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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social.
“Los hombres no solo construyen instituciones; las instituciones terminan construyendo a los hombres.” Yoyito Sabater
Hay una pregunta que suele sorprender a los argentinos cuando un extranjero asiste por primera vez a un partido de fútbol: ¿por qué lloran? No preguntan quién ganó, cuánto costó la entrada o qué sistema táctico utilizó el entrenador. Preguntan por qué un hombre adulto llora abrazado a desconocidos como si acabara de perder a un familiar.
La respuesta habitual es sencilla: porque el fútbol es una religión. Pero esa explicación resulta insuficiente. Las religiones también necesitan una historia, unos símbolos, unos rituales y una comunidad de creyentes. El fútbol argentino posee todo eso y algo más: ha contribuido a fabricar una forma de ser argentino.
El sociólogo Pablo Alabarces sostiene una idea brillante: el fútbol argentino ha funcionado históricamente como una máquina cultural productora de nacionalidad. No se limita a representar la identidad nacional; participa activamente en su construcción. Esa afirmación cambia completamente la perspectiva. No observamos simplemente un deporte, sino una institución que ha contribuido a definir quiénes son los porteños.
Orígenes
Su origen ilustra perfectamente esa paradoja. Introducido por inmigrantes británicos como parte de un modelo educativo inspirado en las public schools, el fútbol terminó siendo apropiado por los hijos de inmigrantes italianos, españoles, judíos, árabes y europeos orientales que buscaban construir una identidad común en un país profundamente diverso. Lo que comenzó siendo un deporte de élites terminó convirtiéndose en el lenguaje universal de los barrios populares.
Para comprender por qué el fútbol ocupa un lugar tan profundo en la identidad argentina, es necesario regresar a sus orígenes. Y ese comienzo no está en Maradona ni en Messi, sino en la figura de Alexander Watson Hutton, un educador escocés nacido en Glasgow que llegó a Buenos Aires en 1882. Inicialmente vinculado al Saint Andrew’s Scots School, Hutton terminó fundando en 1884 el Buenos Aires English High School, donde introdujo el fútbol como parte fundamental de la formación de sus estudiantes. Para él, el deporte no era una actividad secundaria, sino un componente esencial de la educación, en consonancia con la tradición pedagógica británica que concebía la disciplina física, el trabajo en equipo y la formación del carácter como dimensiones inseparables del aprendizaje. Años más tarde, el 21 de febrero de 1893, Watson Hutton, junto con representantes de varios clubes integrados principalmente por comunidades inmigrantes, fundó la Argentine Association Football League, antecedente directo de la actual Asociación del Fútbol Argentino. Con ese gesto no solo institucionalizó una práctica deportiva importada, sino que puso en marcha, sin saberlo, uno de los procesos culturales más decisivos en la construcción de la identidad nacional argentina.
Aquí aparece un fenómeno que Pierre Bourdieu habría reconocido inmediatamente. Los clubes dejaron de ser simples espacios deportivos para convertirse en productores de capital social, capital simbólico y habitus. No solo enseñaban a jugar al fútbol; enseñaban a pertenecer. El club barrial fue, para millones de argentinos, la primera escuela de ciudadanía.
Algo similar ocurre con el concepto de comunidades imaginadas desarrollado por Benedict Anderson. Las naciones existen porque millones de personas que jamás se conocerán personalmente se sienten parte de una misma comunidad. En Argentina, esa imaginación colectiva encontró en el fútbol uno de sus vehículos más eficaces. Ser de Boca, de River, de Rosario Central o de Newell’s no constituye únicamente una preferencia deportiva; implica pertenecer a una memoria, un territorio y una genealogía afectiva.
La llamada cultura del aguante, estudiada por Pablo Alabarces y José Garriga Zucal, profundiza todavía más esta construcción identitaria. El hincha no demuestra su pertenencia cuando el equipo gana, sino cuando pierde. El aguante convierte la fidelidad en un valor moral. En esa lógica, el resultado importa menos que la lealtad. Se trata de una ética popular que trasciende el deporte para convertirse en una forma de comprender la vida.
Sin embargo, toda identidad colectiva puede ser apropiada por el poder político. El Mundial de 1978 constituye el ejemplo más dramático. Mientras la dictadura militar utilizaba el campeonato para proyectar una imagen internacional de normalidad, el terrorismo de Estado continuaba funcionando a pocos kilómetros de los estadios. El fútbol mostró entonces su doble condición: espacio genuino de encuentro popular y, simultáneamente, instrumento susceptible de ser utilizado por cualquier proyecto de poder.
Esa tensión recuerda las reflexiones de Antonio Gramsci sobre la hegemonía cultural. El poder no se sostiene únicamente mediante la coerción; también necesita conquistar el consentimiento emocional de la sociedad. El fútbol, precisamente por su enorme capacidad movilizadora, puede convertirse tanto en escenario de integración democrática como en recurso simbólico para legitimar proyectos políticos de muy diversa naturaleza.
