
Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social.
Terminamos la serie sobre la identidad argentina o argentinidad, surgida de la pasión por el fútbol. En esta ocasión nos ocupamos de la singular manera dialectal de pronunciación o entonación del español porteño o rioplatense. Empezamos por decir que la manera de hablar de un pueblo nunca es un accidente. En cada acento sobreviven antiguos desplazamientos humanos; en cada palabra prestada queda la huella de algún encuentro, y en cada gesto puede esconderse la memoria de quienes atravesaron océanos buscando una vida diferente. El español hablado en Argentina — particularmente la variedad rioplatense — constituye uno de los ejemplos más fascinantes de cómo las migraciones transforman una lengua y, al hacerlo, contribuyen a crear una identidad colectiva. (Devoto, 2003)
¿Por qué muchos argentinos hablan con una entonación que a los extranjeros les parece italiana? ¿Por qué acompañan sus palabras con movimientos expresivos de las manos? ¿De dónde provienen voces tan cotidianas como chau, laburo, fiaca, pibe o morfar? Las respuestas conducen a una de las grandes migraciones transatlánticas de los siglos XIX y XX.
Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, Argentina recibió millones de inmigrantes europeos. Los italianos constituyeron el contingente nacional más numeroso y se establecieron especialmente en Buenos Aires, Rosario, La Plata y otras ciudades del litoral. Procedían de distintas regiones —Piamonte, Lombardía, Liguria, Véneto, Campania, Calabria y Sicilia— y no hablaban necesariamente un italiano uniforme. Muchos utilizaban principalmente las lenguas o variedades regionales de sus lugares de origen.
Por eso, lo ocurrido en Argentina no fue el simple contacto entre dos idiomas homogéneos, el español y el italiano, sino el encuentro entre numerosas maneras de hablar, interpretar el mundo y relacionarse con los demás. Buenos Aires se convirtió en un extraordinario laboratorio intercultural donde convivían españoles, italianos, criollos, afro argentinos y migrantes de distintas procedencias.
Para hacer un estudio profundo del español en Argentina, tenemos que estudiar la obra de Beatriz Fontanella de Weinberg una extraordinaria lingüista y Birdwhistell (1952) & Desmond Morris et al (1979) especialistas en lenguaje gestual. Explican el fenómeno de dialecto rioplatense o porteño de forma extraordinaria. Fontanella de Weinberg, (1979) es la autoridad máxima que investigó el español rioplatense y explicó que gran parte de su identidad viene de la inmigración italiana. Y Morris es el que catalogó los gestos italianos que Argentina heredó.
Por la inmigración italiana, en Argentina se habla mucho con las manos. Es uno de los españoles más kinésicos del mundo.Tres gestos clave que son léxico puro en Argentina: 1. El “fingers purse” o la manito en capilla ????: dedos juntos hacia arriba moviéndose. 2. En Argentina no es solo “¿qué me decís?”, es “¿me estás jodiendo? / ¡no te puedo creer!”. 3. Reemplaza una frase entera. El toque en el codo: para decir “es un rata / es tacaño”. El golpecito en la mejilla con el dedo: para decir “es un caradura / qué cara dura”[i].
El voseo, el lunfardo y el gesto funcionan juntos. No puedes explicar “che, ¿viste?” sin el gesto de cabeza y mano que lo acompaña.
El cocoliche: hablar para poder encontrarse
Uno de los primeros resultados de ese contacto fue el llamado cocoliche. Se trataba de un conjunto inestable de formas de habla surgidas cuando los inmigrantes italianos intentaban comunicarse en español, pero conservaban parte de la pronunciación, el vocabulario y las estructuras de sus lenguas originarias.
El cocoliche no fue propiamente un idioma codificado. Tampoco era una mezcla uniforme utilizada de igual manera por todos. Cada hablante construía, de alguna forma, su propia solución comunicativa. Podían aparecer expresiones en las que una palabra italiana se incorporaba a una oración española o frases castellanas pronunciadas con una fonética marcadamente itálica.
