Por:Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social

“El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar”. — Richard Feynman, discurso en Caltech, 1974. Traducción propia.

Este artículo nace de las inquietudes que me suscitó un video de Peter Pachón, difundido en redes sociales por el portal Telatiroplena, en el que presenta sus planteamientos sobre un libro titulado Dimensión púrpura, del cual se identifica como autor. Sus afirmaciones me llevaron a consultar investigaciones y a examinar críticamente las explicaciones propuestas. Varias resultan especulativas, pues los mecanismos y las conclusiones que plantea no aparecen respaldados por evidencias verificables en el fragmento observado.

Mi formación investigativa me ha enseñado que afirmar no equivale a demostrar: las conclusiones deben guardar proporción con la evidencia disponible. Esta exigencia permite evaluar el discurso del video, aunque no autoriza a juzgar la totalidad del libro sin haberlo leído y analizado. En un entorno digital donde circulan afirmaciones de muy distinta calidad, necesitamos contrastar fuentes, reconocer incertidumbres y distinguir entre una metáfora sugerente y una explicación comprobada. Siguiendo una imagen cotidiana, ciertos contenidos deben examinarse con pinzas antes de incorporarlos a nuestra comprensión del mundo. A partir de mis estudios avanzados en educación y mi pensamiento critica inicie la indagaciones que conviene precisar la diferencia:

– Propuesta pedagógica plausible: cultivar el asombro, la percepción y la creatividad. Puede investigarse y valorarse mediante experiencias educativas.

– Alegoría espiritual: emplear “dimensión púrpura” para representar una conexión entre lo humano y lo divino. Tiene un significado simbólico, pero no constituye una explicación científica.

– Especulación presentada como explicación: afirmar que distinguir más colores amplía proporcionalmente la conciencia, que la creatividad aumenta exponencialmente o que la imaginación modifica objetos y explica sanaciones mediante la física cuántica.

Estas conclusiones requieren evidencias específicas que lo dicho en el vídeo no ofrece.

Además, algunas expresiones no son solamente especulativas: son generalizaciones injustificadas, como sostener que la creatividad no aparece en ningún currículo del planeta. ¿Acaso este señor conoce los planes de estudio de Finlandia, Noruega, Islandia, Singapur, Japón, China y Corea del sur, entre otros?

Por tanto, nuestra crítica se fundamenta en lo siguiente:

La exposición atribuida a Peter Pachón combina intuiciones pedagógicas pertinentes con una alegoría espiritual y afirmaciones empíricas no demostradas. Su debilidad aparece cuando convierte posibilidades interpretativas en certezas sobre el aprendizaje, la conciencia y la realidad física. El valor educativo del asombro no prueba los mecanismos extraordinarios que se le atribuyen. Es decir, ahora estamos frente a un falso profeta pedagógico. ¿Qué tal?

Es un discurso totalmente especulativo. 

Especulativo no significa necesariamente falso; significa que la conclusión excede la evidencia disponible. Cuando esa conclusión se presenta como un hecho científico, corresponde exigir demostración.

No se de dónde saca tanta vacuencia (filológicamente dícese de algo vacío, sin fundamento, superficial o sin importancia). La dimensión purpura está soportada en algunas especulaciones sobre los Chakras, por parte de algunos hindúes, sin ningún fundamento científico.

Una afirmación puede sonar profunda y estar mal fundamentada. Eso ocurre con la explicación según la cual la intersección de los chakras Ajna y Sahasrara produce una “dimensión púrpura”, activa la glándula pineal, despierta el hemisferio derecho —supuestamente poco utilizado por los diestros— y aumenta la creatividad. La propuesta reúne términos espirituales, estructuras anatómicas y fenómenos físicos, pero no demuestra las conexiones que establece entre ellos. Su apariencia científica depende de mencionar el cerebro; su debilidad consiste en no explicar cómo se han comprobado sus afirmaciones.

La cuestión merece una crítica firme. Respetar una experiencia espiritual no obliga a aceptar cualquier explicación sobre su funcionamiento. Una persona puede sentir paz, visualizar colores o experimentar una profunda conexión durante la meditación. Su vivencia merece ser escuchada. Sin embargo, de ese testimonio no se desprende que haya accedido a otra dimensión, activado una glándula o despertado una región cerebral.

La experiencia y la explicación de la experiencia son asuntos distintos. Confundirlos permite presentar una interpretación como si fuera una prueba.

La primera dificultad está en la expresión “dimensión púrpura”. ¿Qué designa exactamente? ¿Una imagen mental, un estado subjetivo, una metáfora espiritual o una dimensión física? Si se trata de una metáfora, corresponde examinar su significado. Si se propone como realidad física, hacen falta una definición precisa, procedimientos de observación y evidencia verificable. Cambiar de sentido según la objeción —hablar de biología para convencer y refugiarse en el simbolismo cuando se solicita una prueba— impide una discusión seria.

