía con subordinación y pueblo con clientela electoral.
Circombia no es solamente Colombia convertida en circo. Es algo más profundo: es la república deformada por sus propias contradicciones. Es el país donde las elecciones no siempre educan políticamente, sino que exacerban odios; donde los candidatos no siempre presentan proyectos de nación, sino libretos de confrontación; donde el ciudadano no siempre delibera, sino que aplaude, insulta, comparte memes, repite consignas y se acomoda en la gradería del espectáculo nacional.
La democracia, en su sentido más noble, debería ser una escuela de madurez colectiva. Pero en Circombia la democracia se ha convertido muchas veces en una función de payasos solemnes. Unos se disfrazan de salvadores de la patria; otros, de redentores del pueblo. Unos invocan el orden mientras sueñan con entregar la soberanía nacional a intereses extranjeros; otros invocan la transformación mientras reproducen viejas prácticas burocráticas, sectarias y excluyentes. En ambos casos, la república queda atrapada entre dos máscaras: la máscara del autoritarismo conservador y la máscara del progresismo autosatisfecho.
En este sentido, Circombia no nombra únicamente la caricatura de una ultraderecha que confunde patria con finca, soberanía con subordinación y autoridad con obediencia colonial. También interpela al llamado progresismo, convertido muchas veces en un rejuntamiento de la izquierda tradicional: una izquierda que, aunque se presenta como popular, reproduce prácticas clasistas, excluyentes, burocráticas y moralmente autoritarias. Así como existe una derecha tradicional, oligárquica y conservadora, también existe una izquierda tradicional que administra discursos emancipadores mientras conserva jerarquías internas, desprecia voces disidentes y se arroga la representación exclusiva del pueblo. Entre ambas vertientes, la democracia queda atrapada en una falsa alternativa: de un lado, el retorno del orden colonial; del otro, la administración retórica de la esperanza. Circombia es precisamente ese escenario donde los extremos se acusan mutuamente mientras comparten la misma incapacidad de construir una república verdaderamente intercultural, democrática y soberana.
La ultraderecha colombiana, en sus versiones más grotescas, ha convertido la palabra patria en una propiedad privada. Para ella, la nación no es una comunidad plural de ciudadanos, regiones, culturas y memorias, sino una finca administrada por quienes se consideran sus dueños naturales. Su idea de orden suele ser obediencia; su idea de seguridad suele ser miedo; su idea de autoridad suele ser castigo; y su idea de soberanía suele ser arrodillamiento ante poderes externos. Hablan de defender la nación, pero muchas veces la imaginan subordinada a la geopolítica de los Estados Unidos, como si Colombia no pudiera pensar por sí misma su destino histórico.
Esa mentalidad no es nueva. Es heredera de la colonialidad del poder: una forma de pensar que mira hacia afuera para recibir autorización, prestigio, doctrina y mandato. En esa visión, el Norte global aparece como tutor civilizatorio y Colombia como menor de edad republicana. La pregunta no es cómo construir una relación digna, madura y soberana con el mundo, sino cómo ser aceptados por el amo. La ultraderecha colonial no quiere una nación libre; quiere una nación alineada, vigilada, domesticada y funcional a intereses que no siempre coinciden con los del pueblo colombiano.
Pero sería un error creer que la crisis democrática proviene únicamente de la derecha. El llamado progresismo también debe ser sometido a crítica. Buena parte de ese progresismo se ha convertido en una suma de viejas izquierdas tradicionales, burocracias ideológicas, élites académicas y sectores que hablan en nombre del pueblo sin siempre escucharlo. Allí también hay clasismo. Allí también hay exclusión. Allí también hay jerarquías. Allí también hay caudillos, guardianes de la pureza ideológica y administradores del discurso moral.
La izquierda tradicional colombiana, como la derecha tradicional, también tiene sus castas. A veces desprecia al que no habla su lenguaje, al que no cita sus autores, al que no pertenece a sus círculos, al que no repite sus consignas. Se presenta como emancipadora, pero puede volverse profundamente autoritaria cuando alguien se atreve a disentir desde adentro. Habla de diversidad, pero no siempre tolera la diferencia real. Habla de pueblo, pero muchas veces lo convierte en objeto de representación, no en sujeto de decisión.
Por eso Circombia no es una crítica desde la comodidad de un extremo contra el otro. Es una crítica intercultural a la inmadurez política de ambas vertientes. La derecha y la izquierda tradicionales son, en muchos sentidos, dos rostros de una misma crisis republicana: ambas pueden ser dogmáticas, excluyentes, verticales y profundamente desconfiadas de la autonomía ciudadana. Una quiere conservar el país como hacienda; la otra, a veces, quiere administrarlo como comité ideológico. Ninguna de las dos termina de comprender que Colombia es mucho más compleja, plural, diversa e indomable que sus esquemas doctrinarios.
La interculturalidad crítica nos obliga a mirar el país desde otro lugar. Colombia no es solamente Bogotá, ni las élites políticas, ni los partidos, ni los opinadores de televisión, ni las bodegas digitales. Colombia es Caribe, Pacífico, Amazonía, Andes, Orinoquía, frontera, barrio popular, universidad pública, comunidad indígena, pueblo afrodescendiente, campesinado, juventud precarizada, mujeres que sostienen la vida, trabajadores informales, maestros, artistas, migrantes, estudiantes, jubilados y víctimas de todas las violencias. Ningún proyecto político que ignore esa pluralidad puede llamarse verdaderamente democrático.
La madurez republicana no consiste en ganar elecciones y luego humillar al vencido. Tampoco consiste en perderlas y desconocer toda legitimidad institucional. La madurez republicana consiste en entender que la democracia es conflicto regulado, desacuerdo civilizado, alternancia, control ciudadano, deliberación pública y respeto por las reglas comunes. Cuando cada sector solo acepta la democracia si gana, la república se convierte en escenario de resentimientos acumulados.
