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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

Una misma persona, a distintas edades, (…) es alguien totalmente diferente. Pero siempre se llama igual y siempre se trata del mismo hombre“. Alexandr Solzheitsyn, escritor ruso premio nobel de literatura___. 

Desde el nacer empezamos a envejecer. Pero la vida, en la niñez y en la adolescente juventud, a la que canto Sor Ines de la Cruz, nos regocijaba de lozanía; mientras en la augusta vejez, así sea disfrutando de pensión vitalicia, se nos esfuma la belleza al otorgarnos arrugas y manchas achocolatadas en la piel, amén del cabellos canos. Envejecer origina, presumo, un aparente conflicto entre virtudes y fealdades. 

Buscando darle al envejecimiento corporal -también cerebral – un sentido, o mejor consentirlo, bajo las recomendaciones de la filósofa Martha Nussbaum, en el libro “Envejecer con sentido, conversaciones sobre el amor, las arrugas y otros pesares”(Paidós), decidí refugiarme entre silencios y soledades, en la conquista diaria de lo ético como de lo estético para vivir con los amaneceres sin sol y las lluvias del mediodía, a los que una sicologa amiga llama “Los demonios del mediodía“.

En el refugio logre, entonces, recordar con memoria de abuelo de 70s y más octubres, la existencia, en la biblioteca submarina, de dos hermosos libros de Umberto Eco: “Historia de la belleza” e “Historia de las tierras y los lugares legendarios“(ambos de Lumen). Y con ellos, me propuse ahondar en los conceptos de lo bello o estético, como de lo sublime de lo ético. Y así, comenzar a huir del ruido de las calles y de las multitudes, en la plácida espera de una generosa piel felina.

El italiano, abanderado de la semiótica (la vejez es un signo de vida buena?), sabio y tenaz, cuenta las historias de las bellezas que existen entre tantos lugares de la tierra. Pero solo deseo compartir las categorías que atribuye a filósofos como Sócrates (bien feo, que fue), y Platón, sobre la belleza. Cinco (5) categorías que aprendí manoseando tan bellos libros para ilustrar lo que acompaña el envejecer, alejado de cualquier pretensión fatua de hacer, de la propia, una obra de arte. Ahí van:

1. La belleza ideal.

2. La belleza espiritual.

3. La belleza útil o funcional.

4. La belleza como armonía y proporción.

5. La belleza como esplendor/resplandor.

El jardín del amor con la fuente de la juventud. Siglo XV

Dudo que a estas categorías de lo bello, requieran definiciones, pues cada persona, en el “libre desarrollo de la personalidad”, puede apropiarse de una u otra categoría particular para su vejez o, frugal, mezclarlas o fusionarlas para cada necesaria ocasión.

Ahora bien, sucede igual categorización con la virtud que, como componente de lo ético, ¿le puede dar sentido al envejecer? ¿Es decir, podemos seguir siendo lo mismo de impetuosos como lo fuimos en la juventud? No lo creo. Envejecer es otro reto del vivir. El gran reto, supongo. Por lo que darle sentido ético al mismo es vivir en y por lo correcto. Lo adecuado. Lo que esta etapa de la vida buena pretende, sin ninguna aspiración de convertirse en santo, en ser sagrado, de nicho. Rogado. Rezado. Implorado. Jaja!.

En este aspecto, comparto la enseñanza de la filósofa citada que, en la Introducción del libro conversado, precisa:

la vejez es experimentar, adquirir sabiduría, amar y perder, y estar más cómodos en la propia piel, por mucho que se nos torne ajada. (…). También puede tener que ver con el voluntariado, la comprensión, la guía, el redescubrimiento, el perdón y, cada vez, con más frecuencia, el olvido“.

De tales características del envejecer, a conciencia, resalto desde la experimentación ética, las siguientes: sabiduría, amar, comodidad, comprensión y olvido. Es que la vida debe alivianarse con el pasar de los años. Ser ligero es deontología pura. Una regla de estricto e imperioso cumplimiento. Además, a la vida vinimos a amar al prójimo, a ser sabios frente a lo propio y lo ajeno. ¿Acaso hay fines distintos? No. Lo otro es majadería, y no biología.

El olvido! He aquí la dura realidad del envejecer. Es una experiencia diaria. Cada día algo se olvida, como, por ejemplo: el nombre de la única hija reflejada en la nieta única o los nombres de novias que poblaron de complicidad la aventurera juventud. Los años, como los errores en el béisbol, no pasan en balde, ¡dejan huellas en la memoria que solamente admite instantes felices, memorables!

Lo que hoy vivimos no es otra cosa distinta a lo aprendido cuando educamos el pensar y el sentir. Enumero algunas:

1) dormir suficiente en lecho seguro, duro, cómodo y compartible.

2) tener mesa con alimentos nutritivos, necesarios y repartibles.

3) embriagarse con bebidas adultas, de mayoría de edad y bríndales. Y

4) complacer al mamífero para que de los ojos continúen brotando lágrimas de placer compartido.

Envejecer no es, entonces, perder el resplandor del atardecer en otoño. Contrario al pensar de los personajes, amantes al envejecer, de García Márquez en “El amor en los tiempos del cólera“, cuando se afirma que: “Si algo habían aprendido juntos, era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada”. Es saber que “la risa y el amor siempre perduran”. Otra cosa es una falsa sabiduría, que se presume por ser viejos. La vejez es brillantez natural. Regocijémonos con los años de la bella y buena vida.

La próxima: Patria, como palabra no existe en la constitución política.