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Por: Armando Luis Arrieta Barbosa
Antes de aparecer Barranquilla, en el espacio comprendido entre la calle 36, la carrera 46, la calle 42 y la Vía 40 de la nomenclatura actual, existió un pueblo aborigen que llegó a ser muy importante antes de la invasión española. Se trata del pueblo indígena de Camacho, cuyos primeros rastros fueron encontrados por el ingeniero Antonio Luis Armenta a finales del siglo XIX, mientras realizaba trabajos de remoción de tierras para el arreglo de vías y la construcción de viviendas.
En el informe oficial de este hallazgo, el ingeniero Armenta afirma haber observado abundantes urnas cinerarias (ollas de barro) que contenían restos humanos, distribuidas en un promedio de tres por metro cuadrado, en un área de 7 hectáreas. En consecuencia, calculó la existencia de más de 500 unidades y concluyó que se trataba de una necrópolis o cementerio indígena regional.
Hoy se tiene conocimiento que las urnas cinerarias removidas por el ingeniero Armenta, no correspondían a un cementerio indígena propiamente dicho, sino a los restos óseos dejados por el pueblo aborigen de Camacho. Un poblado cuyos habitantes, al igual que los del resto de pueblos indígenas del Bajo Magdalena, tenían por costumbre sepultar a sus difuntos en los predios de sus viviendas, con sus objetos de uso personal y con ollas llenas de alimentos.
También, se sabe que los indígenas de este sector del norte de Colombia, depositaban en ollas de barro los despojos de los pequeños fallecidos, así como los huesos humanos desenterrados por la erosión. De lo que se infiere, que el abundante número de urnas cinerarias observadas por el ingeniero Armenta, eran, en parte, restos humanos vueltos a sepultar después de ser desenterrados por el arroyo de la calle 36 y demás corrientes que bajaban desde las tierras más altas.
No se dispone de ninguna información precisa sobre el número de personas que llegó a tener el pueblo indígena de Camacho, antes de la invasión española a estas tierras. Sin embargo, a juzgar por el área subrayada en el plano del ingeniero Armenta, calculamos que su población pasaba de medio millar de habitantes y, junto a Mentamoa (Malambo), era de los pueblos indígenas más importantes de la ribera del río en el Bajo Magdalena.
Sobre el modo de vida de los indígenas de este pueblo, se sabe que cultivaban maíz, yuca y otras plantas en la ribera del caño de Veranillo (de las Compañías) y en los islotes formados después de las crecidas del río Magdalena. También, se tiene conocimiento que complementaban su dieta alimentaria mediante la pesca en la desaparecida ciénaga de Camacho, con la caza de algunos mamíferos y la captura de aves en los montes vecinos.
También se sabe, que los indígenas de Camacho explotaban una mina de sal en las albuferas que se formaban en el sector de Sabanilla. Un producto que, según el cronista fray Pedro Simón, tenía una gran demanda entre los indígenas de la región, por ser la única parte de la costa Caribe donde se conseguía. Además, los indígenas de Camacho eran expertos tejedores de hamacas y chinchorros de algodón, los que también eran muy apetecidos, según este cronista.
Lo anterior, es corroborado por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, quien al referirse a la travesía que hiciera Pedro de Heredia desde Galapa hasta el río en 1533, afirma haber encontrado un varadero de canoas, utilizado como sitio de intercambio comercial. Allí estaban, según aquel cronista, unos indios mercaderes de la gobernación de Santa Marta, con dos canoas llenas de camarones secos para intercambiar por sal y otras mercaderías.
Hoy sabemos que el varadero de canoas al cual hacía referencia el cronista Oviedo, era la barranca ubicada a orillas del caño de Soledad, donde confluyen la carrera 41 con la calle 29 de la actual nomenclatura de Barranquilla. Esta barranca, después de ser un importante sitio de intercambio comercial indígena a escala regional, fue conocido con el nombre de “Puerto real” y llegó a convertirse en el principal puerto de escala del Bajo Magdalena a finales de la época colonial.
Pero, todo empezó a cambiar para los indígenas de Camacho a partir de 1531, año en que el capitán portugués Gerónimo de Melo penetró por el canal de la Salina o de la Piña y exploró este sector del Bajo Magdalena. Pues, a partir de entonces, comenzaron a organizarse en Santa Marta campañas de saqueo y captura de indígenas en esta zona, para venderlos como esclavos en las Antillas. Luego, se unieron también, las campañas organizadas en Cartagena, las que, junto a las anteriores, diezmaron en buena parte su población.
Esta situación, fue puesta en conocimiento del rey de España, por medio de una carta enviada al rey por el gobernador de Cartagena, Pedro de Heredia en 1542, en los términos siguientes:
(…) vienen y prenden los indios y les toman sus haciendas y les impiden sus labranzas y sus contrataciones y aún los herran y los venden por esclavos, y los llevan fuera de su naturaleza de unas partes a otras, chicos y grandes, hombres y mujeres, y por ello se han perdido y pierde la tierra (y) se despuebla y cesan las contrataciones (Friede, 1960, t. VI, pp. 179-180)
En respuesta a estas campañas de saqueo y captura de esclavos, entre finales de 1533 y 1545 se generó un movimiento indígena de resistencia activa en toda la provincia de Cartagena. Este movimiento, el cual inició con el asalto de una carabela española fondeada en la bahía de Sabanilla, siguió con enfrentamientos directos, emboscadas en los caminos y el ataque a embarcaciones en el río.
