Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano.

Por. César Gamero De Aguas.

“Si dices la verdad, no tienes que recordar nada” Mark Twain.

No fue hasta ese sábado siniestro y último de mediados de marzo, cuando Luis Flórez un médico de profesión y rector con destacamentos especiales de un colegio municipal de Malambo, narró aquella hazaña triunfal de la que fue participe, y que venía haciendo sin control alguno tejidos invisibles de araña en su memoria. Para aquel entonces, la ‘garladera’  había dejado atrás al carnaval de las artes, dando lugar nuevos temas donde la ‘Gurupéndula’ seguía pariendo interrogantes de significación, donde Pavarotti y su repertorio mayúsculo de actuaciones, lo habían hecho  poseedor alguna vez en vida de ser el mejor tenor, dándole paso ahora a Plácido Domingo de cualidades excelsas, e incluso en aquella improvisada reunión se llegó hablar del Covid 19, enfermedad que para ese momento se veía como una situación lejana y remota propia de unos chinos ´cómelo todo´ que no podría generar este cuasi eterno confinamiento, que hoy me tiene escribiendo placientemente estas letras.

Paradójicamente el licor indiscriminado hacia sus estragos apremiantes en la concurrencia habitual, de un puñado de jugadores veteranos de fútbol, ahora convertidos en catadores empedernidos de cerveza que escuchaban con atención aquel suceso histórico, entre idas y venidas de visitas de enfermo al mingitorio, una morena esbelta de ojos penetrantes y aromas embaucadores que despachaba con marcada celeridad las botellas de cervezas, y un cantinero cualquiera que abusaba de la confianza haciendo trizas un vale de pedidos, que para ese entonces era ya desproporcionado por la acumulación de un sin número de ceros.

Pero sinteticemos, ¡el asunto era muy concreto!, existieron una vez dos equipos de fútbol en el municipio de Magangué, y que se enfrentaban en franca lid. En esta tierra de calores sofocantes, donde el gran brazo del rio Grande de la Magdalena vierte sus aguas, y sirve en bandeja de plata toda la exquisitez de su flora y su fauna. Era una época crucial donde aún las personas guardaban respeto, donde los jóvenes los espantaban con esos relatos legendarios llenos de personajes ficticios, que en su momento generaron un pánico inquebrantable que se fue disipando lentamente conforme cada individuo encaró agraciadamente su destino. 

El partido de fútbol entre los dos grandes equipos de fútbol de la municipalidad era una especie de duelo inquebrantable de varios tiempos y formas. Un juego interminable de ajedrez donde los contendores tienen espacios de tiempo suficiente para retirase cuando lo deseen y retornar prontamente a la partida. Una guerra de jamás acabar, una ´rasquiñita con gusto´ de esas que solo se quita cuando desaparece de la memoria de todos. Las canchas donde estos gladiadores de zapatos de cuero, y taches de plástico, se atiborraban de aficionados energúmenos que defendían a diestra y siniestra los colores de su equipo preferido. Una clase endémica de circo romano, que se alimentaba de la alegría y los designios misericordiosos de la apuesta.

