Telatiroplena.com, periodismo serio, social y humano

Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología Investigador social

“Un club de fútbol no comienza en una cancha ni termina en un estadio. Comienza en un barrio, crece en una comunidad y perdura cuando sus socios descubren que defender sus colores también significa aprender a convivir como ciudadanos.” Yoyito Sabater

La intensidad de esta pertenencia se relaciona también con la estructura de los clubes argentinos. Mientras en otras ligas muchos equipos pertenecen a corporaciones, fondos de inversión o propietarios multimillonarios, buena parte de los clubes argentinos conserva la figura de asociación civil sin fines de lucro.

El socio no se considera simplemente cliente de un espectáculo. Puede participar en elecciones, asistir a asambleas, discutir decisiones institucionales y sentirse propietario de una parte simbólica del club. Aunque en la práctica existan desigualdades, clientelismo y problemas administrativos, la estructura asociativa mantiene la idea de que el club pertenece a su comunidad.

Esa diferencia es decisiva. Cuando el equipo gana, el hincha siente que ganó una institución de la cual forma parte. Cuando pierde, no experimenta la derrota de una empresa ajena, sino la caída de algo que considera suyo. La camiseta representa una propiedad sentimental que no puede reducirse al consumo de mercancías.

El club es, además, mucho más que el equipo profesional. En numerosos barrios ofrece fútbol infantil, natación, baloncesto, gimnasia, actividades culturales, espacios para adultos mayores, bibliotecas y programas comunitarios. Acompaña a las personas desde la infancia hasta la vejez y se convierte en una extensión de la familia y del vecindario.

En este sentido, los clubes han sido también escuelas informales de ciudadanía. En ellos se aprende a cooperar, competir, organizar eventos, elegir autoridades, debatir presupuestos y defender un patrimonio colectivo. No siempre cumplen de manera ejemplar esta función, pero conservan una dimensión comunitaria que contrasta con el modelo del hincha convertido exclusivamente en consumidor.

Cuando los clubes son adquiridos por capitales privados, el vínculo puede transformarse. El aficionado continúa sintiendo pasión, pero las decisiones fundamentales pasan a depender de propietarios cuyo interés principal puede ser la rentabilidad. El equipo se convierte en marca, el estadio en centro comercial y el jugador en activo financiero.

La resistencia argentina a esa transformación absoluta expresa una defensa de la pertenencia. El club no es simplemente una organización económica: es parte de la memoria social del barrio.

El aguante como ética popular

La cultura del aguante también permite comprender la profundidad de esta relación. Tener aguante significa permanecer cuando las circunstancias son adversas. No consiste únicamente en apoyar al equipo victorioso, sino en acompañarlo durante las derrotas, los descensos, las crisis económicas y los desplazamientos difíciles.

El hincha verdadero no demuestra su identidad cuando el club gana títulos, sino cuando sigue presente después de perderlos. La fidelidad adquiere así un valor moral. Abandonar al equipo en la adversidad se considera una traición no muy diferente de abandonar a un familiar o a un amigo.

Esta ética popular se encuentra vinculada al barrio, la territorialidad y determinadas formas de masculinidad. Puede producir solidaridad, resistencia y compromiso, pero también posee una dimensión problemática. Cuando el aguante se interpreta como obligación de ejercer violencia, soportar abusos o demostrar superioridad física, deja de ser lealtad y se convierte en mecanismo de exclusión.

Por ello, es necesario distinguir entre el aguante como perseverancia comunitaria y su deformación violenta. El primero permite comprender por qué un hincha se siente orgulloso de un club que no gana desde hace años. Su orgullo no depende del resultado, sino de la continuidad de la pertenencia. El segundo puede alimentar enfrentamientos, amenazas y jerarquías agresivas dentro de las tribunas.

La pasión futbolística, como toda fuerza cultural poderosa, es ambivalente. Puede proteger a la comunidad o destruirla; puede enseñar fidelidad o justificar violencia; puede construir ciudadanía o reproducir autoritarismos.

