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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

“La vejez infinita de la madre”. Leonardo Padura. ________

La tarde del reciente domingo 30 de noviembre visité, en el barrio Pumarejo al sur-occidente de Barranquilla, a mi tía-madrina Regina Caamaño que invitó a celebrar, entre bisnietos, nietos, hijos, sobrinos y vecinos, sus 102 años con la lucidez, movilidad y jovialidad de quién ha trasegado tranquilamente por la vida, sin hacer daño ni molestar a nadie. “vivir la vida“, como recomendó, otro longevo, Edgar Morin con sus 104 años.

Ver Video de Emisora Atlántico:

Al saludarla la tía centenaria, estaba sentada en el centro de la sala, frente a un gran retrato suyo. Aún no había sido coronada y lucía un vestido de rojo eléctrico, pues minutos antes había recibido de blanco puro, como una ninfa, al periodista Jorge Cura Amar a quien, como oyente del radio-periódico Atlántico en noticias, deseaba conocer. Jorge le llevo pudin y le hizo una entrevista difundida día después. 

Amablemente Cura me compartió el video. Y pude ver a la Tía conversar con fluidez verbal, responder interrogantes y hasta bailar de las manos del gentil parejo que le cumplió su deseo y le prometió llevarle, hasta su vivienda, al célebre cantante vallenato Silvestre Dangond. Hablar, si hablar, ha sido una facultad memorable de las Caamaño. Nadie les ganaba una discusión, pues gozaron del don de la palabra, tanto que Regina convenció a Cura Amar de llevarle a Dangond.  ¡He dicho!

La tía es pensionada del desaparecido Instituto del Seguro Social, ISS (hoy Colpensiones), pues laboró el tiempo necesario para lograr dicho reconocimiento. Pero Ella fue modista. Y en ese útil oficio le correspondía confeccionar, cada 16 de Julio –día de la Virgen del Carmen– los coloridos vestidos a la “tropa” de sus hermanas y celebrar, estrenando trajes, el imperdible cumpleaños de la abuela María Isabel que murió, dormida, después de bailar la cumbiamba, con millo y tambor, con que celebró sus 94 años de edad.

Regina Caamaño Pineda es la mayor de las Caamaño -así conocían a mis tías sus amistades-, que “inmigraron” de Chinú (Córdoba) a Barranquilla, siendo adolescentes, cuando el abuelo Reginaldo murió de un infarto, cortando madera en el monte; era ebanista. A Ella le ha correspondido, por ley de la vida, despedir a sus hermandad. El primero fue Germán, el único varón; siguieron Juana, Cristina, Teresita, María Agripina, mi madre, Leticia y, por último, María Auxiliadora. También a cuñados y sobrinos. Sus 102 años son la historia de mi familia materna.

Mi tía centenaria estuvo casada. Y del matrimonio nacieron sus dos (2) hijos, Jorge y Aracely. El padre, un señor de apellido Ariza, un día cualquiera desapareció para siempre. Y correspondió a la tía criarlos y formarlos, con la colaboración de “Las Caamaño”, ya que nunca dejo de laborar. Para entonces en el sistema legal colombiano no existía la institución “madre cabeza de familia“. A la tía-madrina no le conocí pareja distinta al “desaparecido”. los padres son, socialmente, innecesarios, aprendí leyendo a André Comte-Sponville, filósofo francés.

De sus más de cien años, la tía Regina ha vivido más de 65 años en la misma casa del barrio Pumarejo. La misma vivienda que construyó, ladrillo a ladrillo, Gaspar Emilio, mi padre albañil con su “cuadrilla” cada fin de semana. Una casa larga con un patio cubierto por la extensa sombra de un palo de limón -los limones más grandes y jugosos que he visto-. Y una cocina amplia que era el imperio culinario de la abuela Ma. Isabel. Cada vez que recuerdo esa cocina y los platos de mi abuela, evoco las imágenes de la novela y película “como agua para chocolate” de la bella escritora mexicana Laura Esquivel.

Las Caamaño llegaron a Barranquilla, en los tiempos de la violencia partidista de “Rojos y Azules” del siglo pasado. La primera en venirse fue María Agripina, la guerrera que me parió. Cuando consiguió empleo en la antigua hilandería Marysol (de la Via 40) y vivienda cerca al Parque Almendra Tropical, se trajo al “pelotón” de la familia. Y una a una le busco, año tras año, trabajo en las maquilas que, entonces, funcionaban en la ciudad. Y años después, en sus luchas electorales, logró que el Municipio (así se denominaba killa linda) les adjudicara lotes en el barrio El Santuario, donde residen en mayoría mis primos Caamaño.

A la tía Regina, que ahora llamo centenaria, le decía “La Fedayina”, pues es medio friolenta y, muchas tardes de brisas, luce una pashima o pañoleta con los cuadros negruscos de la vestimenta de los Palestinos, siempre en guerras santas. Pero Ella es y ha sido una mujer pacífica, creo que la única con ese carácter de Las Caamaño. Por eso presumo que la tranquilidad en que ha vivido, cero estres, le ha permitido ser centenaria. Longeva.

Habrás observado, apreciado lector de esta historia muy personal, resultado de recuperar recuerdos de mi niñez, que la tía Regina Caamaño no nació ni habita en una de las llamadas “zonas azules” del planeta tierra, a las que los gurus de redes sociales le adjudicar el privilegio de que sus habitantes sean longevos, casi eternos. La historia familiar acá contada y vivida desmistifica tal aseveración, con evidencia demostrable. con su vida sencilla, como los versos de Martí, la tía es La Caamaño centenaria. ¿Quien lo duda? 

Mientras concluía la redacción de esta nostalgia de familia, los primos me enviaron un video donde la centenaria Caamaño, sonriente, de piel y andando luce el uniforme del tiburón rojiblanco, como anunciando la celebración de la reciente estrella de campeón del Junior, “Tú Papá”, la “querida” de Barranquilla como lo bautizó Álvaro Cepeda Samudio. ¡Larga y sana vida a la tía regina!

La próxima: Universidades públicas en el gobierno del “Pacto Histórico.”