A simple vista, parecería algo normal esta clase singular de partidos de fútbol que pudieran celebrar dos barrios o dos clubes. Pero no, no es así, esta historia viva de aquellos dos equipos de fútbol, da rienda suelta de lo compleja que fue la situación, pues antes de celebrarse el encuentro futbolero hubo una previa de palabras y comentarios urticantes, que desencadenaron unos desmanes emocionales, que muy a pesar de haber cumplido ya 43 largos años aún el eco de tal situación retumba en la memoria consiente y colectiva de sus participantes. Tal disputa verbal trajo consigo que el equipo de sus amores llamado “Juventud Magangué”, despreciara con el dolor de su alma un suculento sancocho de pescado fresco servido en hojas de bijao, por lo que tuvieron que jugar no solamente con hambre, sino en contra además de un sol cáustico, y la furia y el resentimiento del equipo local llamado ´Leopardos´, por cobrarle tan semejante esperpento. En medio del crujir de las tripas y la angustia de la gurbia, empezó el partido, la cancha marcada con aserrín mojado era un vaivén de pases encantadores que sacaban oles de manera desproporcionada. Los 22 jugadores donde se destacaban; Galé, García, Osorno, Muentes y él del equipo Juventud Magangué, jugaban con una gracia descomunal. Mañe Barragán el técnico ilustre de aquel legendario equipo se hallaba parado en la raya dando instrucciones de peso, como maestro de sinfónica y una voz que sobresalía frente al escándalo reinante. Sin embargo, el marcador se mantuvo empatado hasta el minuto 75 del partido, cuando los Leopardos sacando ventaja de su experiencia de rayas venció la valla contraria, entonces el escenario fue invadido por aficionados de bien, y hasta de mal, que ya frente al desenlace del alcohol no respetaban pinta, y saltaban con una catarsis desenfrenada. Ante tal afrenta, los policías con bolillo en mano sacaban a los insurrectos, no sin antes vacíales los bolsillos a más de uno que dio papaya en la celebración y terminaron más pelao que el “jopito del niño Dios”. El alcalde del pueblo con ánimos de acero intentó persuadir a la multitud, sin embargo, frente a la desobediencia civil terminó tomándose una cerveza debajo de un árbol de totumo contiguo a la cancha, para regular la presión física que para ese entonces era incontrolable. La gente empezó a salir de la cancha, solo hasta cuando se dieron cuenta que no había nada que celebrar pues aún faltaban 10 largos minutos.

El árbitro de aquel legendario partido, un hombre escuálido que terminó llevándose una mano de bocachicos para su casa, reanudó la disputa futbolera, que no fue más que un bombardeo de pelotazos por parte de Juventud Magangué que buscaba incesantemente la paridad, y unos Leopardos defendiéndose con las sombras de su alma y las garras ya sin filo ese bendito 1×0. Pero entonces, los pelotazos de frente dieron su fruto por lo que, faltando 3 escasos minutos, esos mismos minutos eternos que duró Jesús agonizando para sucumbir a la muerte, dio la jugada epicentro de esta historia cómica única e irrepetible en el álbum macondiano de este trópico maldito.

El delantero hasta ese entonces letal del equipo visitante en una hábil jugada, y contando tal vez con la ayuda divina quedó frente a frente con el arquero, que para ese entonces estaba más pálido que un cadáver, y más nervioso que Pedro “La Roca”, cuando negó rotundamente tres veces a Jesús. El cancerbero solo esperaba el certero zapatazo que le diera la paridad al equipo contrario, y sepultara de una vez, la apuesta indigna que había hecho con su novia aquella tarde sofocante, de hacerla suya una vez concluyera y ganaran el partido, el empate no estaba en el pronóstico de la suerte. No obstante, el delantero metido en una burbuja de inciertos y expectativas, había roto todas las vallas hechas de curricán de todos los pueblos cercanos, cañonero experimentado, con un poder siniestro en su pierna derecha que incluso se llegó a decir que mataba cerdos de una sola patada, con el arco entre ceja y ceja se disponía a definir, el suspenso era aterrador, pero más aterradora y mayúscula  fue su sorpresa, ya cuando su obcecación fue disipada, y se hallaba en una cama fría del  hospital municipal , rodeado por sus amigos del fútbol , quienes le dieron la nefasta noticia , que una cerda espantada por el caos de la gente se le había atravesado por atrás segundos antes de patear el balón, y ya sus pensamientos encajaban en medio de la inmensidad de su incertidumbre. Su cara recobró entonces los colores de la vida, y sonrió, pues llegó a pensar que estaba en ese otro mundo donde nadie quiere pertenecer, por lo menos hasta cuando se tiene vida, y una vida sin igual que se permite ser evocada, en una guerra discriminada de cervezas, y una noche obscura que llegó para recordarnos que ya era tarde.

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa  responsabilidad del Autor.

Leave a comment