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Por: César Gamero De Aguas

Si señor. Así mismo fue. ¡Lauren Abramou, falleció sin pena ni gloria ¡Lauren Abramou un señor que rondaba en los 50 años de edad, de prominente corpulencia, cabellos cenizos como su padre, ojos claros, de tez blanca. Era hijo de un judío errante que después de desembarcar en el floreciente muelle de Puerto Colombia por allá por los años de 1949, se dedicaron a la comercialización de textiles, en un inveterado local comercial ubicado en la esquina de la carrera Progreso con Paseo Bolívar, en la promisoria Barranquilla. Su padre un palestino que defendió hasta su muerte la bandera de su país, quedó con un sueño inconcluso de no poder regresar al lejano pueblo de Garno, condado de Radom al sur de la capital de Jerusalén. No pudo retornar y volver a pisar la Tierra Santa, pues sus ancestros habían desaparecido en los campos de concentración Nazi, víctimas del holocausto de la Segunda Guerra Mundial.
El viejo Ibraim como se llamaba, falleció de pena moral a la edad de 92 años cuando ya los estragos del alzhéimer decidieron dejarlo solo, deambulando en un laberinto de imágenes de su niñez truncada por la dictadura despiada del III Reich.
Lauren no adquirió como herencia las grandes riquezas de aquellos judíos que amasaron enormes fortunas fruto del trabajo de la orfebrería, en cambio sí obtuvo por parte de su padre y de su madre el poder de la ambición la cual estuvo con él hasta que su enfermo corazón dejó de latir. Estudió con austeridad en el colegio Salesiano al lado de otros descendientes judíos que estando en tierras lejanas siguieron siendo fieles a sus costumbres santas, habiendo dejado pasar por alto el negro pasado vivido en la Polonia ocupada.
No fue un alumno destacado, pero si un gran compañero, así lo aseguró su amigo y compañero de trabajo Orlando Peña, quien compartió con él gran parte de sus estudios de secundaria y además fueron compañeros de labores en una empresa procesadora de aceites comestibles en la Vía 40, ubicada en el margen occidental de la ciudad , muy cerca del rio Magdalena. Se comprometió con Zamara Romero, una esbelta morena con ojos de encanto y cuerpo aguitarrado, que conoció en el populoso barrio la Victoria, donde vivió toda su vida.
Como todo judío que se respete fue padre de tres hijos a quienes logró educar con las costumbres de rigor, hasta que estos se fueron con su madre hacia los Estados Unidos, en el afán de buscar un mejor vivir, que solo sirvió para acrecentar su penosa enfermedad.
Con la ilusión de poder lograr un futuro promisorio cursó estudios de soldadura industrial en el Colombo Alemán-Sena, de allí pasó a realizar sus prácticas técnicas en la soldadura y debido a su buen desempeño se quedó indefinidamente en la empresa. Su ambición creció de manera notable cuando una amiga cercana a su mujer, le ofreció sin vacilación trabajo en los Estados Unidos, y ella no lo pensó dos veces. Pese a las incomodidades familiares que aquello pudo causar en su momento, Lauren aceptó con el inconmensurable compromiso de viajar después y con ello cumplir el llamado Sueño americano en el que muchos ilusos aún creen desconociendo totalmente la crisis económica por la cual atraviesan muchos países en el orbe. Así como todo surgió de la noche a la mañana, así mismo se dio el viaje al país del norte, a mediados del año 2018. Lauren acompañó a su familia al aeropuerto y a partir de allí una honda pena cegada por la quimera de la ambición lo invadió.
En los días siguientes Lauren solo hablaba de su futuro destino. Parecía un Pocho como dicen los mexicanos. Solo hablaba de los “dólares que iba a ganar”, pero más que todo la “casa enorme que pensaba comprar en el norte de la ciudad”- así lo aseguro su amigo Orlando. El viaje de este se produjo un año después, para eso renunció a su trabajo, pese a que varios de sus compañeros de labores e incluso hasta su jefe le manifestaron que era una total ligereza, aquella decisión. Su esposa mientras tanto le pintaba pajaritos en el aire, en un sesgo de imaginaciones creativas que solo existen en la mente de unos cuantos ilusos. La vida es un sueño de satisfacciones, pero también de obstáculos que hacen de ella una lidia de cargas emocionales.
Estaba seguro de su éxito, sin haber llegado allá y sin saber cómo era el contexto. Su arbitrariedad no tuvo limites pues hipotecó la casa, vendió todos sus enseres y como si fuera poco parte de su liquidación la envió a su esposa para que tuviera con qué pagar la renta de su estadía en el país del norte, mientras conseguía el anhelado empleo que alimentaria su hambrienta ambición. La tarde de un viernes del mes de julio de 2019, viajó y esa fue la última vez que sus amigos de la empresa lo vieron feliz. Aquel viaje lleno de enormes esperanzas no solo se llevó la consabida sonrisa de Lauren, sino que fue el causante de que además perdiera su acortada existencia.
