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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.
“Se nota que él ha envejecido. De hecho, es ya un hombre viejo. Está en el atardecer de la edad. Más triste, más sabio. J. M. Coetzee. ________________
Detecto lo viejo -no a las personas, aclaro-, lo que se deteriora, lo que se arruina, lo que se descuida, el “verdín”, lo descachado, lo que se oxida. Por eso, rechazo, en silencio, que me digan o griten en la calle: ¡viejo!. Seguro es por el escaso cabello blanco que luzco y el andar lento, no creo sea irrespeto. Razón para preferir el vocablo latino senectud, que el filósofo Norberto Bobbio usó en el libro que escribió a los 90 años de edad: “de senectute“, para titular estas meditaciones o preocupaciones surgidas, no lo dudo, en mi envejecer, no obsesivo, pero con-sentido.
Bobbio, que murió siendo senador vitalicio del parlamento italiano, lo tomó de Ciceron. Ambos libros leí y estudié al transitar en el medio siglo de vida. Y otros, entre ellos “amor y vejez“(Acantilado) de Chateaubriand. Para entonces era un académico activo. Hoy soy un viejo, pues Colpensiones lo reconoció al otorgarme pensión vitalicia de vejez, mesada que recibo puntual para vivir libre del reloj, decente, en auto-cuidado y en la soledad “acompañada”, cantada por Milanes en “Yolanda“.
obsesión es nombre ideal para un bolero, como el de Don Pedro Flores, así lo llamó Daniel Santos. Pero no pretendo escribir un bolero. También es palabra clínica para diagnosticar un estado sicótico. Ni lo uno ni lo otro. En la polisemia la uso acá para significar las ideas que me acompañan en estos días de tránsito por los 70s. Cada día las pienso y las conservo para sentirme seguro de no sucumbir, andar seguro y contento.
Es decir, tengo mis obsesiones de senilidad. En cada amanecer, cuando agendo el día, las recuerdo con la misma disciplina con que iba a una clase universitaria o a una diligencia judicial: con elegancia mental. O sea, con el atrevimiento de sentirme vivo, auto-nomo, no hetero-nomo. Y así concentrado en ellas me voy gastando las horas que cuando regreso al amanecer estoy intacto como desperte: desnudo ante el goce de vivir.
Una de esas ideas “obsesivas” es evitar una caida. No tengo gana alguna de caerme otra vez!. Ya ocurrió y me fracture el húmero izquierdo en un resbalón, tanto que temi quedar “lisiado” de la izquierda (de la colombiana estoy decepcionado). Afortunadamente -una mujer que amo dice que soy afortunado-, un ortopedista recien especializado me atendió y sin yeso alguno logró cerrar la fractura y poder lucir mis extremidades superiores completas. Útiles para leer, escribir, beber, comer y acariciar pieles no añejas. jaja!! Iluso que soy.
Temo, entonces, al escozor del yeso, a una silla de ruedas o al bastón ortopédico (me gustan por elegancia los bastones ingleses, como el de Charlot). Ya lo viví cuando mi padre, hombre fuerte frente al sol, cayó de un techo a 5 metros de altura y se partió la cabeza del fémur de la pierna derecha y la muñeca de la mano izquierda. Permaneció enyesado medio cuerpo un año largo y volvió a caminar con bastón. Fue albañil toda su vida y había aprendido a restaurar lo viejo y a construir, ladrillo a ladrillo, nuevo. No herederos la fortaleza física de mi padre.
Frente a ese temor es fácil entender que ya, afrontando la senectud, no cultivo “ese cariño que uno les tiene a sus zapatos viejos“, evocacion del “El Tuerto” López, a su desaliñado Corralito de Piedra. Hoy solo me inspira lo nuevo, lo firme, lo reluciente. Los calzados que me den seguridad y comodidad. Los que me ayuden a pisar fuerte. Los zapatos viejos se volvieron nostalgia, objetos de temores. Nada de velocidad y mucha observación. solo camino para volver.

“El deterioro de la edad”, escribió Kawabata, produce melancolía. No lo creo cierto. Solo agudiza la sensibilidad. Esa que se adquiere, como un patrimonio inmaterial, con el silencio. Ese silencio sin goznes, ni taladros. El de una sala de cine al mediodía de un domingo de Carnaval. Es el silencio de la limpieza del piso que habitamos o del contorno que respiramos. He renunciado a la algarabía de las parrandas “hasta las tres de la mañana”. Solo bailo con el danzón de la orquesta “Aragón”(¡aprende muchacho!).
En el capítulo 6 titulado “amor y sexo más allá de la mediana edad“, cuya primera parte se denomina:” Mentiras de Richard Strauss, Verdades de Shakespeare. Mujeres mayores, sexo y amor”, del libro:” envejecer con sentido, Conversaciones sobre el amor, las arrugas y otros pesares”(Paidós), de Martha C. Nussbaum y Saul Levmore, la filósofa norteamerica, hace la siguiente afirmación, con la que deseo cerrar, por el momento, estas mis reflexiones:

“El amor maduro es atractivo en la medida en que la gente vierte en él su pasado, las vicisitudes de su larga vida y la sensación de comedia y tragedia que suscitada por la constante conciencia del pasado. están listos para ser humanos, podríamos decir, porque ya no esperan que todo sea perfecto, y todos han sufrido pérdidas. se sienten cómodos con su cuerpo, porque comprenden que el cuerpo es divertido a la vez que potencialmente trágico“(pág. 225).
Solo amando envejeceremos de pie, como los árboles, sentencio.
La próxima: Los 60s años de Uninorte.

