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Por: Jaime Colpas Gutiérrez, cronista e historiador, profesor pensionado de Uniatlántico

El miércoles 4 de febrero llegué a la casa nativa de la Cueva de Montecristo a las 9 y 30, a llevarle agua de coco y otros productos gastronómicos preparados por mi señora a mi novenaria madre Beatriz Elena, pero al descender de mi carro ví a un señor flácido moreno y de contextura delgada, sentado en el sardinel frente a nuestra residencia de la cra 59 con calle de 48, muy cercana al estadio de béisbol Edgar Rentería.

Al entrar a la casa me vi de frente con el señor y nos saludamos con mucha alegría. Pero mi corazón se emocionó cuando reconocí su cara después de más de treinta años, y me dije: “Epa este es mi peluquero de infancia y adolescencia, Tomasito”.

Lo había visto peluqueando a mi vecino Román Barrios, pronto a cumplir setenta años, y muy alegre por reconocerlo a una edad longeva, peluqueando a un viejo cliente a domicilio.

Entonces le dije a mi mamá: “ahí está Tomasito haciendo una faena”, y mi hermano Iván, el mayor, me respondió: “Por qué no le haces una entrevista y registras el hecho”.

Raudamente entendí la importancia del momento y de que los sucesos impedrescibles en la vida hay que volverlos memoria histórica, y me dirigí a la casa del frente donde el más longevo peluquero de la urbe, le daba estética a Román en la puerta de su residencia.

Lo interrumpí en su diestra tarea de depilar la cabeza redonda de Román con una afilada navaja, danzando sus experimentados dedos con mucha maestría, diciéndole: “Oh Tomasito, desde cuándo estás motilando”.

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Sus ojos brillaron con asombro y me respondió:

“Tengo más de setenta años de ejercer esta profesión con mucho reconocimiento de mis vecinos. Nací el 5 de septiembre de 1936 en el hospital de Barranquilla del barrio San Roque y mi papá me llevó a la casa donde vivíamos en Medio Paso, dónde queda la sede de El Heraldo, cerca a la catedral, y después nos mudamos al barrio Abajo.

Llegué a mis 89 años y vivo en el barrio El Concord de Malambo con una hija y desde allí salgo para mis queridos barrios de Montecristo y Abajo a peluquear a domicilio a mis fieles clientes que aún me llaman.

Luego trabajé en mi adolescencia y juventud como oficial de pintura, profesión que dejé cuando los sueldos se bajaron por la llegada de pintores venezolanos después de la segunda Guerra Mundial. Fué cuando se me ocurrió montar una pequeña peluquería en la calle 48 con cra 56, que con el tiempo se convirtió en un templo social por donde le presté el servicio a muchas generaciones de vecinos, muchos viven en el más allá, mientras yo sigo ‘vivito y coleando’.

Recuerdo que algunos llegaban atraídos por las divas de la televisión de los setenta como Raquel Ercole y Amparo Grisales, quienes se hacían dos cortes al mes, solo por ver a estas beldades pegadas en la pared de mi humilde peluquería, y salían enamorados platónicamente.

En los años noventa del siglo pasado dejé de atender a mis clientes y me mudé al barrio Abajo con mi segunda mujer con quien tuve cuatro hijos, con la primera tuve siete hijos, de los cuales he perdido la cuenta de cuántos tataranietos tengo hoy”.

Hubo una pausa en la disertación del peluquero más longevo de la ciudad, y aproveché mi oportunidad para evocar una anécdota de mi primera peluqueada a mediados de los años setenta cuando mi papá Pedro Pastor q.e.p.d., quien cumpliría este 22 de febrero 100 años, me llevó a su modesta peluqueria.

Recuerdo que me atendió un moreno y fornido peluquero muy jóven, quien le dijo que me montara en la silla de peluquear, y tuvieron que ponerme un cojin debajo de mis nalguitas, porque quedaba muy pequeño.

Yo estaba muy nervioso, porque ví como Tomasito afilaba su cuchilla con un tono intimidante, lo que me daba miedo, ya que además fumaba un cigarrillo de Piel Roja. Le dijo a mi papá: “sostenga al niño, porque le voy cortar el pelo”, y me peluqueó en un par de patadas con su máquina manual de peluquear.

Tomasito se echó a reír por la singular anécdota contada por mi persona, acaecida hace más de 62 años, cuya memoria quedó en el limbo de los tiempos, del peluquero más humilde y querido del barrio, cuya transformación hizo que aparecieran nuevas peluquerías profesionales.

Tomasito a sus 89 años sigue ejerciendo su profesión del peluquero más longevo de La Arenosa, viajando en buses del Concord a Montecristo y barrio Abajo, soportando sus penurias con buena salud y lucidez mental que demuestra en su atención a domicilio con los clientes gratos y fieles como mi amigo Román Barrios, de cuya faena saca su sustento diario, además con una ayuda que recibe del programa del adulto mayor del gobierno nacional, ya que en ese entonces no existía la costumbre para los trabajadores independientes como Tomasito de ahorrar en un fondo de pensión para afrontar su vejez con buena calidad de vida.