La glándula pineal proporciona el siguiente elemento de autoridad. Existe, desde luego, y tiene funciones fisiológicas conocidas. Su principal función es producir melatonina y comunicar al organismo información relacionada con el ciclo de luz y oscuridad, participando en la regulación temporal del sueño y la vigilia. Esa actividad no depende de que alguien «desbloquee» sus chakras. La pineal funciona antes de que aprendamos siquiera su nombre. La fisiología documentada tampoco establece el mecanismo propuesto entre Ajna, Sahasrara y una dimensión púrpura.

Además, decir «activar la pineal» resulta insuficiente. ¿Activar qué proceso? ¿Aumentar la secreción de melatonina? ¿Modificar su ritmo? ¿Mediante qué mecanismo y con qué medición? Sin responder estas preguntas, la palabra activación actúa como una promesa imprecisa. El nombre de un órgano real no convierte en real cualquier propiedad que se le atribuya.

La afirmación sobre los diestros es todavía más claramente refutable. Usar preferentemente la mano derecha no significa utilizar poco el hemisferio derecho. La especialización de ciertas funciones cerebrales no equivale a tener media cabeza dormida. Un estudio de conectividad cerebral de la Universidad de Utah no encontró respaldo para clasificar a las personas como predominantemente «de cerebro izquierdo» o «de cerebro derecho», tal como propone esa popular simplificación.

La creatividad tampoco espera encerrada en un hemisferio hasta que una luz violeta venga a liberarla. Las investigaciones muestran la participación coordinada de distintas regiones y redes cerebrales en el pensamiento creativo. Imaginar posibilidades, recuperar recuerdos, producir asociaciones y evaluar ideas requiere cooperación entre procesos. Reducir esa complejidad a un interruptor del hemisferio derecho empobrece nuestra comprensión de la creación humana.

La explicación del color añade otra confusión. El púrpura no surge necesariamente de mezclar azul turquesa y violeta. En la mezcla aditiva de luces, combinar rojo y azul puede producir magenta y tonalidades relacionadas, dependiendo de las intensidades. El violeta espectral y los púrpuras tampoco son equivalentes: podemos percibir un púrpura a partir de una combinación de luces, sin que exista una única longitud de onda correspondiente a ese color. Una afirmación cromática necesita precisar qué luces se mezclan y en qué proporciones. En cualquier caso, describir un color no demuestra una transformación de la conciencia ni una activación glandular.

¿Por qué resulta persuasiva esta narrativa? Una posible razón es que ofrece una explicación sencilla y extraordinaria de aspiraciones humanas comprensibles: crear más, conocerse mejor y encontrar sentido. Además, palabras como glándula, hemisferio y activación le prestan una apariencia técnica. Pero acumular vocabulario científico no equivale a construir evidencia. Cada vínculo de la cadena necesita demostración; ninguno queda probado por la fuerza evocadora del siguiente.

Desde una perspectiva intercultural crítica, esta refutación exige también cuidado. Las tradiciones espirituales de la India poseen historias, prácticas y marcos de interpretación que merecen ser comprendidos en sus propios contextos. Cuestionar una explicación que utiliza selectivamente sus símbolos no autoriza a descalificar esas tradiciones. Tampoco debemos atribuirles automáticamente toda afirmación contemporánea difundida en su nombre.

La justicia cognitiva reclama escuchar saberes diversos y examinar sus condiciones de producción. Ese reconocimiento incluye la posibilidad de preguntar, contrastar y disentir. Cuando una enseñanza formula una afirmación biológica, asume una exigencia específica: ofrecer evidencia sobre ese mecanismo. El respeto cultural no concede inmunidad frente al examen de las afirmaciones empíricas.

Podemos, por tanto, distinguir tres planos. En el plano vivido, alguien experimenta una luz o una sensación de trascendencia. En el cultural, interpreta lo ocurrido mediante símbolos aprendidos. En el biológico, se investigan los procesos corporales que acompañan esa experiencia. Los tres pueden dialogar, pero ninguno permite saltar automáticamente a las conclusiones del otro.

La meditación, por ejemplo, puede influir en la atención y en algunos aspectos del funcionamiento cerebral; la investigación sobre sus efectos continúa y presenta resultados de alcance variable. Eso no valida, por extensión, cualquier relato sobre chakras, pineal y dimensiones. Los beneficios de una práctica deben distinguirse de la veracidad de la explicación utilizada para promoverla.

La contundencia de la crítica consiste en precisar qué está equivocado y qué permanece sin demostrar. Es incorrecto afirmar que los diestros mantienen poco utilizado el hemisferio derecho. Es injustificado reducir la creatividad a su supuesto despertar. Y la conexión entre chakras, pineal y “dimensión púrpura” carece de una demostración científica que permita presentarla como un hecho.

La trascendencia puede tener un profundo valor humano. Podemos explorarla en la contemplación, el arte, los vínculos y la búsqueda de sentido. Ese valor merece un lenguaje honesto. Cuando una metáfora se presenta como anatomía y una vivencia se ofrece como prueba de un mecanismo cerebral, corresponde pedir razones.

La espiritualidad merece respeto. Precisamente por eso, merece también que no se la sostenga con una neurociencia inventada.

Cita al cierre:

“Las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. — Carl Sagan. Traducción propia.

Este artÍculo es responsabilidad del autor JAIRO SOTO