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Por: Antonio Cueto Aguas.

En consideración de José Ingenieros, la concepción Conserva dora, cumple la misión de ofrecer resistencia o contener el impulso creador de los hombres superiores, calificados por éste como filisteos, considerándolos, desprovistos de iniciativas personales, siempre esperando con «brillante» ausencia de ideas propias, los impulsos y sugestiones de los cerebros superiores. En su criterio, la tendencia conservadora es universal y se le encuentra sin buscarla, por su inmensidad universal. Esta concepción o criterio de José Ingenieros, sobre las conductas conserva doras o también consideradas mediocres, nos  lleva a rememorar aquella pregunta que llevó a este columnista a escribir estos artículos, nos referimos a la nuestra  pregunta: ¿La mediocridad es la regla o la excepción? hoy podemos decir que la duda no era Infundada, definitivamente, el comportamiento social en forma mayoritaria de nuestra sociedad, es mediocre y sólo en un bajo porcentaje sobresalen las mentes privilegia das o  superiores, por ello los pueblos les cuesta evolucionar, dado que quienes están llamados a fomentar su progreso, están limitados  por sus propias  incapacidades mentales lo cual  les impide realizar lo que su propio intelecto les niega.  Ahora leamos a José Ingenieros y controvirtámoslo si no lo compartimos:

«La imitación conserva dora debe, pues, ser juzgada por su función de resistencia, destina da a contener el impulso creador de los hombres superiores y las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. En el prolegómeno de su ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace su elogio irónico; para toda mente elevada el «filisteo» es la bestia negra y en esa hostilidad ve una evidente ingratitud. Le parece útil; con un poco de benevolencia llegaría a concederle esa relativa belleza de las cosas perfectamente adaptadas a su objeto. Es el fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad estética depende todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales de los hombres superiores permanecerían en estado de qui meras sino fueran recogidos y realizados por filisteos, desprovistos de iniciativas persona les, que viven esperando ‐con encantadora ausencia de ideas propias‐ los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. Es verdad que el rutinario no cede fácil mente a las instigaciones de los originales; pero su misma inercia es garantía de que solo recoge las ideas de probada conveniencia para el bienestar social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra sin necesidad de buscar lo; su número es inmenso. A pesar de todo, es necesario; constituye el público de esta comedia humana en que los hombres superiores avanzan hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta decir con fina ironía: «cada vez que algunos hombres de genio se encuentran reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el filisteo».

 Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, como el criterio estético que lo relega a la más baja esfera mental, confundiéndolo con el hombre inferior. Individualmente considerado a través del lente moral estético, es una entidad negativa; pero tomados los mediocres en su conjunto, puede reconocérseles funciones de Lastre, indispensables para el equilibrio de la sociedad.

Merecen esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les trasfunde mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea no empuja, no rompe, no engendra, pero, en cambio, custodia celosamente la armazón de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendiendo ese capital común contra la, ase chanza de los inadaptables. Su rencor a los creadores compensase por su resistencia a los destructores. Los hombres sin ideales desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la evolución biológica:  conservan y transmiten las variaciones útiles para la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza destinada a contrastar el poder disolvente de los inferiores y a contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios.

La cohesión del con junto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero ‐hay que decirlo‐ el cemento no es el mosaico.

Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad en la sociedad; pero sin los superiores no puede concebirse el progreso, pues la civilización sería inexplicable en una raza constituida por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se vería mediante la invención. Los hombres imitativos limítense a atesorar las conquistas de los originales; la utilidad del rutinario está subordinada a la existencia de la idea lista, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los escrito res. El «alma social» es una empresa anónima que explota las creaciones de las mejores «almas individuales», resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores.

Son la minoría, éstos; pero son levaduras de mayoristas venideras. Las rutinas defendidas hoy por los mediocres son simples glosas colectivas de ideales, concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño social va ocupando, a paso de tortuga, las posiciones atrevida mente conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y estos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso a su retaguardia. Lo que ayer fue ideal contra una rutina, será mañana rutina, a su vez, contra otro ideal. Indefinidamente porque la perfectibilidad es indefinida.

Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y de hombres, dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su probable destino. Los Idealistas y los rutinarios son facto res igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros, se complementan en la evolución social, maguer se miren con oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoleada por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente removibles, detendrías para siempre sin el uno y sufriría sobresaltos bruscos sin las otras»

Espere nuestra próxima Columna: «PELIGROS SOCIALES DE LA MEDIOCRIDAD».

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