Esta forma de comunicación llegó al teatro popular mediante personajes que representaban al inmigrante italiano. Con frecuencia se empleó como recurso humorístico y, en ocasiones, reprodujo estereotipos sociales. Sin embargo, detrás de aquella comicidad había un fenómeno humano mucho más profundo: miles de personas se esforzaban por integrarse a una sociedad nueva sin desprenderse completamente de su memoria lingüística. (Di Tullio, 2003)
El cocoliche fue desapareciendo a medida que los hijos y nietos de los inmigrantes adoptaron el español como primera lengua. Pero su desaparición no significó que el contacto italiano se borrara. Parte de sus ritmos, palabras y recursos expresivos permaneció en el español rioplatense y, particularmente, en el lunfardo. La Universidad de Buenos Aires describe precisamente el cocoliche como una variedad inmigratoria inestable y el lunfardo como un vocabulario urbano en cuyo repertorio inicial tuvieron gran presencia voces genovesas, toscanas, napolitanas y de otras variedades itálicas[ii].
El lunfardo: un archivo popular de la migración
El lunfardo surgió en las ciudades del Río de la Plata a finales del siglo XIX. Aunque durante mucho tiempo fue asociado exclusivamente con el delito, las cárceles o los “bajos fondos”, hoy se reconoce como un repertorio léxico mucho más amplio, formado en los espacios populares donde convivieron inmigrantes, trabajadores, comerciantes, marineros, músicos y habitantes de los barrios periféricos. (Conde, 2011)
En él quedaron palabras procedentes de lenguas itálicas, pero también voces africanas, indígenas, portuguesas, francesas, inglesas, del caló y del propio español rural y urbano. El lunfardo no es, por tanto, una lengua aparte ni una creación exclusivamente italiana: es un vocabulario intercultural nacido del contacto social. (Ennis, 2015)
Algunos italianismos se integraron tan profundamente al habla cotidiana que muchos argentinos ya no perciben su procedencia. Chau proviene de ciao; laburo se relaciona con lavoro; fiaca, con fiacca; y morfar, con voces del habla popular italiana vinculadas con comer. Otros términos, como pibe o mina, presentan historias etimológicas más discutidas y deben tratarse con prudencia.
No todas las palabras consideradas “italianas” lo son. Quilombo, por ejemplo, tiene origen africano y procede del ámbito lingüístico bantú. Gil suele relacionarse con el caló, mientras que las explicaciones populares sobre el origen de atorrante —como aquella que lo vincula con unos supuestos tubos “A. Torrent”— carecen de suficiente respaldo documental. Estas precisiones no disminuyen la importancia del aporte italiano; muestran que el habla argentina es el resultado de una convergencia cultural todavía más compleja.
El tango fue decisivo para que el lunfardo saliera de sus espacios iniciales. Sus compositores convirtieron la palabra popular en materia poética. El barrio, el amor, la pobreza, la traición, el trabajo y la nostalgia encontraron una voz propia. De este modo, un vocabulario surgido en los márgenes alcanzó los teatros, la radio, el cine y, finalmente, una proyección internacional.
El lunfardo representa así una forma de democratización lingüística: palabras inicialmente despreciadas por las élites ingresaron a la cultura nacional y terminaron siendo reconocidas como signos de identidad.
Una melodía que atravesó el Atlántico
La influencia italiana no se limitó al vocabulario. Diversos estudios han observado semejanzas entre la entonación porteña y ciertos patrones prosódicos italianos. La prosodia es la melodía del habla: las subidas y bajadas de la voz, el ritmo, las pausas y la manera de destacar determinadas sílabas.: (Colantoni & Gurlekian, 2004)
Cuando los inmigrantes aprendieron español, no abandonaron inmediatamente los patrones melódicos de sus lenguas anteriores. Las generaciones siguientes ya hablaron español como lengua materna, pero crecieron en hogares y barrios atravesados por aquellas entonaciones. El contacto prolongado contribuyó así a modelar la cadencia característica de Buenos Aires.
