Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: Jorge Guebely

Enorme drama social para los colombianos: que los políticos de oposición sólo muestren diferencias formales con los oficiales. Sólo discrepancias ideológicas, divergencias lingüísticas, maquillajes externos. Ideologías que no son más que el vestido del alma, el ropaje de la consciencia, el sepulcro de lo humano.

Drama porque medran en la democracia de las elites sin promover una democracia distinta. Democracia de violentos terratenientes, de ávidos empresarios, de voraces banqueros. Democracia sólo para el libre mercado de los más fuertes económicamente. Democracia insaciable, sin compasión y sin solidaridad humana. Democracia para el desprestigio de la democracia.

Diseñados para hacer oposición, los políticos de oposición zapatean en el Congreso sin tocar jamás el poder de las elites. Cumplen su misión de ser la cara opuesta de la misma moneda. Legitiman la democracia elitista y crean la sensación de una democracia universal, incluyente y ciudadana. Contribuyen con la consolidación de un falso histórico.

Sin embargo, son humanamente iguales. Como a los otros, los contamina la egolatría, el delirio de importancia personal. Adictos al poder, tan caníbales y electoreros como los tradicionales, se voracitan entre sí, rabiosamente. Nada distinto en su ejercicio político, son malos ejemplos para las nuevas consciencias colombianas.

Esencialmente, lo mismo Petro que Germán Vargas, Uribe de Colombia que Ortega de Nicaragua.  Todos, transportados por un delirio redentor, llevan en su corazón un Hitler, un Stalin. Todos encarnan un Julián Sorel, personaje de la novela “Rojo y Negro” de Stendhal, joven arribista que llevaba en su intimidad la imagen de Napoleón. Todos convertidos en tuercas y tornillos del mismo engranaje político, democracia elitista constituida por patrones y esclavos. “Hasta en las democracias más puras, como los Estados Unidos y Suiza, una minoría detenta el poder contra una mayoría esclavizada”, afirmaba Bakunin

Por ninguna parte los políticos de oposición proclaman un sistema distinto de democracia. Una democracia ciudadana, universal; sin importar razas, ni diferencias de género, ni inclinaciones sexuales. Tampoco el estrato social y, mucho menos, las cuentas bancarias. Una democracia que privilegie el desarrollo del ser humano, con sus grandezas y pequeñeces, en sus relaciones consigo y con los otros, con el planeta y el universo.

Un ser humano que paga impuestos y tiene derechos y deberes. Siendo la vida el más bello de los derechos y, su más grande deber, vivirla dignamente. Una democracia en donde “Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado” como lo proclamaba Albert Einstein. Divinizado como un ridículo dios de deleznables huesos y transitorias vísceras.

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor. jguebelyo@gmail.com