El idioma secreto de una nación

El fútbol argentino no solo produjo instituciones y rituales. También creó un idioma. Palabras como pibe, gambeta, enganche, crack, potrero, caño, capo, tronco, burro, matagigantes, rompelíneas, sombrero, rabona, pisarla, pincharla, apilar, bochazo, toqueteo, lujo bancar, poner huevos, meter, y aguante forman parte del español rioplatense y han trascendido ampliamente el escenario deportivo.

Ese vocabulario funciona como una contraseña identitaria. Dos argentinos que se encuentran en cualquier lugar del mundo pueden reconocerse mediante referencias futbolísticas, nombres de clubes o expresiones asociadas al juego. El fútbol ofrece un código común que atraviesa generaciones, regiones y clases sociales.

Pero su influencia va todavía más lejos. Muchas expresiones futbolísticas sirven para interpretar ámbitos completamente distintos. En política se habla de jugar para la tribuna, meter un gol en contra o cambiar las reglas a mitad del partido. En el trabajo se pide transpirar la camiseta, ponerse el equipo al hombro o no quedarse en el banco. En las relaciones personales se gambetean problemas, se marcan límites y se enfrentan tiempos suplementarios.

El lenguaje futbolístico organiza así una parte de la percepción social. No solo permite hablar del juego; convierte el juego en metáfora de la vida. La sociedad se piensa mediante las categorías que el fútbol ha instalado en su habla cotidiana.

Esta producción lingüística confirma que el fútbol no es un elemento superficial de la cultura argentina. Ha penetrado las estructuras mediante las cuales el país interpreta el esfuerzo, el éxito, la derrota, la lealtad y la competencia.

El fútbol criollo como estética de la nación

Eduardo Archetti estudió la manera en que Argentina construyó el mito del fútbol criollo. Frente a la supuesta disciplina física y racional del juego británico, el jugador argentino fue representado como creativo, imprevisible, astuto y habilidoso. La escuela inglesa fue sustituida simbólicamente por el potrero; la fuerza, por la gambeta; el método, por la inspiración del pibe.

Esta oposición no describe de manera objetiva todos los estilos futbolísticos. Es una narrativa cultural mediante la cual Argentina decidió imaginarse a sí misma. El fútbol criollo expresa una identidad deseada: una nación capaz de compensar sus limitaciones materiales mediante inteligencia, picardía y creatividad.

Por eso no siempre basta con ganar. En el imaginario argentino existe la expectativa de ganar jugando de una forma reconocible. El triunfo debe contener belleza, personalidad y cierta capacidad de humillar estéticamente al adversario. Una victoria puramente defensiva puede ser aceptada, pero no necesariamente admirada.

Maradona encarnó la culminación de esa mitología. Messi la transformó y la universalizó. Ambos, con personalidades distintas, mostraron que un cuerpo pequeño podía desorganizar estructuras diseñadas para contenerlo. La gambeta se convirtió así en una metáfora de supervivencia: crear una salida cuando el espacio parece cerrado.

Esa estética posee una dimensión social. En sociedades marcadas por crisis recurrentes, improvisar, adaptarse y encontrar caminos inesperados constituye una experiencia cotidiana. El jugador que gambetea rivales representa al ciudadano que aprende a sortear obstáculos económicos, burocráticos y políticos.

Cuando el poder captura la pasión

La capacidad del fútbol para producir identidad y emoción también lo convierte en objeto de apropiación política. El Mundial de 1978 mostró de forma dramática cómo un régimen autoritario podía utilizar una pasión popular legítima para construir una imagen de unidad y normalidad.

La dictadura militar comprendió que el fútbol podía generar un nosotros nacional capaz de ocultar momentáneamente la violencia política. Mientras las calles se llenaban de banderas y celebraciones, continuaban funcionando los centros clandestinos de detención. La victoria deportiva fue empleada para proyectar hacia el exterior una imagen de orden y, hacia el interior, una sensación de unidad que silenciara temporalmente los conflictos.

