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Por: Jairo Eduardo Soto Molina
Filólogo, educador de inglés como lengua extranjera
Por más de 45 años. Doctor en Ciencias Humanas,
Mención enseñanza intercultural del inglés
E investigador social director del Grupo Language Circle por 35 años.
En la memoria reciente de las eliminatorias sudamericanas para la Copa del Mundo, pocas expresiones han generado tanto debate como la del llamado “Pacto de Maturín”. Este término, repetido en calles, redes sociales y tertulias deportivas en Venezuela hasta anoche, alude a la posibilidad de un acuerdo tácito entre las selecciones de Venezuela y Colombia para repartirse puntos o, al menos, neutralizar cualquier resultado que alterara el camino de los demás. Se trataba, según muchos hinchas, de un “pacto” que iba más allá del juego limpio y de los códigos no escritos del deporte, y que alimentó suspicacias sobre la frontera entre la estrategia futbolística y la ética competitiva.
El fútbol sudamericano, apasionado y volátil, ha sido escenario de todo tipo de relatos y sospechas. En este caso, lo que los aficionados bautizaron como Pacto de Maturín representaba una forma de reclamo colectivo: “si otras selecciones no nos dieron nada, ¿por qué deberíamos darlo nosotros?”. Detrás de esa frase se esconde una visión particular de justicia futbolística, en la que la reciprocidad se impone a los principios universales del fair play.
Entre la ética y la conveniencia
La tensión entre lo ético y lo conveniente ha estado siempre presente en el deporte. En las eliminatorias sudamericanas más recientes, donde las irregularidades de rendimiento fueron la norma —con la excepción de Argentina y Ecuador, que mostraron consistencia y claridad en su juego—, esta tensión se hizo más evidente. Colombia, Chile, Uruguay, Brasil y hasta la misma Venezuela alternaron noches brillantes con jornadas desastrosas, dejando la tabla abierta y cargada de dramatismo hasta las últimas fechas.
En ese contexto, la posibilidad de un “pacto” no resultaba absurda para muchos hinchas. Al fin y al cabo, la historia del fútbol ha dejado ejemplos de resultados convenientes que, aunque no probados como arreglos, quedaron grabados como sospechas colectivas. Sin embargo, lo que indigna a otros sectores es que se celebre la renuncia al triunfo deportivo en nombre de cálculos estratégicos o de venganzas históricas. En ese dilema se movía la discusión: ¿era legítimo que Venezuela negara la victoria a Colombia, no por convicción futbolística, sino por un sentido de revancha simbólica?
La irregularidad de la eliminatoria
Esta eliminatoria en particular será recordada por su carácter errático. Argentina, de la mano de Lionel Messi y una generación campeona del mundo, confirmó su solidez y se desmarcó del caos. Ecuador, pese a sanciones y controversias administrativas, se mantuvo en un nivel competitivo y aseguró su cupo con anticipación.
El resto fue una montaña rusa: Brasil dejó escapar puntos históricos y sufrió derrotas impensadas; Uruguay vivió una transición de entrenadores, pero encontró en Luis Suárez y Darwin Núñez salvavidas en momentos claves; Colombia revivió entre la fe de James Rodríguez y la eficacia de sus nuevos delanteros, aunque siempre al borde de la eliminación; Chile naufragó en su recambio generacional; Paraguay no encontró rumbo; y Perú, después del sueño vivido con Gareca, se hundió en la irregularidad.
La tabla se convirtió en un terreno movedizo donde cada punto pesaba doble, y donde los resultados de terceros condicionaban los estados de ánimo nacionales.
El póker de Suárez y la épica de los goleadores
Entre los episodios memorables de esta eliminatoria, destaca el póker de Luis Suárez, los cuatro goles anotados en un mismo encuentro, que confirmaron su estatus de leyenda y recordaron al continente que los ídolos desconocidos aún pueden escribir capítulos heroicos. Ese partido, más allá de sus consecuencias en la clasificación, tuvo un valor simbólico: fue la irrupción de la memoria colectiva en un torneo que parecía condenado a la irregularidad.
La eliminatoria sudamericana siempre se ha definido por las figuras capaces de cargarse a un país sobre los hombros. Suárez, como antes lo fueron Batistuta, Zamorano, Asprilla o Arango, encarnó esa tradición. Sus cuatro goles recordaron que, en medio de pactos imaginarios y sospechas de arreglos, el talento individual todavía puede alterar el destino colectivo.
El fútbol como espejo social
El Pacto de Maturín, más allá de su existencia real o imaginaria, funcionó como un símbolo de las tensiones sociales y políticas que atraviesan el fútbol en la región. La idea de negar el triunfo por razones extradeportivas refleja un sentimiento de revancha nacionalista, pero también una desconfianza estructural hacia la justicia y la transparencia en el deporte.
En un continente donde el fútbol es a la vez pasión, identidad y catarsis, el límite entre lo permitido y lo reprochable se difumina fácilmente. Lo que para unos es una traición al espíritu del juego, para otros es simplemente una estrategia legítima de supervivencia. Y así, entre la ética y la conveniencia, el fútbol sigue siendo un espejo donde se reflejan no solo los goles y las derrotas, sino también las fracturas culturales y las tensiones sociales de Sudamérica.
Conviene recordar, además, que la historia reciente ofrece ejemplos claros de cómo Venezuela, sin necesidad de ningún “pacto”, frustró a Colombia en momentos decisivos de las eliminatorias. 2002 (Corea-Japón) Venezuela 2-2 Colombia Empate 2006 (Alemania) Venezuela 0-0 Colombia Empate. En 2010 (Sudáfrica) Venezuela 2-0 Colombia derrota para Colombia, Colombia volvió a chocar con la resistencia venezolana y apenas rescató un 1-1 en casa, en un partido donde también urgía el triunfo. Colombia quedó eliminada por solo 1 punto, siendo Venezuela colera de los eventos. Son tres episodios que muestran que, más allá de rumores o acuerdos tácitos, el fútbol venezolano ha sabido escribir sus propias páginas de dignidad competitiva frente a un vecino históricamente favorito.
Cuando la historia recuerde estas eliminatorias, quizás el Pacto de Maturín aparezca apenas como una anécdota, una expresión de la voz popular en tiempos de incertidumbre. Lo que perdurará, sin embargo, serán las irregularidades de los equipos, la solidez de Argentina y Ecuador, y la épica de gestas individuales como el póker de Suárez.
El fútbol, con su capacidad de generar narrativas, nos enseñó otra vez que no hay pacto posible más allá del terreno de juego. Allí, en 90 minutos, se decide quién merece el triunfo. Todo lo demás es ruido, sospecha, carreta y humo. Parodiando a un político colombiano podremos decir: “El pacto de Maturín no existe!”
Tomémonos un tinto seamos amigos. Sigan siendo felices Jairo les dice

