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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

«Nunca te das cuenta de cuánto de tu pasado está cosido en el forro de tu ropa«. Tom Wolfe.____________________

Ramón Illán Bacca Linares (q.e.p.d), en su simpática novela «maracas en la ópera» cuenta que, en Barranquilla, ciudad ecléctica en costumbres universales y del patio, nació el chanchullo, expresión popular que significa: acá arreglamos los conflictos, ¡tu sabes!, a «nuestra manera», no como lo prevee la ley. En ese orden «legal», la bacanería se impone. Y “cuadramos» todo y a todo el mundo. O sea, somos «chanchulleros», «mochileros», «aviones». Por algo nos parecemos, como ciudad, a New Orleans y a Nápoles.

Esto explica, un poco «en tono menor«, como enseñó «El Tuerto» López, lo ocurrido en ésta parte final de la historia íntima que la condena, por los delitos de peculado y otros, consumado en Barranquilla contra el presupuesto del Distrito, siendo los principales implicados y juzgados dos ex-Alcaldes, no fuera proferida por jueces de nuestro Circuito Judicial –juez natural, según el artículo 29 constitucional-, sino por juzgados y el Tribunal del Circuito Judicial de Bucaramanga. ¡Por acá no se pudo cuadrar, mi brother, vamos para allá! ¡He allí el almendrón de la historia, Caballeros!

No escribo la historia oficial de una decisión judicial. NO. Por ellos, tengo derecho al goce de la escritura, «a mi manera». La oficial reposa bien dormida en los anales judiciales de una ciudad fenicia, sin memoria contada por historiadores titulados, sino por cronistas de paso, novelistas y poetas laureados. Hago memoria de pájaro: Miguel Rasch Isla, Félix y Alfonso Fuenmayor, Cepeda Samudio, Alfredo de la Espriella, Marvel Moreno, Ramón Bacca, Julio Olaciregui, Ernesto MacCausland,  Heriberto Fiorillo, Gustavo Bell, Jaime Manrique, entre otros. Obvio, Gabriel García Márquez. Y más. 

Retrato, entonces, tres situaciones, de las muchas vividas para «cuadrar» el alejamiento del actor popular del proceso, luego de lograr que la Fiscalía General de la Nación confirmara, por las unidades delegadas ante el Tribunal de Bogotá y la Corte Suprema de Justicia, el llamamiento a juicio de todos los procesados, entre ellos los ex-Alcaldes «El Cura» Hoyos  y «Guillo» Hoenigsberg, proferido por una Fiscal de la Unidad Nacional Anticorrupción, que perfeccionó la investigación, ya que en Killa, supuestamente, «no había fiscal que le pusiera el cascabel al gato», como se habla en la esquina del barrio.

Primera. Almuerzo con gran hermano. Un domingo recibí una llamada al teléfono de mi casa, con palo de ciruelas de castilla, la propia dicen en Baranoa. Era de un diplomático en una Isla Antillana, quien me pidió sí él podía concertar una charla mía con un Gran Señor, amigo suyo. Dije que sí. Y al rato volvió a llamar. Comenté el asunto. Al día siguiente fui a la oficina del Señor, un personaje para novela. Pero antes, fui a fotocopiar el Auto de llamamiento a juicio, de casi 300 páginas que un defensor me había «prestado», en un sitio cercano a la sede «20 de Julio» de la Universidad del Atlántico. Así que asistí a la cita con el paquete de fotocopias, en el sobaco. Las que alcance a «ojear». Al ingresar el señor estaba acompañado por uno de sus asesores estrella y un pariente concejal. Los saludé y se fueron. Mi anfitrión me pidió que no apelara la decisión que radicaba en juicio penal, entre otros, al Alcalde en ejercicio. Le exhibí el grueso paquete y dije: «No lo he leído aún. Cuando lo haga, conversamos». Pero, ¿cómo iba a cuestionar lo que había pedido y fue concedido? Así que me despedí y salí a leer frugalmente la adulta providencia.

Días después, cuando aún estaba sentado en el comedor familiar dando los últimos paladares al «corrientazo» casero, recibí una llamada de mi oficina, diciéndome: «Dr. Lo están esperando para el almuerzo con el Señor …, acaba de llamar su secretaría. Además, dijo que el plato está servido». Pedí que confirmara. Me cambié de camisa, por una almidonada con «almidón de yuca», apuré al conductor y nos fuimos raudos a la cita olvidada. En el salón de juntas, ya conocido, no había nadie, solo al costado de la larga mesa un plato refulgía en su brillo de plata. Una tapa para una «Gran Comilona» -título de una película italiana- cubría la vianda. Fui invitado por la secretaria a sentarme delante el plato, con la advertencia que esperara un momento. Ya había almorzado arroz de frijoles «cabecita negra» con bistec (auténtico manjar doméstico), así que no tenía apetito alguno. Pronto llego el Señor, tomó asiento al extremo cercano a mí de la larga mesa de trabajo y dijo: «Acabo de llegar de La Bahía, revisando obras de gran desarrollo. Y, gasparito, me llamó en tono bajito, he sabido que eres abogado experto en contratos estatales, por lo cual te ofrezco nos asesores en unos que estamos ejecutando en La Bahía. Y por esa asesoría te pagaríamos una suma de varios ceros». Mientras escuchaba la propuesta, logré alzar la tapa de plata y vi un filete de robalo ahumado enrollado, estilo Heladería Americana. Metí el tenedor, probé. Exquisito: robalo al vino, sobre una cama de puré a la mantequilla Coloqué la tapa. Agradecí el ofrecimiento, salí. Más nunca he vuelto a estar en presencia del Gran Señor. 

