Por: Manuel Raad Berrío

El pasado 7 de agosto, recién impuesta la banda tricolor en el nuevo Presidente, ocurrió en Cali algo más antiguo que la República y, al tiempo, nuevo en las posesiones presidenciales: un rabino, un pastor evangélico y un sacerdote católico elevaron, a una sola voz, una plegaria común. No compitieron por el micrófono, se turnaron la esperanza. Tres credos que otrora se habrían disputado a fuego, cabían esa tarde en un mismo minuto de silencio. La imagen valía más que el juramento: no un dios oficial, sino muchos altares conviviendo bajo un mismo techo cívico.

Me hubiera gustado aún más que al estilo del funeral de Mevlana (Rumi), por lo menos hubieran participado también un Imán musulmán, y un representante de los credos indígenas, quizá un palabrero o un chamán, una muestra un poco más amplia de la riqueza espiritual, base del Crisol llamado Colombia. Pero aún sin ellos, la triada presentada, me resulta desde el optimismo una bella alegoría al Coro más amplio que en el futuro debe poder cantar para el país.

Y esto me da la excusa para hablar de la Nueva Ciudad. Expresión que suelo usar metafóricamente para referenciar a eso que se parece al ayer y, sin embargo, ya no es lo mismo. La plaza pública es la de siempre (el ágora, el atrio, el estrado), pero algo cambió en ella. Y la pregunta de fondo, la única que importa, vuelve a formularse: ¿qué es lo diferente? Lo diferente es que la libertad de cultos dejó de ser una concesión para volverse un paisaje: no la tolerancia de una fe hacia las demás, sino la coexistencia de todas sin que ninguna reine.

Frente a esa convivencia se levanta, no obstante, otro imperio silencioso: el de un ateísmo que ya no se contenta con no creer, sino que aspira a que nadie crea en voz alta. No hablo de la sana laicidad del Estado (esa neutralidad que no bautiza ni excomulga a nadie), sino de su caricatura militante: la pretensión de barrer todo signo religioso del espacio compartido, como si la fe fuese una mancha y la plaza, un quirófano. Su dogma es no tener dogma; su culto, la ausencia de culto. Y así, en nombre de vaciar la plaza de altares, termina por consagrar el único altar que no admite discusión: el de la supuesta asepsia de la nada.

Y no es una amenaza abstracta. En esta misma posesión, una representante a la Cámara se retiró del recinto invocando la neutralidad del Estado laico recordando la sentencia de Constitucionalidad C-350 de 1994 que declaró la inconstitucionalidad de las Leyes 33 de 1927 y 1ª de 1952 que consagraban el País al Sagrado Corazón de Jesús, y es justamente ese el debate: el Estado debe ser neutral, pero neutralidad no es vaciamiento.

Jean Baudrillard advirtió que la lucha política contemporánea se libra, ante todo, como una guerra de símbolos en los medios de comunicación: gana quien administra el signo, no siempre quien tiene la razón. Habría que añadir (y en la cultura), porque el símbolo no muere cuando se apaga la pantalla; migra al gesto cotidiano, a lo que se puede decir en una escuela, a lo que se permite nombrar en una ley. La disputa de nuestro tiempo no es entre creyentes y descreídos: es entre quienes admiten muchos símbolos en la plaza y quienes quieren una plaza sin símbolos. Y una plaza sin símbolos no es neutral; es un símbolo también, el más autoritario de todos, porque se disfraza de vacío.

De ahí que aquella plegaria a tres voces sea, en clave baudrillardiana, un acto profundamente político. No porque mezcle el trono y el altar, error histórico aprendido, sino porque afirma, en el terreno de los signos, que lo diverso puede compartir el mismo aire sin destruirse. El rabino no convirtió al presbítero; el pastor no silenció al rabino. Se demostró, en un minuto, que la pluralidad no es ruido: es una polifonía que sabe callar para que nazca el diálogo.

Pero conviene un deslinde, para no caer en la caricatura contraria: que quepan muchos altares no significa que todo altar sea legítimo por el solo hecho de erigirse. La libertad de cultos abre la plaza a las fes; no las iguala a todas ni convierte cualquier autoproclamación en religión. También en la vida del espíritu hay antagonismos y falsas religiones que compiten con la idea misma de la libertad y la Democracia: sectas que esclavizan donde dicen liberar (nuevos mesianismos y egoísmos, que bajo ropas civilistas, ocupan el lugar de las religiones). Donde la Religión reúne y ama, la Secta separa y odia, el filtro es la apuesta por la común-unidad (la comunidad). Por esto, pluralidad no es indistinción: acoger muchas voces no obliga a fingir que todas pesan lo mismo, ni a confundir la plegaria con el embauco, o a la Justicia con la demagogia.

La Nueva Ciudad no necesita elegir entre el fanático que impone “su dios” y el iconoclasta que prohíbe todos “los dioses”. Ambos, en el fondo, comparten el mismo vicio: creen que en la plaza solo cabe uno. La libertad de cultos propone lo contrario (que quepan todos, y también quienes no creen en ninguno), porque la verdadera laicidad no expulsa lo sagrado del espacio público, lo ampara y le hace sitio: una laicidad positiva que reconoce en la vida espiritual una dimensión de lo humano, sin adherir a ningún credo.

Cada gran Religión se ha manifestado en la Arquitectura y en el Urbanismo: la ubicación del templo, el trazado de las calles y el perfil urbano han obedecido a las reglas dictadas por la Religión imperante, ahora, ¿podemos atrevernos a imaginar cómo sería la ciudad soñada de la libertad de cultos? No puedo evitar pensar en un gran edificio circular con múltiples puertas, cada una da acceso a un templo, y todos los templos dan a un patio central común donde todos los cultos puedan encontrarse y compartir.

Que nadie confunda, entonces, la libertad con la asepsia. Una ciudad libre no es la que ha borrado sus templos, sino la que ha aprendido a levantar muchos sin derribar ninguno. La proscripción, aun la que se proclama ilustrada, siempre empieza igual: apagando una voz para que se escuche mejor el silencio propio.

La estampa de Cali durará más que el discurso que la siguió. Nos dejó una lección con forma de imagen: en la Nueva Ciudad, las religiones ya no se deben disputar la plaza; la deben compartir y prosperar en ella. Y quien pretenda vaciarla en nombre de la razón o del odio, haría bien en recordar que también el vacío, cuando se impone, tiene su templo, sus sacerdotes y su catecismo. No sé si este es el mensaje que planeó el nuevo Presidente, pero la belleza de los símbolos radica tanto en el ojo que observa como en la piedra en que se esculpen.