Esto no significa que el español argentino sea “italiano hablado con palabras españolas”. El rioplatense conserva una estructura fundamentalmente hispánica y posee rasgos anteriores o independientes de la inmigración italiana. El voseo, por ejemplo, procede de la historia interna del español y ya existía en América mucho antes de las grandes migraciones. Formas como vos querés, vos sabés y vos podés no fueron creadas por los italianos, aunque se desarrollaron dentro de una sociedad cuya entonación sí estaba siendo transformada por el contacto migratorio. La Real Academia Española reconoce el uso de vos como tratamiento informal generalizado en Argentina y Paraguay.
También conviene evitar atribuir automáticamente al italiano el yeísmo rehilado —la pronunciación de yo o calle con sonidos cercanos a “sh” o “zh”—. Su historia es compleja y no existe consenso para explicarlo como una consecuencia directa de una sola lengua inmigrante. La interculturalidad lingüística rara vez funciona mediante relaciones simples de causa y efecto.
Hablar también es mover el cuerpo
La comunicación no ocurre únicamente mediante palabras. Los gestos, las miradas, las distancias corporales y las modulaciones de la voz también producen significado. En la cultura argentina, especialmente en las grandes ciudades del Río de la Plata, resulta evidente el empleo expresivo de las manos durante la conversación. Este fenómeno paralingüístico fue investigado por Pease, (1981).
La inmigración italiana contribuyó a consolidar esta dimensión gestual. Algunos movimientos conservan semejanzas con prácticas italianas: reunir las puntas de los dedos para preguntar “¿qué querés?” o expresar desconcierto; mover la mano para intensificar una reclamación; o utilizar los dedos como medida de una pequeña cantidad.
Pero tampoco en este caso debe hablarse de una copia mecánica. Los gestos italianos fueron reinterpretados en un contexto distinto. Al relacionarse con prácticas criollas, españolas, afro argentinas e indígenas, adquirieron sentidos locales. La cultura receptora no permaneció pasiva y los inmigrantes tampoco conservaron intactas sus costumbres: ambos se transformaron.
Eso es precisamente la interculturalidad. No consiste en colocar culturas diferentes una al lado de la otra, como piezas aisladas de un museo. Es un proceso de interacción mediante el cual las personas negocian sentidos, modifican sus prácticas y producen expresiones nuevas. El español rioplatense no pertenece exclusivamente a España ni a Italia: pertenece a la comunidad que lo creó históricamente a partir de esos encuentros.
La comida también habla
La influencia italiana se escucha igualmente alrededor de la mesa. Palabras como fainá, vinculada con la tradición genovesa de la fainâ, y fugazza, relacionada con la focaccia, muestran cómo una práctica gastronómica puede viajar, adaptarse y adquirir una identidad nueva.
La pizza argentina ya no es simplemente la reproducción de la pizza italiana. Sus variantes al molde, su abundancia de queso, la fugazzeta rellena y la costumbre porteña de acompañarla con fainá constituyen reelaboraciones locales. Lo mismo puede decirse de las pastas dominicales, la milanesa, los helados y numerosas costumbres familiares.
La comida funciona aquí como una lengua cultural. Conserva la memoria del país abandonado, pero también expresa la pertenencia al país de llegada. Cuando una familia argentina se reúne un domingo alrededor de los ravioles o los tallarines, participa de una tradición que ya no es exclusivamente italiana: se ha convertido en una práctica nacional mediante un prolongado proceso de apropiación y resignificación.
No existe una sola manera de hablar argentino
Aunque el acento porteño se ha proyectado internacionalmente a través del tango, el cine, la televisión y el fútbol, no representa toda la diversidad lingüística del país. Argentina contiene numerosas geografías culturales.
