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Por: Jorge Guebely
¡Loable! Los jóvenes visualizan mejor la Colombia de hoy. Protestan más con sentido político y menos sindical. Protestan contra un Estado conservador, pre-moderno, en profunda crisis. Contra su cínico elitismo, su abominable corrupción y su enorme incapacidad para resolver problemas ciudadanos. Estado para pocos, para compadres y comadres, banqueros y terratenientes, corporaciones nacionales y multinacionales. Estado para la miseria de muchos.
Protestan contra la ortodoxia uribista, tan dictatorial y tan arcaica, que contamina al Estado y empeora su crisis. Protestan para rescatar la democracia secuestrada, reconstruir los pesos y contrapesos; contra una Fiscalía cómplice, una Procuraduría abyecta, una Registraduría adobada para la corrupción electoral.
Ya nada les importa la reforma tributaria de Carrasquilla, esa gota de cinismo que rebosó el vaso, ese engranaje menor de otro superior que implementa un poder dictatorial poblado de indolencia e ignorancia, de matones y genocidas. Protestan contra el Estado autista, endogámico, inepto, apasionadamente represivo.
Los jóvenes ya casi no aspiran a empleos, el Estado siempre se los niega. Tampoco a la baja de precios alimentarios, nadie los escucha. Ya ni demandan igualdad, el gobierno no los ve. Flotan completamente borrados del sistema y acorralados por el terror del “No-futuro”. Gobernados por políticos obtusos, no entienden que “Una sociedad que aísla a sus jóvenes, corta sus amarras; está condenada a desangrarse”, según Kofi Annan. Un Estado moderno, más humano, es el que palpita en sus mentes.
Consciente de su dimensión contestataria, saben que, si pierden, si algún político traiciona, si algún sindicalista se tranza por una promesa, las posibilidades de ganar dignidad humana se posponen para futuras contiendas. Sería entonces el triunfo del Estado insensible, de la policía asesina, de los vándalos oficiales y los oportunistas. Triunfo de los narcotraficantes que negocian votos presidenciales, de las nauseabundas maquinarias políticas, de los criminales ejércitos privados, de los indolentes e inoperantes burócratas estatales. Sería el triunfo de la decadencia, el de la constante fermentación.
Obnubilados por nuestro tiempo, los adultos de hoy fuimos incapaces de construir un Estado moderno, democrático, con sentido humano. Pagamos caro la insensatez de no votar, de feriar el voto, prostituirlo por un cargo, por unos dividendos. Demasiado precio por elegir políticos públicamente corrompidos.
Degastados por los años, nos queda la oportunidad de apoyar a los jóvenes. Contribuir con la construcción de un Estado digno, al servicio del ser humano, no del capital; de los colombianos, no exclusivamente de las elites mezquinas. Nos queda todavía la esperanza de transitar por la tierra, orgullosos de un acto verdaderamente honorable.
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