Por: Ricardo Enrique Sandoval Barros

En la madrugada del lunes 9 de abril de 1945, Dietrich Bonhoeffer —quien el día anterior había dirigido un servicio religioso a petición de sus compañeros de presidio— fue ejecutado en la horca. Antes de ello, tuvo que desnudarse para subir al cadalso. Sus últimas palabras fueron: «Este es el fin; para mí, el principio de la vida». El médico del campo de prisioneros, testigo de la ejecución, anotó: «Se arrodilló a orar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor, nunca vi morir a un hombre tan entregado a la voluntad de Dios». Su cadáver fue incinerado. Bonhoeffer es reconocido ampliamente como un mártir de la fe.

En la década de 1990, el gobierno alemán lo absolvió de cualquier crimen, al revisar su caso y reconocer la injusticia de los cargos que se le habían imputado durante el régimen nazi. Su testimonio de coherencia, valentía y compromiso espiritual ha dejado una profunda huella en diversas tradiciones cristianas. El calendario oficial de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos de América lo conmemora cada 9 de abril, fecha en la que se recuerda su martirio y su legado teológico, ético y pastoral, el cual continúa inspirando a creyentes y estudiosos de todo el mundo.

Se ha debatido ampliamente sobre como la relación entre sus convicciones religiosas, sus actuaciones políticas y la promulgación de su teoría de la estupidez, fueron factores que contribuyeron a su muerte. Diversos autores —entre ellos, destaca Larry Rasmussen— sostienen que, a mediados de la década de 1930, Bonhoeffer abandonó la protesta pacifica, lo que hace suponer que participo en los planes para asesinar a Hitler, tal como afirmaron quienes lo ejecutaron.

La realidad es que Bonhoeffer llevaba un año encarcelado cuando algunos miembros de la resistencia alemana atentaron contra el Führer. No existe evidencia que demuestre su participación directa en el violento plan de los militares golpistas. Por estas razones, autores como Mark Thiessen Nation, Anthony G. Siegrist y Daniel P. Umbel sostienen que Dietrich Bonhoeffer no promovió ni participó en el intento de asesinato de Hitler; lo que sí está documentado es que defendió a los judíos y fue un férreo crítico del nazismo.

También, se señala que la divulgación de su teoría de la estupidez pudo haber contribuido a la percepción negativa que se hizo el régimen nazi de Bonhoeffer. En su teoría Dietrich Bonhoeffer describe la estupidez no como una falta de inteligencia, sino como un defecto moral y social que surge bajo dinámicas de poder. Según él, las personas se vuelven incapaces de pensar críticamente y se hacen vulnerables a consignas y manipulaciones, convirtiéndose así en instrumentos del mal.

Para Bonhoeffer, los estúpidos resultan más peligrosos que los malvados, pues son inmunes a la razón y a la protesta. Su teoría desarrollada durante su encarcelamiento, es una alerta sobre que la estupidez crece en contextos grupales, alimentada por el conformismo y la propaganda, que paraliza la conciencia y permite la expansión del daño colectivo.

La “estupidez”, según Bonhoeffer, no es una carencia de inteligencia, sino una incapacidad ética para juzgar por cuenta propia, resultado de ceder la autonomía personal al pensamiento ajeno. Surge especialmente en contextos dominados por estructuras de poder —políticas, sociales y religiosas— que moldean y manipulan a los individuos, quienes terminan refugiándose en eslóganes y lemas en lugar de ejercer un pensamiento crítico. En este sentido, la estupidez se convierte en un fenómeno social antes que individual, alimentado por el conformismo, la propaganda y la presión grupal.

Advierte Bonhoeffer que la estupidez es más peligrosa que la maldad, pues mientras la maldad puede identificarse y enfrentarse, la estupidez se blinda contra los hechos y la razón, transformándose en un arma sin conciencia. La persona estúpida suele sentirse satisfecha de sus certezas, reacciona con irritación ante cualquier cuestionamiento y rechaza toda evidencia que contradiga sus prejuicios. Superar este estado requiere una profunda liberación interior que restablezca la capacidad de juicio, es un proceso arduo y recuperar la cordura es poco frecuente, para la persona que ha sido absorbida por la dinámica de la estupidez.

