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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social
Durante el Mundial de fútbol de 2026 alenté a Argentina. Pero no alentaba solamente una camiseta albiceleste ni esperaba únicamente que once jugadores alcanzaran una nueva copa. Alentaba una idea: que América Latina aprenda a creer más en sí misma.
En nuestro continente hemos desarrollado una extraña facilidad para celebrar la caída del vecino. Con frecuencia, las viejas rivalidades deportivas terminan reproduciendo fragmentaciones nacionales que nos impiden reconocer aquello que compartimos. Nos alegramos cuando pierde el otro país latinoamericano, como si su derrota ampliara nuestras propias posibilidades. Sin embargo, cada vez que uno de nuestros pueblos llega lejos en una competencia mundial, demuestra que la periferia también puede disputar el centro, que el Sur puede enfrentar a las potencias en igualdad de condiciones y que nuestras capacidades no dependen de la aprobación europea.
Quizás haya llegado el momento de abandonar una parte de esa pedagogía de la rivalidad. No se trata de eliminar la competencia deportiva ni de fingir que las diferencias nacionales no existen. Se trata de comprender que, cuando un país latinoamericano llega a una final mundial, hay algo de todos nosotros que también comparece en el escenario. Cuando Argentina llegó a la final del Mundial de 2026, después de superar a Inglaterra en una dramática semifinal, no representaba jurídicamente a toda América Latina, pero sí encarnaba una posibilidad continental: la de mostrar nuevamente que el fútbol producido en nuestras calles, potreros y barrios puede disputar la supremacía global.
Argentina perdió la final frente a España por 1-0 en tiempo extra. El resultado impidió la repetición del título de 2022, pero no anuló el recorrido ni el significado cultural de la campaña. El subcampeonato volvió a situarla entre las grandes potencias del fútbol y confirmó que su fortaleza no depende de una generación aislada, sino de una tradición social profundamente arraigada.
Argentina: una nación fabricada también por el fútbol*
Argentina es probablemente el país latinoamericano donde el fútbol ha intervenido con mayor intensidad en la construcción de la identidad nacional. Esto no significa que Brasil, Uruguay, Colombia, México u otros pueblos carezcan de culturas futbolísticas profundas. Significa que, en el caso argentino, el fútbol llegó a desempeñar una función excepcional como mecanismo de integración social, lenguaje nacional, memoria familiar y ritual colectivo.
La Argentina moderna fue construida por sucesivas corrientes migratorias. Italianos, españoles, judíos, árabes, polacos y otros grupos llegaron con lenguas, tradiciones y recuerdos diferentes. En ese país que trataba de inventarse a sí mismo, los clubes de barrio se convirtieron en espacios de encuentro. Allí, el hijo del inmigrante dejó de ser únicamente italiano o español para pasar a ser hincha de un club, vecino de una cuadra y miembro de una comunidad afectiva.
Por eso el fútbol argentino no es solamente un reflejo de la nación. Como ha explicado Alabarces, (2014, 2021, 2023) ha operado como una máquina cultural productora de nacionalidad. Los clubes, los estadios, las rivalidades, la selección y sus héroes ayudaron a construir al sujeto argentino. La identidad no apareció primero para expresarse después mediante el fútbol; en gran medida, fue elaborada dentro de ese universo de símbolos, relatos y pertenencias.
El fútbol le proporcionó a Argentina un idioma propio. Palabras como pibe, potrero, gambeta, enganche, crack y aguante dejaron de nombrar únicamente acciones deportivas y comenzaron a expresar una manera de estar en el mundo. Gambetear se convirtió en la capacidad de encontrar una salida inesperada; ponerse la camiseta significó comprometerse; tener aguante fue resistir aun cuando todo pareciera perdido.
La tradición del fútbol criollo produjo también una estética: el argentino no debía limitarse a ganar; debía ganar mostrando ingenio, habilidad y picardía. Esa mitología alcanzó una de sus expresiones máximas en Diego Armando Maradona, el niño pobre que llegó a ser el mejor del mundo sin borrar sus orígenes. Maradona representó una revancha simbólica de los excluidos y una prueba de que el talento de la periferia podía humillar a los poderosos.
Lionel Messi construyó otra versión de esa épica. Menos confrontacional en su personalidad, pero igualmente extraordinario en el campo, terminó reconciliándose con una nación que durante años le exigió reproducir el mito maradoniano. En 2022 condujo a Argentina al título mundial; en 2026 volvió a llevarla hasta la final. Incluso después de la derrota ante España, los aficionados continuaron coreando su nombre, mostrando que su vínculo con la nación superaba ya la lógica inmediata del resultado.
El problema de una identidad que mira demasiado hacia Europa
Sin embargo, esta formidable construcción identitaria contiene una contradicción. Argentina posee una de las culturas populares más profundamente americanas, pero una parte de su imaginario nacional ha insistido históricamente en presentarse como una prolongación de Europa. La inmigración italiana y española forma parte indiscutible de su historia y de su riqueza cultural. El problema aparece cuando esa herencia se transforma en una negación del territorio, de los pueblos vecinos y de la pertenencia latinoamericana.