Sin embargo, sería simplista concluir que quienes celebraron apoyaban necesariamente al régimen. La alegría popular tenía una autenticidad propia y no puede reducirse a la propaganda estatal. Precisamente allí reside la complejidad: una emoción genuina puede ser instrumentalizada por un poder que no la creó, pero que sabe cómo aprovecharla.

El fútbol no posee una ideología predeterminada. Puede ser utilizado por dictaduras y democracias, por gobiernos progresistas y conservadores, por movimientos populares y corporaciones globales. Su capacidad movilizadora es un territorio en disputa.

Por eso resulta indispensable analizarlo críticamente. Idealizarlo impediría observar la violencia, el racismo, la corrupción, el machismo y la manipulación política que pueden desarrollarse en su interior. Despreciarlo como simple opio popular impediría comprender su capacidad para producir comunidad, memoria y solidaridad.

El fútbol es simultáneamente refugio y mercancía, resistencia y espectáculo, ciudadanía y control. Su riqueza sociológica se encuentra precisamente en esa contradicción.

La última religión verdaderamente popular

Eduardo Galeano describió el fútbol como uno de los últimos rituales colectivos del mundo moderno. En sociedades donde la experiencia cotidiana se encuentra cada vez más individualizada, el estadio conserva la posibilidad de una emoción compartida. Allí las personas todavía cantan juntas, lloran juntas y se abrazan sin conocerse.

En Argentina, esa condición alcanza una intensidad excepcional porque el fútbol no llegó simplemente a ocupar un espacio cultural existente. Participó en la construcción misma de la comunidad nacional. Unificó parcialmente a hijos de inmigrantes, vinculó identidades barriales y proporcionó símbolos comunes a una sociedad que estaba inventándose.

La religión futbolística argentina no posee un único dios. Maradona ocupa el lugar más evidente, pero también existen santos locales, entrenadores venerados, estadios convertidos en templos y partidos recordados como episodios fundacionales. Cada club posee su propio calendario sagrado, sus mártires, sus milagros y sus traiciones.

El fútbol ofrece asimismo una promesa de resurrección. Después de cada derrota existe otro campeonato. Después de un descenso puede llegar el ascenso. Después de una generación frustrada puede aparecer un nuevo talento. La esperanza nunca desaparece completamente porque el calendario siempre ofrece una próxima fecha.

Esta estructura temporal es profundamente religiosa. El sufrimiento presente encuentra sentido en la posibilidad de una redención futura. El hincha soporta años de frustración porque cree que algún día llegará el partido capaz de justificar toda la espera.

El hombre que llora en la tribuna

Entonces podemos regresar a la pregunta inicial: ¿por qué llora un hombre de cincuenta años en una tribuna como si hubiera perdido o recuperado algo esencial?

Llora porque el partido ha activado una memoria que desborda el resultado. Llora por el padre que lo llevó de niño al estadio y que quizá ya no está. Llora por el barrio que cambió, por los amigos con quienes compartió derrotas, por la camiseta que heredó y por la sensación de pertenecer a una historia más extensa que su propia vida.

Puede llorar porque durante años perdió la fe en gobiernos, instituciones y promesas, pero todavía conserva la fe en esos colores. Puede llorar porque el club representa una continuidad en medio de un mundo cambiante. Puede llorar porque, por un instante, miles de personas desconocidas se abrazan y le recuerdan que no está solo.

No llora únicamente por una pelota que entró en un arco. Llora porque ese gol reorganiza el tiempo. Une al niño que fue con el adulto que es; reúne a los vivos con los ausentes; transforma una experiencia privada en celebración colectiva.

