Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: Antonio Cueto Aguas

¿Somos uno más de los tantos que nos conforma los que tenemos? ¿Hemos pensado en el potencial oculto que cada ser humano tiene en? su interior y lo desconocemos?

La mediocridad es una actitud, es una escogencia personal y decisión de vida.

 No se trata simple mente de un defecto y que por esa simple razón es dañino, no, lo es porque nuestra propia incapacidad de razonamiento lógico, no nos permite profundizar en nuestras propias pro piedades mentales y nos conformamos con el sedentarismo ideológico, no nos arriesgamos a la comisión de errores, que son los que nos permiten crecer, porque son ellos los que nos obligan a repetir, repetir y repetir, hasta lograr aprender.

Cuando nos permitimos el lujo de permanecer en la mediocridad personal, no vemos nuestra gran potencia, porque

no nos salimos de la zona de confort en que nos coloca nuestra propia mediocridad.

 Sostiene el teórico de la gestión británica más conocido sobre la gestión del sedentarismo desde la perspectiva conductual…Alasdair A.  K. White: «la zona de confort nos instala en la comodidad de dejarnos llevar por lo que sucede a nuestro alrededor sin formar parte activa de los retos que pueden aparecer en nuestra vida.».

Este autor ha adelantado los estudios que sostienen que:  «permanecer arraigados a nuestra zona de confort puede llevarnos a sufrir apatía e incluso depresión, porque no desarrollamos todo nuestro potencial, ni dejamos ver al mundo y a nosotros mismos de lo que somos capaces. “Si elegimos quedarnos en la mediocridad también elegimos ocultar nuestras habilidades, y talentos dejando ir mu chas oportunidades.

 Nuestra relación de pareja se torna monótona y todo el potencial que tenemos, lo desaprovechosos por comodidad.

Si elegimos quedarnos en la mediocridad, todo sería más fácil, pero si por el contrario, decidimos ir en busca de nuestros sueños, ello conllevaría la práctica de un esfuerzo cuyos frutos o resultados positivos no veríamos de inmediato, pero, sabemos qué es mejor arriesgarnos a tener una vida productiva y valorada por todos, que tenerla sin ningún valor social. Si estamos decididos a descubrir algunas formas de combatir la mediocridad, espere nuestros próximos aportes a ese fin leamos entonces a José Ingenieros:

En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «puedo concebir un hombre sin manos, sin pies, llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo » («Pensées»;  XXIII). Si de ésto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión le desternillaría de risa.

Nacido sin «esprit de finesse», desesperarías en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado a no adentrarse en las cosas o en las personas. Su tontería no presenta soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede a tornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase que el armiño de su candor no presenta una sola mancha de ingenio.

El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; acompaña con fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la humanidad entera quisiese oírlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, queda importancia a la fantasmagoría colectiva. Los exitistas lo saben; se adaptan a ser esas vacuas » personalidades de respeto “, certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche a la burla de todas las posteridades.

Nada hacen por dignificar su yo verdadero, afanándose tan solo por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla así mismos. Ese culto de la sombra obliga oblígalos a vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el has pueda escaparse por las comisuras los labios y el globo se desinfle. Destituirían a un funcionario del Estado si lo sorprendieran leyendo a Boccaccio, Quevedo o Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reír. Constreñidos a vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. » dónde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehúsan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso de los hombres – Sócrates – bailaba». Esta aguda advertencia de Montaigne, en los «ensayos » mereció una corroboración de Pascal en sus » pensamientos «:» ordinariamente suele imaginarse a Platón y Aristóteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y sus retratos de política para distraerse y divertirse; ésa era la parte menos filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranqui lamente «. El hombre mediocre que renunciara a su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.

Son modestos por principios. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto en ellos sobra la modestia, desde que están desprovistos de méritos verdaderos. Consideran tan nocivo que afirman las propias superioridades en voz alta como al que ríe de sus convencionalismos suntuosos. Llaman modestia a la prohibición de reclamar los derechos naturales del genio, de la santidad o del heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos a no pestañear mientras los envidiosos empañan su gloria. Para los tontos nada más fácil que ser modestos; lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad y Deja sospechar la existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «los charlatanes de la modestia son los peores de todos «. Y Goethe sentenció:» solamente los bribones son modestos «. Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro en la mediocracia. Se presume que el Modesto nunca pretenderá ser original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobara a los que gobiernan, ni blasfemará de los dogmas sociales; el hombre que acepta esa máscara hipócrita renuncia a vivir más de lo que permiten sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, estimable como virtud legítima; es el afán decoroso de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de los demás.

Nuestra próxima Columna segunda parte de «LOS ESTIGMAS DE LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL» gracias por leerme.

Nota: El contenido de este artículo, es opinión y conceptos libres, espontáneos y de completa responsabilidad del Autor.