El arribo al país del Sueño Americano fue en el pequeño Condado de Westchester, al norte de New york, sus hijos lo recibieron alegres, su esposa parecía también estarlo en un mundo nuevo lleno de realidades a medias y con verdades cada vez más alejadas de su propia realidad.
Vivian en un pequeño departamento, su hijo mayor Hafit no se hallaba estudiando, pues dadas las circunstancias para pagar la renta y la alimentación trabajaba en un grocery cercano. Su hija Samara se hallaba adicta celular, la soledad la había vuelto insociable, se había alejado paulatinamente de su ambiente familiar, sin embargo, el último de sus hijos, el pequeño Lauren parecía ser el menos contagiado del abrazo y las costumbres americanas.
Su esposa laboraba por llamadas haciendo trabajos domésticos en una inmobiliaria en el centro del condado y los fines de semana ayudaba a un lonchero cubano que se ubicaba en un parqueadero del sector, huyéndole al asedio policial.
Lauren intentó poner orden en el ya desorden familiar, hasta cuando le ofrecieron un part time en un restaurante cercano, que no dudó jamás en aceptar. Limpiaba las mesas de los comensales, aseaba el local y sacaba las bolsas de la basura de manera diaria. Atrás y muy rápido habían quedado las rutinas de su trabajo como soldador oficial, el trato ahora en aquel sitio era indignante, discriminatorio e incluso entre sus mismos coterráneos.
Las rutinas diarias eran exigentes, todo aquello que la familia ganaba con sus respectivos trabajos era para cancelar cuentas, las ganas de salir adelante ahorrando eran cada vez remotas y desafiantes. La cena familiar a la cual estaban acostumbrados era imposible de realizar, pues sus hijos en ocasiones se doblaban en sus acostumbradas labores, el trato intimo con su esposa también sufrió cambios severos. Sin embargo, el tiempo transcurría en medio de ilusiones y las huellas imborrables que producía el día a día. En sus redes sociales reposan aún las fotos de Lauren con su uniforme turquí de oficios varios con una sonrisa fingida, pero con unos ojos de esperanza.
El establecer relaciones de comparación con su vida pasada y la actual, fueron la causa de pensar en su irremediable retorno. No lo pensó dos veces, 16 meses después, es decir dos meses antes del inicio de la pandemia, regresó a la ciudad que lo vio nacer y que adoptó a sus padres. Había dicho a su esposa y a sus hijos que pronto volvería. Pero ya Lauren Abramou, no era el mismo, se notaba pasivo, abstraído y taciturno, se alojó donde un viejo amigo, en un pequeño cuarto acondicionado improvisadamente a las condiciones del visitante. Desde allí visitó varias empresas, pero fue la empresa que aceptó su renuncia la que atendió su llamado. Le ofrecieron un contrato a término fijo con cuatro meses de duración, con un cargo menor de ayudante de soldadura por debajo de aquel trabajo que había dejado meses atrás. Debía ser ayudante de un joven oficial que había recién graduado sus estudios técnicos en el área, sus amigos de otrora lo miraban con ojos de piedad y compasión, sin embargo, mientras haya vida la lucha será incesante. Muchos lo recuerdan como aquel hombre que no debió regresar, pues ahora era un trabajador suministrado sin contar con un piso de respaldo a sus intereses laborales y personales.
Se comunicaba todas las tardes con su familia hasta el último día de su existencia. Para entonces ya se observaban los confinamientos y los muertos incontables en Wuhán -China. “Es incomprensible”- Decía. Se rumoraba que ya en Barranquilla había llegado el mortal virus, pero esto pasó desapercibido frente a la música de la tambora y la gaita que anunciaban el carnaval. Lauren, asilado en su cuarto se cuestionaba por aquel cambio dramático en su vida. No estaba dispuesto a pasar la pandemia muy lejos de los suyos, muy cerca de la traicionera muerte. Los días siguientes estuvieron cargados de incontables preocupaciones, el cierre de los aeropuertos era inminente. Los despidos masivos llegarían y todo había cambiado para mal. La fatídica tarde del 13 de marzo de 2020, en uno de los andamios colocados para la repación de un tramo de tubería a presión, fue el sitio del fallecimiento de Lauren Abramou, a sus 45 años de edad, había sufrido un infarto fulminante que terminó acabando con sus días. Sus compañeros poco pudieron hacer para reanimarlo, una leve sonrisa dejó mostrar antes de que el color pálido apareciera en su rostro. Atrás quedó un sueño irrealizable y una familia que no pudo venir a su triste funeral por temor a perder los beneficios que habían logrado obtener con tanta insistencia. Sus amigos cargaron hasta la última morada el féretro de un gran hombre, fallecido por las ambiciones sin límites del ser humano y la naturaleza de vivir con afugias, con ataduras y con acondicionamientos, en un mundo con reino de mortales que divagan sin control en medio de una viva lujuria y una eterna vanidad.