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Por: César Gamero De Aguas.

Sí, su nombre completo era Rosa Amelia Calderón Barrios, aún recuerdo el día en que mis ojos miraron con dulce atención aquella sirena hermosa y apasionada, que se paseaba impaciente, de su casa a la plaza del pueblo en una de esas fiestas patronales. La pólvora quemada iluminaba sin cesar el alba del nuevo día y ésta anunciaba el inicio de las fiestas. La gente alborotada seguía con atención la procesión, San Luis Beltrán, posado en su altar era el símbolo divino de las cosechas. Ella con su escotado vestido color rojo irradiaba una ternura descomunal. Aquella mañana su séquito de primos la seguía con atención, pues por su belleza era apetecida por muchos cazadores de corazones furtivos. Ahondaba en los quince años, era dulce, de rostro angelical y su mirada tímida hacían de ella una diosa mortal, sus labios carmesí contrastaban con su piel rosada, de cejas finas y encontradas cual ébano silvestre, resaltaban una hermosura sin par, sus cabellos lisos y un collar de granates brillantes bajaban impacientes formando una cascada singular de luces.

En aquel recorrido por el pueblo me acerqué a ella. Noté que aún poseía el velo particular de la niñez. El rocío de una lluvia ligera nos abrigó y con ella una fría brisa que dormitaba mis ilusiones, unas ilusiones que despertaban lentamente el silbo apacible del viento, y los sentidos de las aves abarrotadas que bajaban impacientemente en la ciénaga, buscando peces descuidados para saciar su apetito voraz. Era octubre el mes crucial donde las lluvias se avecinan mostrando el ímpetu divino que alegra los árboles y entusiasma mi vida, los corales amarillos resplandecen en una feliz mañana anclada en un interminable día. A lo lejos se divisan unos pescadores que se levantan de las proas de sus canoas en señal de veneración al santo patrón. La marcha se detiene, el padre ora, medita. En ese instante la busco afanado entre la multitud, se paraliza mi latente mirada, consagrada como la oración que rezan los feligreses, los cantos celestiales, la miro deseoso, me esquiva de manera infantil, en aquellas calles cubiertas de lodo amarillo, seguimos y nos perdimos en medio de una marcha multitudinaria, guiada por el suave ritmo de la banda musical.

Más tarde miré a su casa de color rosado con arabescos marrones tallados en yeso, las ventanas de madera pulida daban un toque colonial al recinto, en la parte de arriba tenía en alto relieve el nombre de su madre Rosa Amelia, la reja construida en cemento y hierro eran unos pilares uniformes terminados en íconos de bronce labrado, los vitrales de las ventanas eran de colores fríos, vislumbraban pacientemente a los curiosos. ¡Jamás logré entrar en aquella casa!. Desde la calle observaba unos muebles en madera finamente tallados, unos cuadros en aluminio que poseían la imagen de un niño en diferentes dimensiones. En la pared del fondo un crucifijo miraba expectante a los visitantes de aquella vivienda. Las mesas tenían un estilo gótico, impresionaba ver aquel castillo sin pisos en el que la princesa era ella, rodeada de auras embriagadoras que cautivaban asiduamente los ojos de mi existencia. Esa misma noche entre los gemidos melodiosos de las notas musicales, me posé frente a ella, un traje blanco de encajes color rosa cubría su cuerpo hasta las rodillas, su pelo largo adornado con atuendos de seda bajaban por sus hombros descubiertos, formando una apacible cascada, un lazo amarrado hacia atrás en su cintura, dejaba mostrar el cuerpo esbelto de una niña convertida ahora en mujer, su rubor se confundía con el brillo perdido de la noche, la noche y el alba un tanto radiante y serena servía de carpa descomunal, aquel acontecimiento vivido.

Mi ímpetu de enamorado me aconsejó pedir su mano para bailar, quizás era esa su primera vez, la primera de la noche que complacía agraciadamente a un joven ilusionado, entonces mis manos acariciaban las suyas, tan suaves como un copo de nieve, su perfume invadió mi cuerpo, una sensación extraña se apoderó de mi existencia. No obstante, mí imperiosa cortesía impedía abrazarla con más fuerzas, y entonces sentir con mayor vigor su cuerpo en el mío, sentirla como tal, buscaba ahora complacido su mirada, tal vez una sonrisa que confirmara mis sospechas, un símbolo de amor que apaciguara mi sed de enamorado, pero todo fue en vano. El reflejo de sus ojos atravesaba la superioridad de mi hombro y se perdía en la oscuridad reinante de los patios. Sentía su corazón agitado, un tanto incómodo y nervioso, sus manos sudaban de timidez. Muy pronto el sudor terminó invadiendo su rostro, cedí mi pañuelo y dejó allí impregnado su perfume durante toda la noche, e incluso durante toda mi vida. Bailaba contenta al son de la música, su vaho me contagió con dulce placer, y entonces éramos un sólo ser, un ser de cuatro ojos que se miraban gustosos en medio de la noche. No pronunció una palabra hizo un leve ademan y se refugió en su casa, como cachorro que busca afanado a su madre perdido en una selva boscosa e inhóspita, desde el interior de su casa sus ojos insinuaban algo, el acertijo casual que jamás logré descubrir, ese algo que me incita a recordar aquel momento, aquel lugar junto a la iglesia. La vida es como una gran bandada de aves que vuelan placientemente, y al que simultáneamente, en el curso de la ruta, se agregan o se separan una o varias de ellas, predominando siempre la líder, la más fuerte, la guiadora ahora de mis sentimientos, solitaria en su momento, frente a la inmensidad  de ese  cielo azul, buscando tal vez  nuevas bandadas con la cual continuar el camino al que hemos dejado circunstancialmente de ser competentes.

Dieciocho años después me encuentro en su casa, en lo más profundo de mis recuerdos. El lujo descomunal ya es historia. Los cuadros que vislumbraban riquezas ya han perdido su brillo. El flujo incesante del tiempo acababa con ellos. Los muebles y las mesas han desaparecido. El fantasma del tiempo los cubrió con su manto agresivo. Las paredes y de aquel nombre que yacía imponente no se le diferenciaban ya los colores de la vida, el color mismo desapareció del espejo, los colores alegres murieron sin dejar un rastro, dándole ahora cabida a los colores de la soledad.

No hay siquiera una lápida sin dueño que simbolizara los sentimientos acallados de dos seres, el obelisco representativo de una época que nos fue esquiva y egoísta.

Busco el olor a ella en mi pañuelo, y tan sólo percibo un aire de sensaciones encontradas que se estrellan con reverencia en las puertas de las habitaciones. Los candados simbolizan ahora las ataduras del recuerdo, esas evocaciones pernoctan allí, recíprocas en mi imaginación. Su imperiosa enfermedad llegó de imprevista como ladrón en la noche en espera de sorpresas. A todos nos conmovió, la dulce princesa desapareció sin dejar su huella, el suspiro de vida terminó acallado por un destino negro que nunca logró cambiar el color de la tragedia. Jamás pude enterarme a tiempo de aquel deceso, ese hecho conmovedor, se encuentra anclado hoy en los recuerdos inexorables de mi existencia, me perturban, me persiguen muy ligeros como el tiempo. Observo ahora su fotografía, entre niñas juguetonas de su edad, sus lazos de organzas blancas adornaban su pelo, busco ufana- do, un tanto deseoso y perseverante su mirada como aquella noche, como aquel día, como aquel momento que ya no está, sólo logro preguntarme con extrema asiduidad: Rosa Amelia, Rosa Amelia, Rosa Amelia ¿dónde estás?

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