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Por: Antonio Cueto Aguas.

Ya en nuestro artículo pasado señalamos la ausencia de virtudes del mediocre, hoy queremos analizar la gravitación de grandes defectos en la mediocridad que se comportan como aquel cáncer que llega al cuerpo humano con lentitud, empieza a crecer, a crecer,  hasta hacer metástasis en gran parte de los órganos del cuerpo, hasta destruir al ser y acabar con su vida; guardando las proporciones entre la mediocridad y el cáncer, ésta tiene las mismas connotaciones, pues ella,  es decir la mediocridad, va cambiando su categoría,  crece, crece y crece hasta convertirse esa mediocridad en una gran vulgaridad, cuando el hombre alcanza éste grado de vulgaridad pierde todo principio de moralidad y respeto hacia él y a los demás.

Todo su actuar circunda en sus propios intereses y nada da, si no hay un beneficio propio. Cuando creen practicar una virtud, degeneran la honestidad y se entierran a un más en el lodo de su propia inmundicia mental.

Su vulgaridad no les permite seguir caminos propios de su inclinación, pues siguen el cálculo de sus iguales, por sentirse parte de la misma inmundicia en que se siente inmerso.

La extremada Vulgaridad los lleva a la pérdida total de la fuerza de voluntad para reversar su vida, por ello creemos sanas, estas consideraciones porque consideramos que la mediocridad y extremada vulgaridad, no son irreversible y para salir de ella, es preciso, como ocurre con los alcohólicos anónimos, reconocer el padecimiento para lograr confrontar la realidad de du problema.

Ahora, mirémonos en el espejo retrovisor que nos entrega José Ingeniero:

“Su amistad es una complacencia servil o una adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud, degradan la honestidad misma, afectándola con algo de miserable o bajo que la mácula.

Admiran el utilitarismo egoísta, inmediato, menudo, al contado, Puestos a elegir, nunca seguirán el camino que les indique su propia inclinación, sino el que les marcaría el cálculo de sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos.

Un pensamiento no fecundado por la pasión es como lo soles de invierno; alumbran, pero bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un cuerpo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida. El hombre sin idea les hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo.

La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva a la ostentación, a la avaricia, a la falsedad, a la avidez, a la simulación, detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que conspira en su interior acosado por el hambre de atávicos instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.

En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima, enseñan a purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto a los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los Santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalan do ejemplos a las inteligencias y a los corazones, puede amenguarse la omnipotencia de la vulgaridad, porque en toda larva sueña, acaso una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento de virtud, revelan con su ejemplo que la vida pue de ser intensa y conservarse digna; dirigirse a la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosa mente como el océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo.

En la meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció como un velero que cruza el tiempo infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento; sin viento de nada servirían las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las sucie dades, las resistencias que éstas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas, arrastra el buque entero, lo conduce y lo orienta. Son los idealistas: siempre resistidos por aquella. Así – resistiéndolos, como las velas al viento -, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías propulsoras”

Espere nuestra próxima columna: ” LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL “

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.