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Por Antonio Cueto Aguas

En el presente artículo interpretando atrevida mente a José Ingenie ros, nos viene a la mente aquel adagio popular que reza: » ¿Pará dónde va Vicente?, paro donde va la gente» Es absurdo e ilógico, seguir una masa, sin saber hacia dónde se dirige o que persigue, Según ingenieros: La filosofía, La estadística, la Antropología, la Sicología, la Estética y la Moral, han convencido a la sociedad de la uniformidad de las conductas sociales, cuando ello es material mente imposible, dado que la sociedad está conformada por la individualidad del homo sapiens y que éste  difiere diametralmente el uno del otro, lo cual hace imposible lograr esa universalidad que esas ciencias han pre tendido y alcanzado  convencer a la humanidad  de perder su propia definición individual para colocarse en un nivel que no le corresponde, con lo cual ha logrado conformar una sociedad mediocre, al no permitir que sus integrantes asuman sus propias conductas y dejen de ser el eco de la voz ajena. En este orden de ideas, podemos afirmar que de esa insatisfacción por tratar de que todo el mundo sea lo que no es, han surgido las distintas tendencias o contradicciones dentro de la misma sociedad, que han venido llevado a, que cada quien se vaya ubicando en el espacio que conforme a su modo de pensar se  acerque a quienes tienen igual manera de razonar o pensar, surgiendo como consecuencia de ello la diversidad de tendencias que son llamadas en algún tiempo partidos, derecha, izquierda centro izquierda, centro derecha, en fin son muchos los calificativos que han aparecido para calificar estas tendencias sociológicas y que es lo que hace que ninguna sociedad desde el punto de vista ideológico sea igual, no podemos afirmar que la Sociedad de hace mil años, sea igual a la actual, innegablemente la evolución social en ese período ha venido evolucionando, y a no dudarlo tal evolución seguirá en proceso y ello nadie lo podrá evitar, de allí,  que los cambios que se han dado entre la etapa feudal y el capitalismo salvaje que hoy domina al mundo, han sido garrafales y seguirán produciéndose tales cambios sociales, es por ello que no debemos asustarnos por lo que está sucediendo en Latinoamérica, las fuerzas distintas de las que ahora llaman neoliberales y que ayer eran conservadores – liberales, han venido perdiendo espacio y otras ideas se han tomado estos territorios, ideas que no pueden llamarse más que renovadoras y que la gran mayoría de los pueblos han venido saludando con inusitada esperanza. Ahora sí, leamos a José Ingeniero s y aprendamos a cambiar:

Con diversas denominaciones, y desde puntos de vista heterogéneos, se ha intentado algunas veces definir al hombre sin personalidad. La filosofía, la estadística, la antropología, la sicología, la estética y la moral han contribuido a la determinación de tipos más o menos exactos; no se ha advertido, sin embargo, el valor esencialmente social de la mediocridad. El hombre mediocre – como, en general, la personalidad humana – sólo puede definirse en relación a la sociedad en que vive, y por su función social.

Si pudiéramos medir los valores individuales, graduarían ellos en escala continua, de lo bajo a lo alto. Entre los tipos extremos y escasos, observaríamos una masa abundante de sujetos, más o menos equivalentes, acumulados en los grados centrales de la serie. Vana ilusión sería la de quien pretendiera buscar allí el hipotético arquetipo de la humanidad, el » Hombre normal » que buscara ya Aristóteles; siglos más tarde de la peregrina ocurrencia reapareció en el torbellinesco espíritu de Pascal. Medianía, en efecto, no es sinónimo de normalidad. El hombre normal no existe; no puede existir. La humanidad como todas las especies vivientes, evoluciona sin cesar; sus cambios operan desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; el de a mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir.

Morel se equivocaba, por olvidar eso, al concebirlo como un ejemplar de la «edición princeps » de la humanidad. Lanzada a la circulación por el Supremo Hacedor. Partiendo de esa premisa definía la degeneración, en todas sus formas, como una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al culto por el hombre primitivo había un paso; alejárosle felizmente, de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre – decimos ahora – es un animal que evoluciona en las más recientes edades geológicas del planeta; no fue perfecto en su origen, ni consiste su perfección en volver a las formas ancestrales, surgidas de la animalidad simiesca. De no creerlo así, renovaríamos las divertidísimas leyendas del ángel caído, del árbol del bien y del mal, de la tentadora serpiente, de la manzana aceptada por Adán y del paraíso perdido.

 Quételet pretendió formular una doctrina antropológica o social acerca del » Hombre medio «:  su ensayo es una inquisición estadística complicada por inocentes aplicaciones del abusado » in medio Stat virtus «. No incurriremos en el yerro de admitir que los hombres mediocres pueden reconocerse por atributos físicos o morales que representen un término medio de los observados en la especie humana. En ese sentido sería un producto abstracto, sin corresponder a ningún individuo de existencia real.

Esperen en nuestra próxima columna continuación de: «ENTORNO DEL HOMBRE MEDIOCRE»

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