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Por: Jenniffer Rueda Martínez
Mi madre, la señora Mariana Isabel Martínez Ávila de 69 años de edad entre muchas de sus cualidades se destaca el amor por las plantas, en su pequeño patio tiene una variedad de ellas, sin embargo, ella desea ir más allá creando su propia huerta. En este momento tiene sembrado un árbol de papaya del cual espera su fruto. Además, ya en varias ocasiones ha tenido un árbol de guineo manzano como se le conoce en la costa atlántica colombiana, en otros lugares puede ser conocido como plátano, banana o cambur.
El caso es que este último fue particular, inicialmente el árbol parecía muy bien sembrado y crecía erguido, por lo cual era muy admirado por todos que lo veíamos, sin embargo, al pasar el tiempo se fue torciendo hasta quedar muy inclinado, varias veces mi madre pensó en cortarlo, pensaba que así no crecería como lo esperaba, pero el árbol continúo creciendo en su forma única, hasta que se fue asomando la flor para dar paso al fruto. Milagrosamente del árbol que nadie esperaba nada y que querían cortar termino naciendo un gran y hermoso gajo de guineos que inicialmente son de color verde y a los pocos días se tiñen de amarillo, una fruta exquisita, dulce y con propiedades nutritivas. La alegría que irradiaba el rostro de mi madre cada vez que salía a “mi finquita”, como ella cariñosamente le llama a su pequeño espacio de siembra, era notable. El árbol nuevamente fue admirado y recibió los agradecimientos que le correspondían, ya que mi madre, la familia y hasta algunos vecinos pudieron gozar de tan valioso regalo de la naturaleza. Este proceso entre siembra y fruto tarda alrededor de un año.
La anterior historia la comparto porque el proceso del árbol se me pareció mucho a lo que nos pasa a los humanos ante las situaciones de la vida.
Normalmente cuando nacemos e iniciamos nuestro crecimiento y desarrollo y mientras cumplamos con las exigencias de la sociedad somos queridos y elogiados por todos, “tan lindo el o la bebe”, o cuando tenemos momentos de éxito, somos admirados y aplaudidos.
No tarda en llegar el momento de la dificultad, esos desafíos y retos que nos obligan a transformarnos y a movernos hacia otros lados, como cuando el árbol cambio su forma y es que muchas veces es necesario eso, cambiar la forma, los métodos, las técnicas, romper paradigmas y lanzarse a la aventura hacia formas y modos diferentes, crecer hacia otro lado, aunque este difiera de lo impuesto por la familia y la sociedad. Entonces serás criticado porque nadie entenderá de donde nace tu necesidad de cambio, te juzgaran, si alguien apuesta por ti es a la seguridad de tu fracaso, te intentaran sabotear influyendo en ti de manera negativa para impedir tu progreso, te dirán cosas como “ mi amigo Juan hizo eso y le fue mal”, y así será mientras no des los resultados que todos esperan, como si ese fuera el único fin, agradar y ser aprobado por los demás, pero no, el verdadero sentido de lo que haces es tu felicidad y disfrutar de experimentar diferentes procesos que con seguridad a algún lado diferente al que estas te va a conducir, el verdadero fracaso está en permanecer sin hacer ningún cambio, estamos obligados como especie para evolucionar a seguir el curso de la vida que es por naturaleza cíclica, dinámica, cambiante y en movimiento.
Finalmente, cuando después de mucho tiempo de perseverar por fin llega ese bendito día en que la puntería se afina y en lugar de dar en el palo, le metes el gol a la vida, llega tu momento de gloria donde aparecen los frutos de tus esfuerzos, en ese momento volverás a ser admirado y los primeros serán esos que no creían en ti, ahora serán tus más fieles seguidores, sin embargo, lo más importante será tu satisfacción personal del deber cumplido con nadie diferente a ti mismo.
Seguimos haciendo camino.
Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor. Jenniffer Rueda Martínez. Psicóloga