Argentina está en América Latina no solamente porque su cuerpo geográfico se encuentre en el continente. Está allí por su historia colonial, por sus desigualdades, por sus luchas populares, por su relación dependiente con los centros de poder y por las experiencias culturales compartidas con el resto de la región. Su pensamiento y sus sentimientos no deberían permanecer simbólicamente instalados en Europa mientras sus desafíos materiales, sociales y políticos se desarrollan en el Sur.
Si Argentina asumiera más profundamente su condición latinoamericana, su enorme potencia cultural podría convertirse en un factor de integración continental. Su tradición educativa, literaria, científica, política y futbolística no tendría que emplearse para marcar distancia frente a sus vecinos, sino para fortalecer una comunidad regional capaz de reconocerse como productora de conocimiento, belleza, deporte y futuro. Eso se lo reafirmo cada vez que voy a dar conferencias en sus universidades.
Alentar a Argentina durante el Mundial de 2026 significaba, entonces, invitarla también a reconocerse en América Latina. No para desconocer su herencia europea, sino para integrarla dentro de una identidad más compleja. Nadie debe renunciar a sus antepasados; pero ningún pueblo debería convertirlos en una excusa para negar el suelo histórico y afectivo donde vive.
Descolonizar el fútbol
El Mundial también volvió a mostrar la necesidad de descolonizar el fútbol. Buena parte de los mejores jugadores del mundo nace y se forma en América Latina y África, pero las grandes ligas, los clubes más poderosos, los capitales, los medios de comunicación y los principales centros de decisión continúan concentrados en Europa.
Nuestros futbolistas son tratados muchas veces como una materia prima de exportación. Se descubren en los barrios, se forman con recursos familiares o comunitarios, se desarrollan en clubes locales y luego son transferidos hacia mercados que capturan la mayor parte del valor económico y simbólico de su talento. El Sur produce el cuerpo, la creatividad, la resistencia y la imaginación; el Norte organiza el espectáculo, controla los contratos, concentra las ganancias y establece las jerarquías de prestigio.
La comparación con las economías extractivas resulta inevitable. Durante siglos, América Latina exportó minerales, productos agrícolas y recursos naturales para después comprar manufacturas elaboradas con esas mismas materias primas. En el fútbol ocurre algo semejante: exportamos jugadores jóvenes y luego consumimos como espectáculo global el talento que nuestras comunidades ayudaron a producir.
Descolonizar el fútbol no significa impedir que los jugadores participen en ligas europeas ni negar la importancia histórica de clubes de España, Italia o Inglaterra. Significa construir estructuras regionales más sólidas, proteger los procesos formativos, distribuir mejor los beneficios económicos, fortalecer las ligas nacionales y reconocer que el conocimiento futbolístico latinoamericano posee valor propio.
También significa cuestionar la idea de que un jugador solo alcanza la plenitud cuando es consagrado en Europa. Argentina, Brasil, Uruguay y otros países han desarrollado tradiciones tácticas, estéticas y pedagógicas fundamentales para la historia del juego. No somos simples proveedores de talento natural. Somos productores de saber futbolístico.
Argentina comparte con Brasil, Italia, Inglaterra y España una de las tradiciones más influyentes del fútbol mundial. Pero su singularidad radica en haber convertido el juego en una institución popular de pertenencia, construida mediante clubes que siguen siendo mayoritariamente asociaciones civiles vinculadas a sus socios y territorios. Esa dimensión comunitaria constituye una resistencia frente a la transformación absoluta del hincha en consumidor y del club en mercancía.
Las Malvinas son argentinas: fútbol, memoria y disputa simbólica
La semifinal de 2026 contra Inglaterra desbordó claramente el ámbito deportivo. Tras la victoria argentina, una sábana de hotel escrita con tinta o marcador negro llegó desde la tribuna hasta el campo. Sobre ella podía leerse: “Las Malvinas son Argentinas”. Los jugadores la exhibieron y la imagen se difundió internacionalmente. Según la reconstrucción periodística, el cartel había sido confeccionado artesanalmente por un aficionado y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos de aquella victoria.
El gesto generó críticas en el Reino Unido y peticiones para que la FIFA investigara el mensaje por su contenido político. Funcionarios británicos lo calificaron de inapropiado, mientras el episodio reabrió el debate público sobre la soberanía de las islas y sobre los límites entre fútbol, memoria y política.
Puede discutirse si un terreno de juego debe emplearse para este tipo de reivindicaciones. También debe reconocerse que la guerra de 1982 produjo muerte y dolor y que cualquier reflexión responsable necesita evitar el nacionalismo belicista. Pero resulta ingenuo afirmar que el fútbol está separado de la política. Los himnos, las banderas, las selecciones nacionales, los relatos patrióticos y la organización misma de los mundiales son profundamente políticos. La pregunta real no es si existe política en el fútbol, sino qué memorias y qué poderes tienen permitido expresarse.