Pero quizá el aspecto más fascinante del caso argentino sea que el fútbol terminó ocupando un lugar reservado tradicionalmente a la religión. La creación de la Iglesia Maradoniana constituye una metáfora extrema, aunque profundamente reveladora. No se trata simplemente de admirar a un jugador extraordinario. Se trata de construir un sistema simbólico con fechas sagradas, rituales, mandamientos y relatos fundacionales. En otras palabras, el fútbol dejó de ser únicamente un espectáculo para convertirse en una cosmovisión.
En el fondo, el extranjero que pregunta por qué lloran los argentinos está formulando una pregunta mucho más profunda: ¿cómo puede una pelota condensar tanta memoria, tanto dolor y tanta esperanza?
La respuesta quizá sea que el fútbol argentino nunca fue solamente fútbol. Ha sido escuela, barrio, integración de inmigrantes, movilidad social, resistencia cultural, instrumento político, memoria familiar y lenguaje común. Ha servido para fabricar pertenencias allí donde existían diferencias.
Por eso, cuando un argentino llora en una tribuna, probablemente no esté llorando únicamente por un gol. Está llorando por su infancia, por su padre que lo llevó por primera vez a la cancha, por su barrio, por sus amigos, por una historia compartida y, en última instancia, por esa nación imaginada que aprendió a sentir mucho antes de comprenderla racionalmente.
Quizá Alabarces tenga razón: el fútbol argentino no refleja una identidad preexistente. La produce. Y pocas instituciones modernas han sido tan eficaces para transformar una simple práctica deportiva en una de las expresiones más profundas de la cultura nacional.
Cuando el fútbol reemplaza a las instituciones: Maradona, pertenencia y religión popular en Argentina
Decir que el fútbol es una religión en Argentina puede parecer una metáfora gastada. Se repite para explicar el llanto de los hinchas, la veneración por los ídolos, las peregrinaciones a los estadios y la manera en que una derrota deportiva puede alterar el estado de ánimo de familias, barrios y ciudades completas. Sin embargo, detrás de esa expresión existe una realidad sociológica mucho más profunda: el fútbol argentino no se limita a imitar las formas exteriores de una religión, sino que cumple algunas de sus funciones fundamentales. Produce comunidad, organiza rituales, consagra héroes, conserva memorias, ofrece consuelo y proporciona sentido en momentos de incertidumbre.
La expresión más visible de esa sacralización es la Iglesia Maradoniana, fundada en Rosario el 30 de octubre de 1998, fecha del cumpleaños de Diego Armando Maradona. Lo que comenzó como un gesto de devoción de un pequeño grupo de admiradores se expandió internacionalmente hasta reunir seguidores en numerosos países. La Iglesia posee rituales, mandamientos, celebraciones y ceremonias de bautismo. Sus miembros nombran a Maradona como D10S, fusionando la palabra Dios con el número diez que definió su imagen futbolística.
A primera vista, puede parecer una ocurrencia pintoresca, una manifestación extrema del humor y del folclore argentino. Sin embargo, el fenómeno revela que Maradona nunca fue percibido solamente como un jugador extraordinario. Representó la posibilidad de una redención social. Encarnó al niño procedente de una familia humilde que, gracias a su talento, llegó a ocupar el centro del escenario mundial. Fue el pibe de barrio capaz de vencer a quienes parecían invencibles y de convertir la precariedad de su origen en una fuente de orgullo.
Maradona como mito de justicia popular
Toda sociedad construye héroes mediante los cuales proyecta sus deseos, frustraciones y esperanzas. Maradona cumplió esa función para millones de argentinos y latinoamericanos. No fue admirado únicamente por la belleza de su juego, sino porque convirtió el fútbol en una narrativa de justicia simbólica: el pequeño podía derrotar al poderoso; el pobre podía superar al privilegiado; la periferia podía imponer su talento frente al centro.
Su cuerpo mismo parecía contradecir el modelo atlético dominante. No tenía la estatura ni la apariencia física tradicionalmente asociadas con el deportista perfecto. Sin embargo, poseía una inteligencia corporal extraordinaria, una capacidad de anticipación y una creatividad que transformaban cada jugada en una posibilidad inesperada. Maradona hacía visible una verdad profundamente latinoamericana: cuando los recursos materiales son escasos, la imaginación puede convertirse en una forma de resistencia.
El partido contra Inglaterra en el Mundial de 1986 consolidó definitivamente su dimensión mítica. Apenas cuatro años después de la guerra de las Malvinas, Maradona marcó dos goles que se incorporaron a la memoria colectiva argentina. El primero, conocido como la Mano de Dios, fue interpretado como la picardía del débil frente al poderoso. El segundo, considerado uno de los goles más extraordinarios de la historia, expresó la superioridad del talento, la gambeta y la creatividad.
