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Por: Álvaro Del Castillo Cabrales, Arquitecto

En el marco de la conmemoración del 7 de abril, fecha en la que Barranquilla fue elevada a la categoría de villa en 1813, es necesario ir más allá del acto simbólico y revisar con mirada crítica el estado actual de la ciudad. No se trata solo de celebrar su historia, sino de preguntarnos qué tanto de ese espíritu líder se mantiene vigente hoy.

Antigua Aduana de Barranquilla. Barrio Abajo. Fotografía: Alvaro Del Castillo. 2022.

Durante los siglos XIX y XX, Barranquilla fue, sin duda, un referente nacional e internacional. Su ubicación estratégica entre el río Magdalena y el mar Caribe la convirtió en epicentro del comercio, la industria y la innovación. Fue la “Puerta de Oro de Colombia”, no solo por su puerto, sino por su capacidad de conectar al país con el mundo y transformar esa conexión en desarrollo.

Ese liderazgo no fue fortuito. La ciudad fue pionera en múltiples procesos que marcaron el rumbo del país: desde el inicio de la navegación a vapor por el río Magdalena en 1823, impulsada por Juan Bernardo Elbers, hasta la consolidación del primer sistema portuario moderno en Sabanilla en 1849. A esto se sumó la construcción de la línea férrea Barranquilla–Sabanilla en 1871, el establecimiento del servicio telefónico en 1882 y su expansión regional en 1891, así como la implementación del tranvía en 1890.

En el siglo XX, Barranquilla reafirmó su vocación innovadora: en 1919 se inauguró el correo aéreo en el país y ese mismo año se fundó la Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos (SCADTA), hoy Avianca, considerada la primera aerolínea comercial de América Latina y una de las más antiguas del mundo. En 1925 se realizaron los primeros vuelos internacionales, y en 1929, bajo el liderazgo de Elías Pellet Buitrago, nació la radio comercial en Colombia con La Voz de Barranquilla.

Nomenclatura Condensa De Barranquilla. Objetos Culturales, Físicos y Sociales 1960. Dino Manco.

La ciudad también fue sede de una intensa actividad financiera e internacional. A finales del siglo XIX contaba con consulados de múltiples países y una sólida red bancaria, tanto local como extranjera. Empresas de navegación fluvial, comercio internacional y servicios públicos consolidaron un ecosistema económico robusto que posicionó a Barranquilla como el principal nodo de intercambio del país.

Sin embargo, a partir de la década de 1960 se inicia un punto de quiebre. Coincidiendo con el fin del comodato de las Empresas Públicas Municipales con la Chicago Illinois Trust Company y con los procesos de migración del campo a la ciudad, Barranquilla comenzó a experimentar una desaceleración progresiva. Este periodo marcó el inicio de una etapa de decadencia relativa, caracterizada por el debilitamiento de su base industrial, el rezago en servicios públicos, la pérdida de dinamismo cultural y una disminución en su crecimiento demográfico frente a otras ciudades del país.

Décadas más tarde, la apertura económica de los años noventa profundizó esta transformación. La llegada masiva de productos importados afectó la industria local, provocando el cierre o traslado de empresas emblemáticas. La actividad productiva migró hacia el área metropolitana, mientras la ciudad consolidaba un modelo económico más orientado a los servicios, el comercio y el turismo.

Este cambio reconfiguró la dinámica urbana. Si antes los trabajadores se movilizaban desde los municipios hacia la ciudad, hoy ocurre lo contrario: miles de ciudadanos se desplazan diariamente hacia zonas industriales periféricas. Barranquilla creció, pero sin una planificación integral que articulara el desarrollo urbano con el industrial.

En materia de infraestructura, es justo reconocer avances importantes. La ciudad cuenta hoy con una red vial más eficiente, que ha mejorado la movilidad y la conectividad interna. Sin embargo, persisten problemas estructurales que afectan la calidad urbana: la ausencia de suficientes puentes peatonales en vías de alto tráfico, la falta de pasos a desnivel en puntos críticos y debilidades en el control urbano, especialmente en el uso del suelo y la ocupación del espacio público.

De igual forma, aunque Barranquilla ha fortalecido su vocación cultural y turística con proyectos como el Gran Malecón del Río y programas de arborización urbana, esta apuesta no ha sido acompañada de inversiones estratégicas en sectores clave. La ciudad aún carece de un puerto de aguas profundas competitivo, de un parque industrial enfocado en la innovación, de centros de investigación consolidados, de laboratorios de control de calidad y de equipamientos especializados en salud, como un hospital para quemados.

A esto se suma una deuda importante en inversión social. El crecimiento urbano no ha sido proporcional al mejoramiento de las condiciones de vida en todos los sectores. Persisten desigualdades que requieren atención prioritaria, así como una mayor inclusión de la ciudadanía en los procesos de planificación. La participación ciudadana sigue siendo limitada, cuando debería ser el eje de una ciudad más equitativa y sostenible.

Otro aspecto clave es la débil articulación del área metropolitana. Barranquilla no puede seguir pensándose de manera aislada. El desarrollo industrial, la movilidad y la planificación territorial exigen una visión conjunta con los municipios vecinos, algo que aún no se percibe con la fuerza necesaria.

Barranquilla no es una ciudad en retroceso, pero sí una ciudad que no ha alcanzado el nivel que su historia prometía. Tiene avances, pero también rezagos. Tiene potencial, pero requiere decisiones estructurales.

Porque Barranquilla ya fue referente.
El reto, hoy, es volver a serlo.