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Por: Jenniffer Rueda Martínez
Nos han vendido la idea que lo correcto es que en las personas sobresalga la fortaleza con la que son capaces de superar las adversidades de la vida y así nos hemos ido acostumbrando a ocultar debajo de una dura, rígida y fría armadura todo lo bonito, profundo y significativo que contiene la humanidad, las emociones, los sentimientos.
De esa misma forma aprendemos a comportarnos en familia, como padres queremos dar lo mejor a nuestros hijos, deseamos convertirnos en esa figura de admiración, quisiéramos no dejar ver ninguno de nuestros defectos y en su lugar, parecer perfectos ante sus ojos, lo que nos lleva a colocarnos mascaras y disfraces que haga parecer que todo siempre esta bien, cuando por dentro tal vez estamos destruidos, escondernos o esperar la noche cuando todos estén dormidos para llorar y descargar el peso de toda la jornada, estar presentes de cuerpo pero con la mente en la galaxia de las preocupaciones.
Siempre agradezco lo evolutivo, cambiante y dinámico de la vida, ya que gracias a esto se puede comprobar la eficacia de nuevas practicas que logran derrumbar lo obsoleto de otras.
Debido a los altos índices de depresión, ansiedad y resultados lamentables como el suicidio, sobre todo el incremento en las etapas de la niñez y adolescencia, pienso que hay cosas que deben cambiar radicalmente desde las familias que deben ser mas que un grupo de personas que comparten un mismo lugar para satisfacer necesidades básicas de supervivencia. Claro que es importante cubrir la alimentación, los servicios públicos, la salud, la educación, la recreación, pero, en definitiva, se hace necesario abrir espacios íntimos familiares en los que desde muy temprana edad, cada integrante tenga la oportunidad de mostrarse y expresarse tal cual como es, sin vergüenza, sin miedo y sin prejuicios.
Mostrarnos siempre como padres perfectos que todo lo pueden, les transmite un mensaje errado a nuestros hijos de lo que en realidad significa la vida, ellos deben conocer nuestra sensibilidad, vulnerabilidad y saber que eso también esta bien y forma parte de esta gran aventura de existir en este mundo lleno de desafíos.
Los hijos creen que cuando se sienten mal o tienen un problema, lo correcto es guardar silencio, para no generar preocupación o que no vayan a pensar mal de ellos, o creen que nos van a decepcionar, lo cual está llevando a una acumulación de emociones que se están quedando sin gestionar y traumas sin resolver, dicha acumulación no da espera a que llegue ese lamentable día en que ya la persona que lo padece no resiste más y estalla causando un gran estruendo en su vida y la de su familia, muchas veces con pérdidas irreparables.
Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor. Psicóloga, Jenniffer Rueda Martínez