Días después, mientras degustábamos un sancocho de guandul, escuché en boca de un frustrado Representante a la Cámara que el Señor había comentado: «Ese gasparcito es el primer abogado que me rechaza un contrato de asesoría.» Lo demás es imaginable.

Segundo. El vaso de agua con «guillo«. Cuando era evidente el cierre de la investigación, sin que el Alcalde y su equipo de defensa pudieran concretar los intentos de «torcer» la prueba recepcionada debidamente, un amigo de mi total aprecio, con quien había debatido sobre los alcances ius-filosófico sobre de la pena de muerte en la obra de Cesare Beccaria (de los delitos y las penas) y de Immanuel Kant (metafísica de las costumbres), me llamó a decirme: «Guillo desea conversar contigo, hermano. Y yo sería el intermediario. ¿Qué dices?». Aclaro que no soy de logia alguna. Acepté con una sola condición: que él en su vehículo me recogiera en la casa del palo de ciruela, delante de mi familia. Y él me regresará».

Vino un sábado post-guacherna sobre la media mañana. Me condujo a un inmueble situado cerca del cruce de la calle 84 con carrera 53. Una casa gris como de dos plantas. Ingresamos con vehículo hasta la planta baja. Y en un salón bien amoblado estaba sentado el Alcalde Honeigsberg, con el jefe jurídico del Distrito, con nombre de actor de películas de detective justiciero. Además, un turco que resultó ser contratista de obras públicas. Salude a «Guillo». Y nos sentamos. Mi amigo al costado del Alcalde y yo enfrente, en silla aparte. Solo nos separaba una mesa de centro. Bajita.

«Guillo» dijo: «¿Qué te he hecho yo?. Dije: Nada. Solo cumplo con los trazos de la Ley. El Turco, que era el anfitrión, ofreció que deseaba beber. El Alcalde tenía cara de trasnochó. Pedí un vaso de cristal con agua. Lo trajo y lo colocó sobre la mesa. Pregunté para qué deseaba hablar conmigo. El Alcalde respondió, con su lengua pegada: «para que me ayude!». Dije: ¿cómo?. Hubo un largo silencio, bebí del vaso. Y ante el sin respuesta anoté: «dígale a su defensor que vaya a mi oficina. y con el expediente en mano, le puedo mostrar los claro-oscuro«. «Guillo» contestó que hablaría con el Dr. Lombana, pero éste nunca sé presentó. Yo no volví a ver al Alcalde hasta aquella mañana en que estaba sentado en el banquillo de los acusados, en una de las salas de audiencias penales del tercer piso del viejo y remodelado Centro Cívico.

El lunes siguiente, un reportero radial, ya difunto, al que los colegas tildaban de «hace-daño», comentaba voz en cuello que «Guillo» había «arreglado» el asunto judicial con el actor popular, en una amena conversación con los tilin tilin de una botella de escocés: gran buchanan de 69 años. Nunca mencionó el vaso de cristal con agua.

Tercero. El tinto del «cura«. Bernardo Hoyos Montoya, ex-alcalde, estaba detenido, con otros sujetos procesales, en una celda de la cárcel Distrital de «El Bosque», al sur profundo de Barranquilla. Para esos tiempos, un ex-vecino del barrio El Recreo, que era concejal del «Movimiento Ciudadano», me contactó para manifestarme: «Bernardo quiere hablar contigo». Como «quien no la debe, no la teme» acepté. Para entonces el «Movimiento» estaba fragmentado, unos pelicanos surcaban sus extraños picos abriendo las alas para pescar en el revuelto mar electoral.

El «Hermes» me recogió, a las 5 a.m. de un día ignoto, en la casa del palo de ciruela que mi padre baranoero había sembrado en el corazón del solar, donde antes existió una «selva» de matas de plátanos «tres filos». Mientras esperaba, me pregunté: «Qué obsequio le llevo al detenido?». Creí que lo ideal era un libro. Tomé uno que leía: una tesis doctoral sobre el perdón de un autor francés. Libro en mano, salí. Abordé el auto del edil, quien condujo, calladamente, por una «tela-araña» de calles y callejones, hasta ese popular centro de detención preventiva. Identificado el vehículo, no hubo dificultad alguna e ingresamos, pues todavía no se asomaban los rayos del sol. Y el tiempo era escaso.