En ese contexto, resulta igualmente preocupante que, en medio de las controversias surgidas tras el reciente proceso electoral, se promuevan movilizaciones desde el poder ejecutivo con una narrativa que las presenta como un supuesto “verdadero acto de emancipación”. En una democracia constitucional, la emancipación no puede significar el desconocimiento de los procedimientos institucionales ni la sustitución del Estado de derecho por la movilización permanente. Cuando una parte importante de la sociedad cuestiona la legitimidad del resultado electoral y otra responde apelando exclusivamente a la fuerza simbólica de las calles, el riesgo es que la confrontación política abandone los cauces institucionales para trasladarse al terreno de la polarización irreconciliable. Colombia conoce demasiado bien el costo histórico de convertir las diferencias políticas en conflictos existenciales.
Si esta disyuntiva no es encauzada mediante el diálogo democrático, el respeto a las instituciones y las garantías constitucionales para todas las partes podría profundizarse una espiral de confrontación social con consecuencias imprevisibles. En un Estado social de derecho, la legitimidad de los gobernantes y de la oposición debe descansar en procedimientos verificables, en el respeto por las decisiones de las autoridades competentes y en la posibilidad de acudir a los mecanismos judiciales previstos por el ordenamiento jurídico. Cuando existan controversias que no puedan resolverse satisfactoriamente dentro del ámbito nacional, corresponde explorar las instancias internacionales previstas por el derecho, precisamente para preservar la paz, la estabilidad institucional y la convivencia democrática. Ningún proyecto político, por legítimas que considere sus convicciones, puede situarse por encima de la preservación de la República y de la obligación colectiva de evitar que las diferencias políticas desemboquen en formas de violencia.
Circombia aparece justamente cuando la política deja de formar ciudadanía y empieza a producir fanáticos. El fanático no piensa: obedece. No argumenta: repite. No escucha: cancela. No reconoce adversarios: fabrica enemigos. El fanático de derecha cree que todo cambio es comunismo. El fanático de izquierda cree que toda crítica es traición. Ambos empobrecen la democracia porque reducen la complejidad del país a una caricatura moral.
Frente a esta escena, la tarea no es escoger entre una ultraderecha colonial y una izquierda tradicional burocratizada. La tarea es construir una democracia intercultural, capaz de superar la lógica del circo. Una democracia donde la soberanía no sea consigna vacía, sino capacidad real de decidir nuestro destino; donde la justicia social no sea discurso electoral, sino transformación concreta de las condiciones de vida; donde la educación política no sea adoctrinamiento, sino formación crítica; donde la diferencia no sea vista como amenaza, sino como posibilidad de país.
Colombia necesita una ciudadanía menos manipulable y más reflexiva. Una ciudadanía que no se deje seducir por payasos con libreto imperial ni por predicadores de superioridad moral. Una ciudadanía capaz de decirle a la derecha que la patria no se vende, y capaz de decirle a la izquierda que el pueblo no se administra desde arriba. Una ciudadanía que entienda que la soberanía nacional y la justicia social no son enemigas, sino condiciones complementarias de una república digna.
Circombia, entonces, es una advertencia. Nos muestra el ridículo de una nación que ha construido instituciones republicanas, pero todavía no ha consolidado una cultura republicana profunda. Tenemos constituciones, elecciones, cortes, partidos y discursos democráticos; pero seguimos arrastrando prácticas coloniales, clientelistas, caudillistas, excluyentes y sectarias. La forma republicana existe, pero el espíritu republicano sigue en disputa.
Quizá por eso la sátira es necesaria. Porque la sátira desnuda lo que el poder pretende solemnizar. La risa crítica permite ver al emperador sin traje, al caudillo sin épica, al redentor sin milagros y al patriota sin patria. Circombia no es solo burla: es diagnóstico. Es una forma de decir que el país no puede seguir confundiendo espectáculo con política, emoción con pensamiento, propaganda con verdad y obediencia con ciudadanía.
Colombia merece algo mejor que esta función repetida. Merece una democracia donde la derecha deje de ser colonial y la izquierda deje de ser sectaria; donde el progresismo no sea simple reciclaje de viejas burocracias; donde la soberanía no se negocie como mercancía; donde la crítica no sea perseguida; donde la diversidad cultural sea fundamento de la nación y no decoración folclórica de los discursos oficiales.
Al final, la pregunta no es solamente quién gobierna. La pregunta es qué tipo de país estamos dispuestos a construir después del ruido electoral. Si seguimos atrapados en Circombia, la política continuará siendo una carpa donde los mismos actores cambian de disfraz mientras el pueblo paga la entrada. Pero si asumimos la crisis como oportunidad pedagógica, tal vez podamos comenzar a formar una ciudadanía capaz de superar el espectáculo y reclamar, por fin, una república intercultural, soberana, plural y verdaderamente democrática.
Porque una nación no madura cuando aprende a votar. Madura cuando aprende a pensar políticamente. Y Colombia, nuestra querida y dolida Colombia, todavía tiene pendiente esa asignatura.
Les regalo no una sino dos citas al cierre:
“Las repúblicas no mueren cuando triunfa la derecha o la izquierda; comienzan a morir cuando el circo reemplaza a la ciudadanía, el fanatismo al pensamiento y el poder a la República.”
— Jairo Eduardo Soto Molina
“Circombia terminará el día en que dejemos de aplaudir a los payasos del poder y empecemos a exigir la madurez de los ciudadanos.”
— Jairo Eduardo Soto Molina

