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Por. César Gamero De Aguas.

Sí, eso fue lo que el destino le permitió vivir a Jossell Antonio Barrios De La Cruz, tan solo 48 horas, 1152 minutos, 2880 segundos en este país perverso, así lo confirman también las inscripciones que se hallan escritas en una fría lápida ubicada en uno de los jardines, que conforman uno de los ocho cementerios de la ciudad. Los carritos plásticos de juguete que están parqueados en una soledad eterna, encima del pequeño rectángulo de mármol, simbolizan una trascendencia terrenal que jamás logró vivir, pues con ese volumen escaso de horas con vida, a duras penas pudo recibir el aire contaminado que arropa esta nefasta sociedad. Lo cierto es que sus padres pudieron haber sido la pareja más feliz del mundo, hasta el momento mismo de su desaparición, por lo que fue una felicidad prestada hasta que un luto de colores oscuros los terminó invadiendo.

La tumba a quienes muchos visitantes colocan flores, en un marquillo metálico a un costado de la piedra de mármol, llama mucho la atención, no tanto por lo bien cuidada y podada que está la grama, un rectángulo cuadrado de 2 metros de largo x 1,70 cms de ancho, que Josell jamás ocupará en su totalidad, sino lo triste que pudo ser para toda su familia su temprana e inesperada desaparición. En este caso “los hijos deberían sepultar primero a sus padres, que los padres a sus hijos”, tan solo fue una frase encajonada en los rincones del populismo, pues Jossell muy seguramente partió primero que ellos. No obstante, el infante se primó de vivir además el carnaval de calamidades de un mundo aparentemente moderno, que ya al que nace le tiene apartado su mar de dificultades.  Y manifiesto las ´dificultades´ en el buen sentido de la palabra, ya que lo que ofrece es muy poco, frente a la avalancha de obstáculos que muy seguro vendrán, y que nos permite subsistir a los más fuertes, que vivir con una naturaleza de bondades, que solo se hayan escritos en los libros de espiritualidad.

Por lo visto, sus padres son unos trabajadores incansables como muchos colombianos que han existido a lo largo de la historia, que pasaron por ella dejando tan solo un simple nombre que el tiempo borrará, quizás ya en la tercera generación. Jossell Antonio, es un ángel que no alcanzó a crecer sufriendo el bullying al interior de los colegios, sus ojos no le permitieron observar a largo plazo, las largas filas para reclamar los medicamentos en esas E.P.S., infames , ni las reclamaciones explosivas que tienen algunos adultos en las empresas de servicios domiciliarios, por aquello del aumento desconsiderado en los recibos mensuales, tampoco ver a su padre hastiado, hasta la coronilla con tanta injusticia social, e incluso renegando por un comparendo en medio de una pandemia de miseria y olvido, no vivirá las correrías para coger un bus de Transmetro y sentir ese fogaje corporal extremo, que expelen los cuerpos de las personas en una hora pico. Jamás podrá experimentar como las ilusiones de su niñez son tan solo sueños despiertos que se van dilucidando ante una sociedad de espaldas a los más necesitados, no crecerá viendo el engaño pusilánime y permanente, de la dirigencia política del país, ladina, vil y engañosa que condena a su propia generación y las estirpes venideras.

¡Ese ángel de Dios!, no alcanzó a percibir que quizás el amor, esa palabra agraciada de cuatro letras, es la condición más recóndita de la naturaleza humana, que tan solo se percibe en algunas especies animales, y que podemos lograr asimilar, y por qué no relacionar, con la pasión inexpugnable que siente la madre hacia su hijo. No vivirá además la amarga experiencia de un atraco para quitarle sus pertenecías, un celular, o en el peor de los casos su propia vida, no será contaminado, es decir, una presa más útil de los medios masivos de comunicación, que nos han conminado en una sociedad de riesgo que avanza con pasos agigantados hacia un destino ya escrito. En fin, Jossell seguirá siendo un ángel para todos, quizás un ángel de largas y fuertes alas, que viaja en todas las direcciones, de un lado para otro, cuidando incautos, atendiendo las peticiones de los mortales, salvando vidas de la perversidad material. ¿Qué nos queda a nosotros mezquinos del amor y la fraternidad?, egoístas de corazones intranquilos.

Vivir en esta sociedad simple de risas a cuesta, con la esperanza ya hereditaria, eterna y férrea, que el santo de nuestra devoción se baje de su pedestal, y nos arregle o en el mejor de los casos nos redireccione la historia, a la que le hemos dado la espalda, y nos hemos rehusado a enfrentar.

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