En la celda, cómoda, estaba «El Cura» acompañados de los arquitectos contratados para la remodelación. Todos estaban recién bañado y lucían franelas Gef blancas. Saludé. Entregué el libro y nos sentamos, en círculo, los cinco contertulios clandestinos. Relajados. Face a face. «El Cura» se levantó, fue un poco adentro y me sirvió un tinto en pocillo de losa blanca. Todos bebimos café, mientras dialogamos sin afanes, ni sudores.

Al unísono me preguntaron qué en qué me podían ayudar, ya que estaban enterados que encabezaba la lista del Ex-Glorioso Partido Liberal a la Cámara de Representante. Expresé que la mía era una candidatura de libre opinión, sin financiamiento alguno, ni del Partido ni de ningún «jefe natural«. Agotado el tinto, di las gracias por el ofrecimiento de «apoyo electoral». Me despedí del «Padre» y sus acompañantes. Salimos raudos, bajo la claridad de otra mañana inédita. Días después apareció, en la primera página del Diario La Libertad, un recuadro invitando a votar por el candidato, quien en horas siguientes apareció «ahogado» a la orilla de Puerto Mocho. Lo identificaron por «El trapo rojo» que lucía de corbatín.

Palacio de Justicia de Bucaramanga

Del juicio público rumbo a «la ciudad bonita«. Radicado el juicio público en Juzgados Penales del Circuito de Barranquilla, es decir los jueces naturales para juzgar las conductas punibles, profusamente investigadas por la fiscalía general de la Nación, en la Unidad Anti-Corrupción en Bogotá. Al iniciarse la audiencia convocada por el Juez Reyes, el del Primero, sentando en el banquillo de los acusados a «Guillo», Alcalde Mayor del Distrito, que había cambiado de defensor técnico, de Lombana pasó al ex-magistrado Galvéz, comenzó una «guacherna» de impedimentos y recusaciones tanto de jueces como de los Magistrados de la Sala Penal del Tribunal, acompañada con una orquestada campaña de radio y prensa, a donde se trasladó el debate de litigantes, vendiendo a el alcalde como víctima de enemigos políticos, la defensa en conjunto pidió el cambio de radicación del proceso, con el argumento falaz que en Barranquilla no había seguridad judicial. Es decir, imparcialidad para decidir penalmente sobre la conducta del alcalde y demás enjuiciados.

Supongo que esa era la tarea encomendada al ex-magistrado de la Corte Suprema de Justicia que trajeron de la capital de la república para «enseñar», a los colegas del patio, cómo «se tuerce el cuello a la justicia». 

La Corte ordenó, entonces, trasladar el dividido proceso a Bucaramanga, la ciudad bonita. Uno correspondió al Juzgado tercero y otro al cuarto. Ambos convocaron a audiencias respectivamente. Y, otra vez, comenzó un auténtico carrusel procesal de nulidades, recusaciones e impedimentos «para quemar tiempo«, como se dice en futbol, y así ponerle «zancadillas leguleyeras» a la pronta justicia. 

Al actor popular, hasta el 2018, lo estuvieron notificando para asistir a las sesiones de las audiencias convocadas. Y las veces que viajó de su pecunio, las vistas públicas eran aplazadas o suspendidas por alguna artimaña de los defensores. Así que optó de enviar, por correo certificado, su alegación de fondo solicitando condena. Cuando a «las mil y quinientas» están se profirieron apeladas ante el Tribunal bucaro. Que las confirmó, según se desprende del reciente fallo de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia, que no casó.

La acción penal, por algunas de las conductas juzgadas, prescribió, a consecuencia de la estrategia de la pleyade de defensores de todos y cada uno de los procesados. Ese tema lo aborda la Corte en el fallo de septiembre pasado. Fallo que estoy leyendo, en papel, por cortesía de un colega periodista que lo conoció, presumo, vía «Rincón Latino», porque todavía la Secretaria de la Sala no lo ha colgado en su página web. Es decir, ésta historia íntima termina aquí. La próxima será mi lectura de los 122 folios del fallo de la Corte Suprema de Justicia, pues los amigos de «El Cura» y de «Guillo» siguen creyendo, a píe juntilla, que son inocentes. Y que el Actor Popular fue «un sapo». Aspiro que las tres anécdotas relatadas despejen dudas entre «acólitos» y fanáticos que no todas las instancias de la justicia penal colombiana se pueden equivocar. Y que en Barranquilla, mi ciudad natal y donde aspiro morir, no todo es chanchullo.

La próxima: La corte suprema no casó fallo por el peculado por apropiación.

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor. GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.