En el noroeste sobreviven influencias quechuas y otras herencias andinas; en el nordeste resulta fundamental la presencia del guaraní; en las zonas fronterizas se producen contactos con el portugués; y en otras regiones aparecen rasgos asociados con tradiciones mapuches, rurales, cuyanas o patagónicas. Rosario, Córdoba, Mendoza, Salta y Buenos Aires no poseen exactamente la misma entonación ni el mismo vocabulario. (Fontanella de Weinberg, 1987)
Hablar de identidad argentina exige, por tanto, evitar que lo porteño se convierta en la medida única de lo nacional. El aporte italiano es fundamental, pero forma parte de una historia más extensa que incluye a los pueblos originarios, la población afrodescendiente, las migraciones latinoamericanas y caribeñas y las nuevas comunidades asiáticas y africanas.
Una identidad construida en plural
La principal enseñanza de esta historia es que las identidades nacionales no son realidades puras, inmóviles ni eternas. Se construyen mediante desplazamientos, conflictos, intercambios, exclusiones y reconocimientos. Argentina no recibió simplemente a millones de italianos: se transformó con ellos, mientras aquellos inmigrantes también se convertían en argentinos.
La lengua conserva esa transformación. Cada vez que alguien dice chau, habla de laburo, confiesa que tiene fiaca, propone ir a morfar o acompaña una pregunta con las manos, pone en movimiento una memoria colectiva. No reproduce intacta la cultura de sus antepasados, sino una creación nueva nacida de la convivencia.
Por eso, el español rioplatense puede entenderse como un patrimonio intercultural. Es un archivo vivo de migraciones, aprendizajes y luchas por pertenecer. También recuerda que ninguna lengua se debilita por entrar en contacto con otras. Por el contrario, las lenguas se renuevan cuando sus hablantes encuentran formas diferentes de nombrar el mundo.
Cuando alguien afirma que un argentino “suena italiano”, percibe una parte verdadera de la historia, pero no toda. Lo que escucha es algo más complejo: una voz rioplatense en la que dialogan Europa, América y África; una voz formada en los puertos, los conventillos, las fábricas, las cocinas, los teatros y los barrios; una voz que convirtió la experiencia migratoria en identidad.
La Argentina habla como habla porque su historia también aprendió a pronunciarse en plural.
Referencias bibliográficas
Birdwhistell, R. L. (1952). Introduction to kinesics:(An annotation system for analysis of body motion and gesture). Department of State, Foreign Service Institute.
Colantoni, L., & Gurlekian, J. (2004). Convergence and intonation: Historical evidence from Buenos Aires Spanish. Bilingualism: Language and Cognition, 7(2), 107–119. https://doi.org/10.1017/S1366728904001488
Conde, O. (2011). Diccionario etimológico del lunfardo (2.ª ed. corregida y aumentada). Taurus.
Devoto, F. (2003). Historia de la inmigración en la Argentina. Sudamericana.
Di Tullio, Á. (2003). Políticas lingüísticas e inmigración: El caso argentino. Eudeba.
Ennis, J. A. (2015). Italian-Spanish contact in early 20th century Argentina. Journal of Language Contact, 8(1), 112–145. https://doi.org/10.1163/19552629-00801006
Fontanella de Weinberg, M. B. (1987). El español bonaerense: Cuatro siglos de evolución lingüística. Hachette.
Fontanella de Weinberg, M. B. (1979). La asimilación lingüística de los inmigrantes: mantenimiento y cambio de la lengua en el sudoeste bonaerense.
Morris, D., with Collett, Marsh and O’Shaughnessy, Gestures, their Origins and Distribution, Cape, London, 1979
Pease, A. (1981). Body language. Camel Publishing Company,.
[i] Diccionario panhispánico de dudas
[ii] Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires

