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Por: Roque Ortega Murillo
Todo viajero que transita de Pereira hacia Manizales, o viceversa, se detiene a contemplar una extraña construcción que se encuentra enclavada en la orilla de la carretera que une las ciudades capitales del eje cafetero, en la vereda de San Felipe, en la vía Alcalá-Quimbaya.

La vivienda que desde lejos parece una nave mitológica, es una nueva propuesta
de convivir en un espacio donde se respete el ambiente natural- sociocultural;
es decir, construir un hábitat sanador. Por lo tanto, evita estar envueltos con
elementos de energía electroestática y radiación magnética, lo cual provoca un
descenso de la vitalidad.
Es la casa construida por el ingeniero y acupuntor Luis Carlos Ríos, quien aprovechando los propios recursos de la zona creó una obra artesanal que bautizó ‘Mano Alzada’. El nombre se debe a que fue levantada en una pequeña colina que permite ver toda la geoforma del entorno. Elaborada por manos recolectoras de café, está rodeada de un bosque de guadua, cultivos de café, plátano y plantas ornamentales. Se aprecia desde la ventana el despuntar del amanecer enmarcado en una sinfonía de cantos de pájaros vistosos, acompañado por el sutil sonido de una cascada vecina. Por las tardes, se aprecia la dormida del sol, contemplando unos mágicos atardeceres que invitan al sosiego y al deseo de escribir unos versos.
Este tipo de construcción rompe con los paradigmas de la arquitectura moderna, porque rescata la armonía de convivir con el entorno natural respetando lo biológico y cultural, donde prima la sintonía entre los seres vivientes e inertes. La arquitectura vigente, en gran mayoría niega el medio natural, y refleja el pensamiento del hombre al creerse el centro del universo, arrogándose el derecho a manipular y controlar la naturaleza; convirtiendo la morada en un elemento generador de enfermedad donde el espíritu se atrofia e impide el desarrollo de la creatividad y el goce.
La obra artesanal de la casa Mano Alzada está edificada en muros que son como paneles en esterilla de Guadua (un tipo de bambú), como canastos que llenan de lodo formando las paredes. La mezcla lleva fique (fibra vegetal) que tiene propiedad de amarrar la estructura; igualmente sus puertas, ventanas, escaleras y sus muebles están elaboradas en guadua. Solamente en la cimentación y la cubierta en forma de bóveda se utilizó el cemento en un cinco por ciento, revuelto con cal, fique y arcilla. El 95% de sus materiales son vivos; lo que permite una regulación térmica; toma frío de la noche y lo suelta en el día; toma calor del día y lo suelta en la noche. Además, es sismo resistente.
Indudablemente en la búsqueda del cobijo humano está enmarcado el humanismo sanador, partiendo del presupuesto de hacer de cada profesión una acción sanadora. De tal forma, ‘Tierrita’- como se le conoce a Luis Carlos, nos ofrece una propuesta arquitectónica de relación más amable con el entorno, fusionando lo cultural con el equilibrio biológico; que podría denominarse bioconstrucción.
Es una vivienda sanadora porque sana al grupo que la construye, y potencia el desarrollo de la creatividad. Igualmente, sana al grupo de personas que la habitan, debido a que la morada tiene en cuenta aspectos energéticos donde los materiales tienen condiciones yin-yang que interactúan con la condición del ser humano. Por ejemplo, existen suelos yang de origen sedimentario, suelos yin de origen volcánico, y suelos yin-yang como los de origen metamórfico.
Bajo el principio de no separar el entorno natural y cultural, Tierrita manifiesta: “Se pueden construir viviendas con materiales naturales vivos como la guadua y arcilla, permitiendo que la energía fluya”. No se obstaculiza el aire ni la energía debido a la porosidad de los materiales. Además, la estética y la sencillez en sus diseños, permite recuperar la belleza como elementos propios de la región, disminuyendo los costos de su construcción en un cincuenta por ciento con relación a las modernas. Sin duda alguna, con una calidad superior.
Cuando Tierrita construyó esta vivienda, solo utilizó un cinco por ciento de cemento, en ese proceso de investigación ha logrado prescindir de ese material en la actualidad. Al minimizar el uso del cemento, presenta una alternativa, dinámica, acogedora y económica, dándole protagonismo a los materiales vivos que logran tener una relación armoniosa con el ser humano.
Ciudad alegría es un complejo urbanístico que se construyó en el municipio de Montenegro, departamento Quindío, para personas víctimas del terremoto en dicha zona en 1999. En estas viviendas el hierro y las columnas de cemento brillan por su ausencia, allí la cultura del encerramiento no es posible; tal como sucede en las grandes capitales que hasta los patios lo enrejan; convirtiendo las casas en cárceles. Hoy en día se vive enjaulado, preso en nuestra propia morada situación que no permite que el espíritu se expanda y se desarrolle la creatividad, despertando el quehacer artístico de cada ser. La forma circular de Ciudad Alegría en el sentido como es el universo permite que la energía fluya.
En este complejo urbanístico no se niega a la vida tal como sucede en la mayoría de las construcciones actuales, que son cuadradas, rectangulares y carentes de zonas verdes; evidentemente son agentes enfermizos, perturbadores, que actúan en contravía con la simbiosis del mundo natural. Lo triste es que muchos moradores derrumbaron esas preciosas viviendas porque según ellos, no representaban una valorización como tal. ¡Que vaina, siempre el hombre en contravía del Dao, de la natura!
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