El fútbol argentino cumple así una función que pocas instituciones contemporáneas consiguen mantener. Produce un nosotros. Un nosotros contradictorio, a veces violento, manipulable y excluyente, pero también profundamente afectivo, comunitario y persistente.

Por eso la Iglesia Maradoniana no es solamente una curiosidad. Es el síntoma extremo de una cultura que encontró en el fútbol una forma de trascendencia. Maradona fue divinizado porque encarnó el sueño de los postergados; los clubes son defendidos porque conservan la memoria de los barrios; la selección es venerada porque representa una comunidad que sobrevive incluso cuando otras instituciones se derrumban.

En Argentina, la pelota no solo inventó una nación. También le ofreció rituales para reconocerse, palabras para narrarse, héroes para imaginarse y una esperanza a la cual regresar después de cada crisis.

Por eso, cuando un argentino llora en una tribuna, no está llorando solamente por fútbol.

Está llorando porque, durante noventa minutos, volvió a creer que pertenecía a algo.

Y porque, en un mundo donde tantas instituciones han dejado de cumplir sus promesas, el fútbol todavía puede devolverle una memoria, una comunidad y una razón para esperar.

Cita al cierre: “Las naciones no solo se construyen en los congresos ni en los campos de batalla; también se forjan en los clubes de barrio, donde miles de niños aprenden que pertenecer no significa excluir, sino cuidar juntos un patrimonio común. Quizá por eso Argentina entendió antes que muchos que un club no es una empresa: es una comunidad que educa ciudadanos antes que consumidores.”

Yoyito Sabater

Referencias bibliográficas

Alabarces, P., Zucal, J. G., & Moreira, M. V. (2008). El” aguante” y las hinchadas argentinas: una relación violenta. Horizontes antropológicos, 14(30), 113-136.

Alabarces, P. (2013). Fútbol, leonas, rugbiers y patria. El nacionalismo deportivo y las mercancías. en la revista Nueva Sociedad, (248).

Alabarces, P. (2014). Héroes, machos y patriotas: El fútbol entre la violencia y los medios. Aguilar.

Alabarces, P. (2018). Historia mínima del fútbol en América Latina. El Colegio de Mexico AC.

Alabarces, P. (2021). Maradona: mito popular, símbolo peronista, voz plebeya. Papeles de identidad: Contar la investigación de frontera, (1), 12.

Alabarces, P. (2023). Fútbol y patria: el fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina. Prometeo.

Anderson, B. (2021). Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de cultura económica.

Archetti, E. P. (1995). Estilo y virtudes masculinas en El Gráfico: la creación del imaginario del fútbol argentino. Desarrollo económico, 419-442.

Archetti, E. P. (2004). El mundial de fútbol de 1978 en Argentina: victoria deportiva y derrota moral. Memoria y civilización, 7, 175-194.

Archetti, E. P. (2008). El potrero y el pibe: territorio y pertenencia en el imaginario del fútbol argentino. Horizontes antropológicos, 14, 259-282.

Bourdieu, P., & Sidicaro, R. D. (2003). Los herederos los estudiantes y la cultura.

Bourdieu, P. (2016). La distinción: criterio y bases sociales del gusto. taurus.

Durkheim, É. (2021). Las formas elementales de la vida religiosa.

Galeano, E. (2004). Fútbol: una industria caníbal. Efdeportes. com, 1-3.

Galeano, E. (2010). El fútbol a sol y sombra (2010). Siglo XXI de España Editores.

Galeano, E. (2018). Las figuras del fútbol: un acercamiento desde el análisis del discurso. Investigaciones en filosofía y cultura en Colombia y América Latina, 243.

Galeano, E. (2019). Cerrado por fútbol. Siglo XXI editores.

Gramsci, A., & Kohan, N. (1999). Antonio Gramsci. ElecBook, the Electric Book Company.

Zucal, J. G. (2007). ” Haciendo amigos a las pin̋as”: violencia y redes sociales de una hinchada del fútbol. Prometeo Libros Editorial.