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Por: Jairo Eduardo Soto Molina.

“El sectarismo, alimentado por el fanatismo, es siempre castrador.”
— Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

Hay una pregunta incómoda que pocas veces se formula con la seriedad que merece: ¿pueden los sesgos ideológicos, en manos de políticos irresponsables, conducir a tragedias humanas de gran escala? No es una pregunta retórica ni exagerada. Es una pregunta histórica. Y, sobre todo, una advertencia vigente.

Las sociedades necesitan ideas, pero no necesitan dogmas. La ideología, en su sentido más noble, es una forma de interpretar el mundo, de darle coherencia a la acción política y de orientar proyectos colectivos. Sin embargo, cuando esa ideología se convierte en verdad absoluta, deja de ser herramienta de comprensión para transformarse en mecanismo de exclusión. Es allí donde el sesgo ideológico se vuelve peligroso: cuando sustituye el pensamiento crítico por la lealtad ciega, cuando reduce la complejidad de la realidad a esquemas binarios y cuando convierte al adversario en enemigo.

Autores como Hannah Arendt advirtieron que los totalitarismos del siglo XX no surgieron simplemente de la violencia, sino de la incapacidad de pensar críticamente frente a discursos que prometían orden, pureza o redención histórica. (Di Pego, 2010). En esa misma línea, Karl Popper alertó sobre los peligros de las “sociedades cerradas”, aquellas en las que una verdad ideológica única se impone sin posibilidad de refutación. (Ripoll, 2022). Y Foucault, por su parte, nos enseñó que el poder no solo se ejerce a través de la fuerza, sino también mediante la producción de discursos que legitiman ciertas verdades y excluyen otras. (Deleuze, 2014)

El problema, entonces, no es la ideología en sí misma, sino su absolutización. Cuando una corriente política —sea de derecha o de izquierda— se asume como la única interpretación válida de la realidad, comienza un proceso de simplificación peligrosa. Se construyen narrativas donde el mundo se divide entre “los buenos” y “los malos”, entre “el pueblo” y “el enemigo”, entre “los correctos” y “los equivocados”. En ese momento, el otro deja de ser interlocutor y se convierte en obstáculo. Y cuando el otro es visto como obstáculo, la eliminación simbólica precede, muchas veces, a la exclusión real.

La historia ofrece suficientes ejemplos de cómo este proceso puede escalar. No se trata de hacer comparaciones simplistas, pero sí de reconocer patrones. En distintos momentos, proyectos políticos han justificado la persecución, el silenciamiento o la eliminación de grupos humanos en nombre de una idea superior: la nación, la revolución, el orden o la pureza. En todos esos casos, el punto de partida fue el mismo: una ideología que dejó de ser discutible.

Traer esta reflexión al presente no es un ejercicio académico aislado. En contextos como el colombiano, donde la polarización política se ha intensificado, el riesgo no radica únicamente en la existencia de posturas divergentes, sino en la incapacidad de convivir con ellas. Hoy vemos cómo discursos de distintas orillas —desde el gobierno hasta la oposición— recurren con facilidad a la descalificación del otro, a la construcción de enemigos internos y a la simplificación de problemas estructurales en narrativas ideológicas que movilizan emociones más que argumentos.

Cuando el discurso político se basa en el miedo, en la indignación selectiva o en la victimización permanente, se activa un mecanismo que la psicología social ha estudiado ampliamente: el sesgo de confirmación. Los ciudadanos comienzan a consumir únicamente la información que refuerza sus creencias, a rechazar cualquier evidencia contraria y a construir una visión del mundo donde la complejidad desaparece. En ese escenario, el político irresponsable encuentra terreno fértil para consolidar poder, no a través de propuestas, sino mediante la manipulación de percepciones.

El riesgo mayor no es inmediato ni necesariamente violento en su forma inicial. Es gradual. Comienza con el lenguaje. Con la forma en que se nombra al otro. Con la manera en que se justifica la exclusión. La filósofa Judith Butler ha señalado que la deshumanización empieza cuando ciertas vidas dejan de ser consideradas dignas de duelo o reconocimiento. En otras palabras, cuando el otro deja de importar. Y cuando eso ocurre, la barrera ética que protege la dignidad humana comienza a debilitarse. (Butler, 2011)

En Colombia, país atravesado por décadas de conflicto, esta advertencia debería ser tomada con especial seriedad. No estamos frente a una sociedad ajena a las consecuencias de la polarización. Sabemos lo que ocurre cuando el discurso se radicaliza, cuando las diferencias se convierten en antagonismos irreconciliables y cuando la política deja de ser un espacio de negociación para convertirse en un campo de confrontación permanente. La violencia que hemos vivido no surgió de la nada; fue precedida por narrativas que justificaron la eliminación del otro.

Por eso, más que preguntarnos si una ideología es correcta o incorrecta, deberíamos preguntarnos qué tipo de relación establece con la diferencia. ¿Permite el disenso o lo castiga? ¿Reconoce la pluralidad o la reduce? ¿Invita al diálogo o impone verdades? La calidad de una democracia no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la manera en que los gestiona.