También, la resistencia indígena se manifestó huyendo de sus pueblos, escondiendo bajo tierra sus objetos de valor, recogiendo sus productos antes de tiempo o negándose a sembrar para evitar que los españoles se beneficiaran de sus cultivos. Esto último, a su vez, generó una oleada de hambrunas en toda la provincia de Cartagena, la que afectó principalmente a los indígenas y contribuyó a diezmar aún más su población.
Luego de apaciguada esta revuelta, los indígenas de Camacho fueron encomendados al español Domingo de Santa Cruz en 1549. A partir de entonces y durante los 10 años siguientes, los varones adultos de este pueblo, fueron obligados a sembrar dos rosas de maíz al año y a recoger sal para este capitán. También, fueron obligados a trabajar como bogas en el río y a llevar pesadas cargas de maíz y otras cosas en sus hombros a Cartagena.
Esto último, junto a la situación similar vivida por los indígenas de Malambo, llevaría al príncipe Felipe II de España, a promulgar una real cédula en 1552. En este documento, el príncipe afirmaba estar enterado acerca del excesivo trabajo a que eran sometidos los indígenas de “los pueblos junto a la barranca del río grande entre Santa Marta y Cartagena”. También, decía estar informado del rápido decrecimiento de su población, debido a la mala alimentación y las enfermedades contraídas durante sus viajes.
A los excesos cometidos por el encomendero Domingo de Santa Cruz en Camacho, se sumaban los abusos de fray Joseph de Robles, quien ejerció la labor evangelizadora en este pueblo en los años cincuenta del siglo XVI. Un religioso que fue duramente criticado, por dedicar su mayor esfuerzo a perseguir mohanes, a quemar templos y a destruir las imágenes religiosas de los indígenas, así como por castigar en cepos a los adultos que no aceptaban el cristianismo y a los niños que olvidaban los dogmas religiosos.
A la muerte del capitán de Santa Cruz en 1559, su viuda Ana Ximénez reclamó la encomienda de Camacho que había sido de su difunto esposo. Pero, al llegar a este pueblo, encontró que el encomendero de Galapa, Pedro de Barros, había recogido a los indígenas adultos de aquel pueblo y los había puesto a su servicio. Lo cual motivaría a Ana Ximénez a escribir una carta de reclamo al oidor Melchor Pérez de Arteaga.
Pero, todo parece indicar que esta carta de reclamo no prosperó, porque a partir de 1560 nunca más volvió a aparecer en los documentos de archivo, el nombre de la encomienda de Camacho. De lo que se infiere, que este pueblo pasó a ser una agregación de la encomienda de Galapa, y que sus indígenas adultos empezaron a trabajar como peones o concertados libres para el español Pedro de Barros.
Algunos, de seguro, fueron contratados como jornaleros para la tala de árboles y el corte del monte cercano a la ciénaga y a la barranca donde Pedro de Barros dio inicio a una hacienda ganadera, la que más tarde tomaría el nombre de San Nicolás. Otros, para ayudar a construir el rancho que serviría de albergue a los trabajadores de estas tierras y los corrales para el ganado que por orden del visitador Melchor Pérez de Arteaga debía ser sacado del pueblo de Galapa.
Los indígenas dueños de canoas, se dedicaron a prestar el servicio de transporte en el río Magdalena, especialmente a las caravanas de comerciantes que tomaban el camino de Galapa y hacían escala en la barranca visitada por don Pedro de Heredia en 1533. Y, el resto, incluyendo a los jóvenes y mujeres, se dedicaron a extraer sal para Pedro de Barros, a cambio de un jornal.
A la muerte de Pedro de Barros, los indígenas de Camacho siguieron trabajando como peones, jornaleros o concertados libres para su hijo Joseph y, luego, para su nieto Pedro, quien murió en 1609. Al año siguiente, llegó a Cartagena el visitador Juan de Villabona, quien venía con la misión de resolver las quejas de los indígenas por la invasión de sus tierras y de la falta de terrenos disponibles para entregar a los nuevos inmigrantes españoles que habían llegado a Cartagena.
Para dar solución a lo anterior, el oidor Juan de Villabona realizó un reordenamiento espacial, el cual consistió en concentrar la población indígena dispersa en los poblados más grandes, entregando a cada uno de estos pueblos un pedazo de tierra de una legua a la redonda. Asimismo, consistió en expulsar de estos terrenos a los blancos, mestizos y negros que vivieran en ellas, para reubicarlos en los terrenos que habían quedado vacantes.
Como resultado de esta reforma, el visitador de Villabona sacó a los ganaderos y labradores españoles que trabajaban en las tierras dadas en resguardo a los indígenas de Malambo, Galapa y Tubará y los trasladó hacia el sector del río Magdalena. Asimismo, recogió a los indígenas que quedaban en Camacho y los trasladó a Galapa, dando fin a este pueblo indígena, cuyas huellas yacen hoy bajo el pavimento y las construcciones del sector contiguo a la vieja plaza de la Aduana de Barranquilla.
Armando Luis Arrieta Barbosa
Magister en Historia, Universidad Nacional de Colombia
Doctor en Educación, Universidad del Atlántico- RUDECOLOMBIA
armandoarrietab@gmail.com
Referencias Bibliográficas
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-Friede, J. (Comp.). (1960). Documentos Inéditos para la Historia de Colombia, t. VI. Bogotá: Academia de Historia de Colombia.
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