Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano.

Por: Antonio Cueto Aguas.

Algún lector amigo me escribió para decirme: «el contenido de su columna es excelente, pero muy larga», a él le quiero decir, el hábito de la lectura es el que a los colombianos más nos hace falta, leer un buen libro semanalmente, debe ser una de las más importantes costumbres de nuestras vidas, el arte de la lectura debe ser nuestro más amado vicio.

En mis anteriores columnas introductivas  de la obra: «El hombre mediocre» mis amables lectores han tenido la ocasión de estudiar: en el capítulo introductorio denominado: «LA MORAL DE LOS IDEALISTAS»  columnas como: «La Emoción del Ideal» «De un Idealismo FUNDADO EN LA Experiencia» «Los temperamentos Idealistas» «El Idealismo Romántico» Hoy pongo a consideración de ustedes «El Idealismo Estoico» uno de los idealismos, en mi criterio más formador de verdaderos hombres constructores  de sabias y reales  sociedades valiosas.

Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia; ella enfrenta muchas impetuosidades falaces y da a los ideales más sólida firmeza. Las lecciones de la realidad no matan al idealista, lo educan. Su afán de perfección tornase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende a salvar las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando las fuerzas de las cosas se sobreponen a su personal inquietud y los dogmatismos sociales cohíben sus esfuerzos por enderezado, su idealismo tornase experimental. No puede doblar la realidad a sus ideales, pero los defiende de ella, procurando salvarlos de toda mengua o envilecimiento. Lo que antes se proyectaba hacia a fuera, polarizase en el propio esfuerzo, se interioriza.

«Una gran vida-escribió vigny- es un ideal de la juventud, realizado en la edad madura». Es inherente a la primera, la ilusión, la ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo las barreras que le opone la realidad; cuando la experiencia advierte que la mole no cae, el idealista atrincherase en virtudes intrínsecas, custodiando sus ideales, realizándolos en alguna medida, sin que la solidaridad pueda conducirle nunca a torpes complicidades y romántico se transforma en idealismo experimental y estoico. La experiencia regula la imaginación, haciéndolo ponderado y reflexivo. La Serena armonía con clásica reemplaza a la pujanza impetuosa; el idealismo dionisíaco se convierte en idealismo apolíneo.

Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten a la experiencia crítica si duran hasta pasado los límites de la juventud, su ardor no equivale a su eficiencia. Fue error de cervantes la avanzada edad en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más lógico Don Juan, casándose a la misma altura en que Cristo muere; los personajes Mürger creó en la vida bohemia, detienen en ese límite de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándolos sin rebajarla.

Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas; plasma la verdad, la belleza o la Virtud en crisoles más perennes, tiende a fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tornase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Toda clasicidad proviene de una selección natural entre ideales que fueron en su tiempo románticos y que han sobrevivido a través de los siglos.

Pocos soñadores encuentran tal clima y tal ocasión que les encubren a la generalidad los más resultan exóticos e inoportunos; los sucesos cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizar su esfuerzo. De ahí cierta aquiescencia a las cosas que no dependen del propio mérito, la tolerancia de toda indesvariable fatalidad. Al sentir la corrosión exterior no se rebaja ni contamina; se apartan, se refugian en sí mismos para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito. Son los jueces de su época; ven de donde viene y como corre el turbión encenagado. Descubren a los omisos que se dejan opacar por el limo, a los que persiguen esos encubrimientos falaces reñidos con el mérito y con la justicia.

El idealista estóico mantiene hostil a su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeña o renunciamiento altivo, sin compromisos. Impórtale poco agredir el mal que consienten los otros; más le sirve estar libre para realizar donaciones perfección que sólo depende de su propio esfuerzo. Adquiere una «sensibilidad individualista» que no es egoísmo vulgar ni desinterés por los ideales que agitan a la sociedad en que vive. Son notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud. En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad social, en Bakunin, la doctrina social coexiste con una sensibilidad individua lista. Es cuestión de temperamento y no de ideas; aquel es la base del carácter. Todo individualismo, como actitud, es una revuelta contra los dogmas y los valores falsos respetados en las mesiocracias, revela energías anhelosas de esparcirse, contenidas por mil obstáculos opuestos por el Espíritu gregario. El temperamento individualista llega a negar el principio de autoridad, se sustrae a los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito.

Los partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, mientras no descubre en ellos ideales consonantes con los suyos propios. Cree más en las virtudes firmes de los hombres que en la mentira escrita de los principios teóricos; mientras no se refleja en las costumbres las mejores leyes de papel no modifican la tontería de quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.

La ética del idealista estóico difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que reclutan las simpatías de los egoístas. Dos morales esencialmente distintas pueden nacer de la estimación de sí mismo.  El digno elige la elevada, la de Zenón o la de Epicuro, el mediocre opta siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquel se rehúye en sí para acrisolarse; éste se aumenta de los demás para zambullirse en la sombra. El individualismo es noble sí un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una caída a más bajo nivel que la mediocridad misma.

En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad erigida en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Llegaron los cirenaicos a despreciar la vida misma; sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética practicada instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fue lealmente erigida en sistema después de entonces.

Espere segunda parte de nuestra Columna «IDEALISMO ESTOICO»

Nota: El contenido de este artículo, es libre, espontáneo y de completa responsabilidad del Autor. Antonio Cueto Aguas