No fue una reparación material de la guerra, ni podía serlo. Pero sí produjo una revancha simbólica. Durante unos minutos, una nación que conservaba la herida de la derrota militar sintió que podía vencer en otro terreno. Maradona no restituyó territorios ni transformó las relaciones geopolíticas, pero reorganizó emocionalmente la memoria de un pueblo.
Ahí se encuentra la fuerza del mito. El mito no modifica necesariamente los hechos; modifica la manera en que una sociedad los recuerda, los interpreta y los incorpora a su identidad. Maradona permitió que Argentina se narrara a sí misma no solamente como nación derrotada, sino también como pueblo capaz de desafiar a una potencia mediante la inteligencia, la belleza y la imaginación.
El fútbol como refugio ante la crisis institucional
La religión futbolística adquiere mayor intensidad cuando las instituciones tradicionales pierden credibilidad. En momentos de estabilidad, la identidad colectiva puede distribuirse entre el Estado, la escuela, la Iglesia, los partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales. Pero cuando estas instituciones dejan de representar a la ciudadanía, se abre un vacío de pertenencia.
El fútbol argentino ha ocupado muchas veces ese espacio. Durante las grandes crisis económicas, políticas y sociales, la selección nacional y los clubes continuaron ofreciendo un lenguaje común. En la crisis de 2001, mientras se derrumbaba la confianza en el sistema financiero, los gobiernos y los partidos tradicionales, la camiseta de la selección todavía podía ser reconocida como propiedad simbólica de todos.
La selección no pertenecía a un banco, a una empresa o a un gobierno determinado. Aunque las autoridades políticas intentaran apropiarse de sus triunfos, el vínculo emocional entre el pueblo y la camiseta desbordaba cualquier administración circunstancial. La selección era uno de los pocos lugares donde todavía podía pronunciarse la palabra “nosotros” sin que inmediatamente apareciera una división partidista.
Esta función explica por qué la pasión futbolística puede intensificarse precisamente durante los periodos de crisis. Cuando otros espacios de representación fracasan, el fútbol ofrece continuidad. Los gobiernos cambian, las monedas pierden valor, los partidos políticos se fragmentan y las promesas institucionales se incumplen; pero el club, el estadio, los colores y los recuerdos familiares permanecen.
El fútbol se convierte entonces en una reserva emocional de la nación. Conserva una imagen de comunidad incluso cuando la sociedad real se encuentra profundamente dividida. No resuelve la pobreza, la desigualdad ni la desconfianza política, pero mantiene vivo un vínculo simbólico sin el cual la fragmentación podría ser todavía mayor.
La necesidad humana de pertenecer
Émile Durkheim explicó que las religiones no se definen únicamente por la creencia en seres sobrenaturales, sino por su capacidad de producir comunidad mediante rituales compartidos. En las ceremonias religiosas, las personas experimentan una fuerza colectiva que supera su individualidad. Durkheim denominó este fenómeno efervescencia colectiva.
La tribuna de un estadio produce una experiencia semejante. Miles de individuos cantan, saltan, abrazan a desconocidos y reaccionan al mismo tiempo ante una jugada. Durante noventa minutos, las diferencias sociales no desaparecen completamente, pero quedan subordinadas a una identidad compartida. Profesionales, trabajadores, estudiantes, comerciantes y desempleados se convierten en hinchas de una misma camiseta.
El estadio transforma la emoción individual en emoción colectiva. Un gol no pertenece únicamente al jugador que lo marca ni al espectador que lo observa; pertenece a la comunidad que lo celebra. El hincha experimenta algo que rara vez encuentra en la vida cotidiana: la certeza de sentir exactamente lo mismo que miles de personas en el mismo instante.
Esta experiencia responde a una necesidad humana fundamental. Las personas necesitan pertenecer a algo que las trascienda. Necesitan relatos que conecten su vida con la de otras generaciones, rituales que organicen el tiempo, héroes que encarnen ideales y comunidades que acompañen tanto la celebración como el duelo.
El fútbol ofrece todo ello sin exigir una doctrina teológica. Posee calendarios, fechas sagradas, peregrinaciones, himnos, templos, reliquias, santos, traidores y relatos fundacionales. El primer partido al que un padre lleva a su hijo funciona como un rito de iniciación. La camiseta heredada conserva la memoria familiar. Las cenizas de algunos hinchas son esparcidas en los estadios. Los jugadores fallecidos son recordados mediante murales, canciones y altares populares.
Por eso el fútbol no es solamente entretenimiento. Es una forma secular de trascendencia colectiva.
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