En 1986, Maradona produjo una revancha simbólica contra Inglaterra mediante el juego. La “Mano de Dios” y el gol del siglo, ocurridos cuatro años después de la guerra, fueron interpretados por numerosos argentinos como una reparación imaginaria frente a una derrota militar y una herida nacional. En 2026, el mensaje sobre las Malvinas circuló de manera todavía más rápida y global debido a internet, las redes sociales y la comunicación digital.
La sábana manuscrita demostró que un aficionado anónimo podía introducir en el principal escenario del fútbol mundial una reivindicación geopolítica silenciada o periférica en los grandes circuitos mediáticos. El mensaje no resolvió la disputa de soberanía ni modificó el derecho internacional. Sin embargo, consiguió algo significativo en el terreno simbólico: colocó nuevamente el tema en la conversación global y provocó reacciones dentro del propio Reino Unido.
En términos decoloniales, Argentina había conseguido una victoria antes de disputar la final. Había desafiado el monopolio de las potencias sobre la narración histórica y había recordado que los territorios no son únicamente extensiones geográficas: son también memorias, heridas, nombres y luchas por el derecho a contar la propia historia.
No obstante, una perspectiva decolonial responsable debe distinguir entre reivindicación soberana y glorificación de la guerra. Decolonizar no es reproducir el lenguaje imperial con los papeles invertidos. No consiste en deshumanizar a los ingleses ni en convertir una controversia histórica en odio contra un pueblo. Consiste en cuestionar las jerarquías que han autorizado a ciertas potencias a definir unilateralmente los mapas, los nombres y las versiones legítimas del pasado.
De la rivalidad a la solidaridad continental
El Mundial de 2026 debería dejarnos una lección latinoamericana. No podemos seguir pensando nuestro continente únicamente como una suma de competidores nacionales. Las rivalidades deportivas tienen valor, generan relatos y enriquecen el juego. Pero cuando se convierten en desprecio por el vecino, terminan repitiendo la fragmentación que históricamente ha favorecido nuestra dependencia.
Celebrar el avance argentino no significaba renunciar a Colombia, Brasil, Uruguay, Ecuador, México o cualquier otra identidad nacional. Significaba comprender que una potencia latinoamericana estaba enfrentándose nuevamente a los grandes centros históricos del fútbol mundial.
Cuando uno de nosotros llega lejos, demuestra que todos podemos hacerlo. Cada victoria regional debilita el prejuicio de que la excelencia pertenece naturalmente al Norte. Cada jugador latinoamericano que transforma el juego mundial lleva consigo saberes producidos en nuestros barrios, familias y comunidades.
Pero esa solidaridad también exige reciprocidad. Argentina debe aprender a mirar más hacia América Latina y menos exclusivamente hacia Europa. Debe reconocerse como hermana y no como excepción. Su grandeza no disminuiría por asumirse latinoamericana; al contrario, adquiriría un significado histórico mucho más poderoso.
La transformación continental comenzará cuando dejemos de entender el éxito del vecino como amenaza. Necesitamos una conciencia regional capaz de alegrarse por el talento compartido y de convertir la admiración deportiva en cooperación cultural, educativa y política.
Una derrota deportiva y una victoria cultural
España ganó la final y Argentina terminó como subcampeona. Esa realidad deportiva debe reconocerse con respeto. Pero el significado de un Mundial no se agota en el nombre grabado sobre la copa. Argentina volvió a mostrar que el fútbol puede movilizar una memoria nacional, reunir generaciones y producir un lenguaje de pertenencia que pocas instituciones contemporáneas conservan.
También mostró las contradicciones de esa identidad: profundamente popular y americana, pero todavía seducida por una autoimagen europea; capaz de desafiar el poder colonial, pero también expuesta al nacionalismo; productora de talento mundial, pero inserta en una economía futbolística controlada desde otros centros.
Por eso mi apoyo a Argentina no fue ciego ni puramente emocional. Fue una forma de reconocer su capacidad para representar una posibilidad latinoamericana y, al mismo tiempo, de invitarla a profundizar su pertenencia continental.
Alentar a Argentina era alentar la idea de que nuestros países pueden dejar de comportarse como periferias mentales. Que no necesitamos esperar la consagración europea para valorar nuestras capacidades. Que nuestras canchas, nuestros barrios y nuestros clubes producen conocimiento. Que nuestra memoria merece circular. Que nuestra voz puede llegar al centro del escenario global.
Quizás haya llegado el momento de dejar de alegrarnos por las derrotas de nuestros vecinos y comenzar a celebrar más nuestros triunfos compartidos.
Porque cuando uno de nosotros llega lejos, todos demostramos que también podemos hacerlo.
¡Vamos Argentina!
Y, sobre todo:
¡Vamos Latinoamérica!
Referencias bibliográficas
Alabarces, P. (2014). Héroes, machos y patriotas: El fútbol entre la violencia y los medios. Aguilar.
Alabarces, P. (2021). Maradona: mito popular, símbolo peronista, voz plebeya. Papeles de identidad: Contar la investigación de frontera, (1), 12.
Alabarces, P. (2023). Fútbol y patria: el fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina. Prometeo.
*Sobre esto les escribiré pronto.