Helena Matute & others, (2015) define los sesgos cognitivos como distorsiones sistemáticas en el procesamiento de la información que llevan a juicios inexactos, interpretaciones ilógicas o irracionales. Actúan como atajos mentales evolutivos que, si bien agilizan decisiones, frecuentemente derivan en errores de percepción y lógica en la vida cotidiana.

El verdadero antídoto frente a los sesgos ideológicos no es la neutralidad —que muchas veces es una forma de evasión—, sino el pensamiento crítico. Pensar críticamente implica someter nuestras propias creencias a revisión, reconocer la complejidad de los problemas sociales y aceptar que ninguna ideología posee el monopolio de la verdad. Implica, además, asumir una ética del reconocimiento donde el otro no es un enemigo que derrotar, sino un interlocutor con el que es necesario convivir.

Las ideologías pueden construir proyectos colectivos, pero también pueden justificar los peores excesos cuando se desligan de la ética. En manos de políticos responsables, pueden orientar cambios necesarios; en manos de políticos irresponsables, pueden convertirse en instrumentos de división y exclusión. La diferencia entre uno y otro no está en la ideología que se defiende, sino en la forma en que se ejerce el poder.

Del mismo modo, resulta profundamente problemático cuando ciertos sectores reducen la discusión sobre el bilingüismo y la enseñanza del inglés a una lectura puramente ideológica, rechazando la promoción de una ciudadanía bilingüe únicamente porque el inglés es asociado con “el imperialismo yanqui”. Esa postura constituye no solo un sesgo ideológico, sino también un sesgo conceptual y cognitivo, porque simplifica un fenómeno complejo y desconoce las dinámicas contemporáneas de producción y circulación del conocimiento. Desde las Epistemologías del Sur, autores como De Sousa Santos, (2021), han insistido en que la descolonización del pensamiento no implica aislarse del mundo ni negar los saberes globales, sino evitar que una sola racionalidad se imponga como universal. En ese sentido, aprender inglés no significa someterse culturalmente al poder anglosajón, sino adquirir una herramienta de acceso crítico a la ciencia, la tecnología, la investigación y los debates internacionales donde hoy se produce gran parte del conocimiento académico y técnico. La verdadera descolonización no consiste en rechazar lenguas, sino en impedir que el aprendizaje de esas lenguas implique la negación de las identidades locales y de los saberes propios. Por ello, una ciudadanía bilingüe crítica e intercultural no busca reemplazar lo latinoamericano por lo anglosajón, sino generar sujetos capaces de dialogar en igualdad de condiciones con el mundo, apropiándose del conocimiento global sin renunciar a su memoria histórica, cultural y epistemológica. De esto se trata la ciudadanía intercultural bilingüe. (Soto-Molina, 2023).

Los sesgos ideológicos —sean de derecha o de izquierda— son peligrosos porque distorsionan la forma en que percibimos la realidad, reduciéndola a esquemas rígidos donde solo se valida lo que confirma nuestras creencias. Cuando una persona o grupo se aferra a una ideología sin espíritu crítico, deja de analizar los hechos con objetividad y comienza a interpretarlos de manera selectiva, justificando errores propios y condenando automáticamente, al contrario.

Este fenómeno genera varios riesgos:

  • Polarización social: divide a la sociedad en bandos irreconciliables, debilitando el diálogo democrático.
  • Deshumanización del otro: el adversario deja de ser interlocutor y se convierte en enemigo.
  • Manipulación política: facilita que líderes utilicen emociones y prejuicios para obtener poder.
  • Empobrecimiento del pensamiento: limita la capacidad de cuestionar, matizar y comprender la complejidad de los problemas.

En última instancia, los sesgos ideológicos extremos impiden construir soluciones reales, porque sustituyen el análisis por la lealtad ciega. Por eso, el verdadero pensamiento crítico no consiste en no tener ideas, sino en ser capaz de cuestionarlas, incluso cuando son propias.

Al final, la pregunta no es si las ideas son peligrosas. Lo verdaderamente peligroso es dejar de cuestionarlas. Porque cuando la ideología reemplaza al pensamiento, y el pensamiento deja de ser crítico, la historia ya nos ha mostrado hacia dónde pueden conducir esos caminos.

Porque el problema no es pensar diferente…
el problema es dejar de pensar.

Cita al cierre: “Nadie libera a nadie, nadie se libera solo: los hombres se liberan en comunión.”
— Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

Referencias Bibliográficas

Butler, J. (2011). Violencia e estado, Guerra, Resistencia. Por una nueva política de izquierda. Madrid: Katz Editores.

De Sousa Santos, B. (2021). El fin del imperio cognitivo: la afirmación de las epistemologías del Sur. Trotta.

Deleuze, G. (2014). Foucault y el poder. Errata Naturae.

Di Pego, A. (2010). Biopolítica y totalitarismo en Hannah Arendt.

Matute, H., Blanco, F., Yarritu, I., Díaz-Lago, M., Vadillo, M. A., & Barberia, I. (2015). Illusions of causality: How they bias our everyday thinking and how they could be reduced. Frontiers in psychology6, 146427.

Ripoll, C. A. (2022). Karl Popper y la crisis de la democracia en América Latina. Amauta20(39), 33-44.

Soto-Molina, J. E. (2023). Construyendo una ciudadanía intercultural bilingüe en clave decolonial. TZHOECOEN15(1), 1-16.