Bonhoeffer formuló las “leyes fundamentales de la estupidez”, las cuales utiliza para describir la sorprendente persistencia y el impacto social de este fenómeno:

Primera Ley Fundamental: Siempre, e inevitablemente, todos subestiman el número de individuos estúpidos que existen en circulación. Con esta idea se subraya que la presencia de la estupidez en la sociedad es mucho mayor de lo que la mayoría imagina. No importa el entorno —académico, político, religioso o profesional—: siempre hay más personas actuando de manera irracional y moralmente ciega. Esta ley advierte sobre la necesidad de no confiar demasiado en que la sensatez prevalecerá por sí sola.

Segunda Ley Fundamental: La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de esa persona. Esta afirmación, tan provocadora como penetrante, señala que la estupidez no distingue nivel educativo, clase social, profesión, edad o ideología. Puede manifestarse en cualquier individuo, sin importar su formación o prestigio. La ley sugiere que la estupidez es una condición humana transversal, capaz de aparecer en los ámbitos más inesperados y en personas que, en otras áreas de su vida, pueden parecer competentes e inteligentes.

En conjunto, estas leyes buscan mostrar que la estupidez no es una excepción, sino un elemento estructural de la vida social, cuyo poder y riesgo muchas veces son subestimados. Bonhoeffer desarrolló sus reflexiones sobre la estupidez en medio de su resistencia al nazismo, observando cómo una sociedad entera podía ser arrastrada a la ceguera moral por la presión política y la propaganda ideológica. Aunque estas ideas surgieron en un contexto histórico concreto, siguen siendo sorprendentemente actuales para comprender cómo las dinámicas sociales pueden fomentar la pérdida del juicio crítico y la conformidad acrítica.

Para Bonhoeffer, es un defecto moral y social que se propaga especialmente en grupos y multitudes. Las personas, renuncian a su autonomía interior, reemplazan argumentos con lemas y permiten que la propaganda obnubile el pensamiento. Cuando este fenómeno se instala, la sociedad se vuelve mas vulnerable. Bonhoeffer sostiene que la estupidez puede superarse, aunque no por la fuerza ni por la mera argumentación racional. La verdadera esperanza radica en la liberación interior de la persona, en la recuperación de la responsabilidad propia y en el fortalecimiento de una conciencia capaz de resistir la manipulación. Este proceso, aunque difícil, es esencial para impedir que la estupidez se convierta en una fuerza dominante.

El historiador Carlo Cipolla también aborda el tema, el formuló las Cinco Leyes de la Estupidez Humana. Considera que el estúpido es aquel que causa daño a otros sin obtener beneficio propio e incluso perjudicándose a sí mismo. Esta figura resulta especialmente peligrosa por su imprevisibilidad y porque las personas racionales tienden a subestimar su capacidad destructiva, sobre todo cuando ocupa posiciones de poder. Cipolla recalca que la estupidez es independiente del nivel educativo, estatus social e inteligencia, por lo que su comportamiento irracional desestabiliza profundamente a la sociedad.

El científico Albert Einstein también reflexionó sobre la amplitud del fenómeno de la estupidez, expresándolo con ironía y contundencia. Una de sus frases más citadas afirma: «Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana, y no estoy seguro de lo segundo». Otra reflexión atribuida a él compara la estupidez con la muerte: «Cuando te mueres, no sabes que estás muerto; no sufres por ello, pero es duro para los demás. Lo mismo pasa cuando eres imbécil». Estas expresiones subrayan que la estupidez, al igual que la muerte, tiene efectos devastadores no sólo para quien la padece, sino sobre todo para quienes le rodean.

La reflexión sobre la estupidez, que hacen Bonhoeffer y otros pensadores, revela que no se trata de un fenómeno trivial ni meramente intelectual. Es una realidad profundamente humana que emerge cuando se renuncia al juicio propio y se entrega la conciencia al poder, a las masas o a las consignas ideológicas. Su peligrosidad radica en que actúa de forma inconsciente, inmune a la razón y resistente a la evidencia, permitiendo que injusticias y abusos encuentren terreno fértil para expandirse. Comprender este mecanismo es esencial para reconocer que la estupidez no es un defecto individual aislado, sino un riesgo colectivo que amenaza la vida social y moral de las comunidades.

Frente a ello, la única respuesta sostenible es el fortalecimiento de la responsabilidad personal, la educación crítica y la valentía de ejercer la libertad interior. Superar la estupidez requiere que cada individuo recupere su capacidad de pensar por sí mismo, cuestione las manipulaciones y actúe con integridad, incluso cuando ello implique ir contra la corriente. Solo así es posible construir sociedades más conscientes, menos vulnerables al engaño y más resistentes frente a los poderes que buscan instrumentalizar y fomentar la ignorancia para sus propios fines.