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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«Un día nos volvimos familia y NOS APRENDIMOS A AMAR, a respetar y nos hicimos INOLVIDABLES. Te amo morocho». «EL PIBE» Valderrama, filósofo de «Pescaito»

La idea inicial nació cuando pensé en el proyecto de investigación, que debía presentar como requisito para ser admitido en el Doctorado en educación, de la Universidad del Atlántico. Y fue: ¿Cómo aprender amar? Recuerdo que sentado en un aeropuerto entre las cordilleras lo escribí en páginas amarillas mientras la neblina despejaba la pista. Nunca salió el sol y fuimos enviados a otro puerto del eje cafetero.

Defendí el proyecto ante los examinadores. Y fui admitido. Así que comencé a investigar sobre una nueva pedagogía amorosa desde las perspectivas de la educación por competencias, tendencia en boga. Obvio, considerando al amor como un derecho constitucional. Tal enfoque, el de las competencias (educación para el trabajo: saber hacer en contexto), cambió durante la pasantía en México, por recomendación del director de Tesís, Ph.D. Lacides García Detjen (qepd), de la unam, por la del análisis del amor frente al sistema jurídico-educativo en Colombia, como finalmente fue redactada, defendida y evaluada esa investigación académica.

Por ello, cuando me encontré con el libro de la ensayista mexicana, Aura García-Junco, «El día que aprendí que no sé amar«(Seix Barral), no pude evitar emocionarme con la vieja idea de aprender amar. Y me sumergí, cual alegre submarino, en su lectura, resaltador en mano, para bucear enseñanzas para continuar las respuestas a la apreciada Yulis Salas sobre sus reflexiones sobre el amor propio y sí los padres lo pueden enseñan.

Entonces, cuando los acontecimientos noticiosos permiten volver al libro de Aura, ha estallado la guerra, la puta guerra. Y no puedo escribir sin volver a la nostalgia de la frase sesentona: ¡hagamos el amor y no la guerra. Asumiendo que sí, los humanos, estamos en guerra, no solo por geo-política, sino por ignorar la sangre, es por qué no hemos aprendido a amar. Leamos las lecciones de Aura García seleccionadas para diferentes lecturas y consideraciones, así:

El libro lo integran catorce (14) ensayos cortos, cada uno unido con una frase, de epígrafe, del conocido manual amatorio de la Roma Antigua, «el arte de amar» del poeta Ovidio. El texto final, para que no haya duda alguna, se titula: una posdata. Carta de amor a Ovidio. Y en ella dice:»…lo que quiero con estas líneas de cierre es deshacer la idea contraria. Fuiste un poeta de tu tiempo y, como tal, se te permitió incurrir en una que otra transgresión al statu quo«.

En la solapa del libro se afirma lo siguiente: «Más que una crítica a la monogamia, el día en que aprendí que no sé amar es un (anti) manual para repensar los patrones que mantienen a la sociedad dividida en un binarismo violento que cosifica al otro y nos impide crear expectativas más realistas y relacionarnos con un humano, y no con un ente abstracto en nuestra imaginación».

Cuando esto redacto, bajo la comodidad del camarote silencioso y helado del submarino, recordé las nuevas predicas del ex-sacerdote Alberto Linero, pero ahora re-encontrado con su humanidad animal y divina. Él dijo, en reciente columna, así: «La invitación hoy es a amar con inteligencia y libertad para darle sentido a LA aventura de la vida, pero sabiendo que siempre es una apuesta por el otro y que nadie garantiza que sea la mejor» (El Heraldo. 24/4/22).

En ese orden de idea, entendiendo que amar es el aprendizaje del buen vivir, he revisado, otra vez, luego de la primera lectura, el libro de García-Junco para escoger unos párrafos a compartir. Y decidí que las páginas a copiar están en los capítulos que más interés me producen. Los titulados: «en tu escuelita dame clase de placer, o también se aprende a amar» y «para siempre me parece mucho tiempo, o el matrimonio ya no es lo que era«. De ambos tomo los siguientes párrafos en la búsqueda de coherencia en esta reseña:

«el amor es algo que todos creemos conocer pero que está lleno de vacíos. ¿Quién aceptaría que hubiera una materia escolar sobre cómo querer? Ni siquiera la difunta Formación Cívica y Ética contemplaba una ética del amor. La educación emocional no se considera lo suficientemente importante como para enseñarse en las escuelas, aunque las relaciones estén entre lo más relevantes de la experiencia humana. En la escuela se enseña lo que concierne al conocimiento, a lo serio; en otro lado (¿cuál?, no queda muy claro en dónde, pero probablemente sea en sitios más «Babales«, como revistas, telenovelas…o clases de salsa), lo que concierne a relacionarse a lo ligero. El amor, según esta visión, es el polo opuesto del intelecto«.(pág. 54).

«Entre este torbellino de cambios, es necesario pensar la idea de amar y estudiarla en toda su complejidad. No es algo secundario: es uno de los ejes rectores del mundo«(pag.55).

«El matrimonio. Era una institución social de repercusiones políticas. La idea del matrimonio como un lugar aislado de la vida política, un refugio del trabajo y la comunidad, es hija de la ilustración y del siglo XVIII. También viene de ese momento concreto en la historia de Europa la enloquecida idea de que el amor es lo más importante para elegir pareja. Otra cosa curiosa es que fue aquí cuando el matrimonio empezó a considerarse un paso a la felicidad. Unir amor, matrimonio y la aspiración de ser felices tuvo muchos críticos, que veían en este coctel el germen del fin de la vida familiar. (…) No es de extrañarse que, a partir del siglo xviii, exigencias de leyes de divorcio fuera cada vez más fuerte«. (LAS págs. 166 y 167).

Entonces, es claro que no admitir que en la escuela se puede aprender amar, desde lo socio-biológico de la educación humana, es contradecir la historia, no solo la anterior sino la más reciente. E insistir en que el matrimonio es para siempre es continuar convencido que el amor es eterno, como lo creyeron los románticos. La lucidez que emana de las páginas del libro de la mexicana, Aura García-Junco me permite estar convencido, hoy más que ayer, que es mejor hablar de amor, aunque la guerra nos quiera borrar la historia.

La próxima: La opinión, ¿derecho absoluto? en apreciaciones constitucionales.

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