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Por: Jenniffer Rueda Martínez

Cuando escuchas mencionar la palabra Amor, ¿en qué piensas?

Si haces el ejercicio  te  darás  cuenta, que normalmente la respuesta va enfocada a una persona, animal o cosa fuera de ti, casi nunca lo relacionamos con nosotros mismos.

Voy hacer referencia a un versículo del libro de la Biblia, y te aclaro de una vez que no soy teóloga ni experta en el tema, ni pretendo evangelizar ni imponerte una religión, creencia o doctrina, lo poco que se de la Biblia es lo que está ligado a mis experiencias espirituales y la interpretación personal que hago de ella en mi relación con Dios, pero hablando de Amor es inevitable que no venga a mi cabeza esa cita del evangelio de San Mateo donde a Jesús le preguntan: “Maestro, ¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le respondió: “amaras al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a este: Amaras a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo, 22, 36-40).

¡Que hermosura de cita bíblica! y es que hablar de amor es eso, hablar de lo bello de la vida, Dios quien es el Amor inagotable, tan grande y profundo al mismo tiempo nos invita a compartir ese amor con el prójimo en la misma medida en que nos amamos a nosotros mismos, fíjate bien que no dice “en vez de a ti mismo, ni en lugar de a ti mismo, sino como a ti mismo”, en ese orden de ideas el primer lugar del amor lo tiene Dios y después de El no viene ni tu pareja, ni tu familia, ni tus amigos, ni tu mascota, ni tu trabajo, ni tus estudios, vienes tú, pero en la realidad sabemos bien que ese “como a ti mismo” si tiene algún lugar es  casi siempre el del último puesto.

En esta parte del escrito me asalta una pregunta; ¿Porque si somos la persona más importante de nuestra vida nos cuesta tanto amarnos, aceptarnos y valorarnos?, como seres humanos tenemos la necesidad esencial del amor y en lugar de mirar hacia adentro para buscar en nuestro interior las razones que nos den plenitud y satisfacción, nos la pasamos casi que la mayor parte de la vida buscando afuera con que llenar esos vacíos de manera equivocada, tal vez con otra persona (que tal vez está peor que nosotros), cosas o situaciones que nos brindan placeres pasajeros y cuando se van te dejan un agujero más grande que con el que comenzaste.

Muchos autores y especialistas se han referido a la valía personal y se ha enfatizado en el tan de moda termino autoestima, que pareciera que todos somos expertos y nos la sabemos toda al respecto. Sin embargo, la experiencia personal y profesional me dice que nos falta mucho por aprender ya que estamos relacionando autoestima con el nivel de aceptación que los demás tienen de mí; por ejemplo: si emprendo un proyecto exitoso y el público me aplaude se me hincha el pecho y me siento orgulloso de mi, pero si por el contrario tengo un fracaso me desinflo cual globo agujerado y me autocastigo con pensamientos y expresiones negativas, me desprecio.

Resulta que  todos servimos para algo y eso está soportado en un paquete de talentos, fortalezas, capacidades, habilidades, cualidades y virtudes listas para usar y multiplicar y aunque están presentes muchas veces las desconocemos o desmeritamos, este paquete va ligado a otro que voy a llamar “debilidades” que no es más que aquello que te recuerda cuan humano y vulnerable eres y así con todas estas fichas junticas tenemos que recogerlas tal vez del piso donde las tiramos para armar el rompecabezas de nuestras vidas donde todo es importante y necesario para formarnos y desarrollarnos, pero así tal cual somos, creando un autoconcepto, una percepción de nosotros mismos como la base para apreciarnos.

Para tener amor propio tenemos que soltar y desaprender todo lo negativo que hemos acumulado durante toda la vida para poder aprender nuevas prácticas que nos conduzcan a sanarnos, aceptarnos y amarnos. Del libro “El día que te quieras” de la autora María Cecilia Betancourt te comparto un listado de hábitos de la gente que se ama:

Seleccionar como amigos a las personas que aportan, de quienes se puede aprender y disfrutar. Esquivar a las que fatigan y deprimen.

Renunciar, oportuna y radicalmente, a los amores que pintan tormentosos o sin esperanza.

Abandonar, en cuanto pueden, los ambientes hostiles y las actividades poco gratificantes. En el campo profesional y laboral, en el medio familiar, social y cultural, si no se puede modificar las circunstancias, trabajar decididamente para buscar otros horizontes.

Participar en eventos que han de ser útiles y placenteros. No gastar el tiempo, se invierte.

Dejar pasar de largo actitudes ajenas provocadoras o molestas que revisten poca importancia. No enfrascarse en combates estériles. No desgastarse luchando por tener la razón.

Hacerse obsequios. A modo de felicitación, con motivo de fechas especiales o sin ellos, arreglárselas para comprar algo con el fin de darse gusto, después de atender las responsabilidades económicas prioritarias.

Distribuyen los ingresos de tal modo que puedan reservar los medios para regalarse unas buenas vacaciones, ir al cine o pagar un tratamiento de belleza.

Hacer uso personal de los muebles de comedor, de la hermosa vajilla, de las sabanas bonitas y en perfecto estado, y del mantel más fino. No guardar todo aquello para las visitas o para ocasiones especiales.

Permitirse un poco de irresponsabilidad, un tris de locura, un riesgo que corte la rutina.

Dejarse fascinar por la belleza y encantar por lo novedoso. Visitar lugares hermosos, ir a exposiciones; concurrir a las ferias comerciales, aunque no se lleve intención expresa de comprar; tenderse de espaldas en el suelo para escuchar los sonidos de la naturaleza y contemplar el paisaje.

Hacer cosas espontaneas, aunque pudieran parecer ridículas, feas o informales. Cantar, estallar en carcajadas, llorar, disfrazarse, hacer bromas, niñerías y juegos.

Invertir horas y energía en actividades que no producen dinero. Pintar la casa, elaborar un mueble, fabricar unas cortinas, tejer un saco, reparar un motor, hacer un avión de juguete o escribir poemas.

Buscar atención medica oportuna. No vivir obsesionados con las enfermedades, pero no esperar el momento en que ya no pueda moverse, para consultar al médico.

No abusar de la comida y bebida. Reconocer que es horrible despertar con una resaca sin remedio y peor aún, fingir que no pasa nada para no quedarle mal a su familia el fin de semana. Si mediante hábitos saludables pueden mantenerse en forma, evitan someterse a controles de peso y dietas rigurosas.

Dormir las horas que necesitan, salvo por circunstancias excepcionales. Distribuir el tiempo de tal manera que no tengan que privarse del sueño.

Utilizar ropa cómoda.

Hacer ejercicio. Caminar, practicar algún deporte: sentirse en buenas condiciones.

Practicar alguna técnica de relajación. Hacer ejercicios de respiración. Entrenarse en elevar el nivel de concentración, en mejorar la memoria, etcétera.

Orar o meditar. Regalarse un instante de encuentro con el Creador y llenarse de su presencia.

Tomarse el tiempo recomendado para reponerse de una enfermedad o un accidente, sin angustia. No trabajar desde casa.

Yo agregaría…

Tener un proyecto de vida a corto, mediano y largo plazo.

Ir a terapia psicológica. Regalarte un espacio para trabajar en ti, lejos de todo y de todos para buscar siempre evolucionar en tu mejor versión (sano egoísmo).

Y tú ¿Qué haces por amor a ti mismo?

Me despido con las sabias palabras de José Ingenieros:

“Ya que se mide la vida por sus horas de dicha, convendría despedirse de ella sonriendo, mirándola de frente, con dignidad; con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante”

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor  @psicojennifferrm Jenniffer Rueda Martínez,Psicóloga