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Por: GASPAR  HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

“Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”. Mario Vargas Llosa.

Julio Cortázar, el “Cronopio” argentino extraviado en París, evoco así:

 “Hay noches – como las de diciembre – donde el tiempo se dobla y la nostalgia aprende a respirar“.  Si, indiscutiblemente, en diciembre con sus luces, brisas y fiestas, las memorias regresan con su “ventolera”, como dice la canción. Tengo nostalgia viva de tantas noches vividas en tantos cielos con estrellas o sin ellas. Por eso es poética mi nostalgia.

La noche, como tal, tiene su propio misterio. No es fácil descubrirlo, pero vivirlo es parte de la vida buena. Sin noches vividas no hay sueños por cumplir, imaginar y repetir. Tampoco buenos recuerdos. Inolvidables. He vivido la noche caminando, mirando el cielo. Guiado por luces nocturnas y buscando sombras. No soy un gran conocedor de la noche, ni un amigo de sus luces y sonidos. Pero me gusta la noche para desnudar la piel y dejar correr deseos y placeres.

La memoria humana o lo humano de la memoria es que es volátil. De ahí, el olvido. No podemos conservar todo. Y solo guardamos lo que nos deja huellas, ya sea de epidermis o aquellos recuerdos del alma que se vuelven memorables. Me atrevo, por lectura y experiencia, a recomendar por ser diciembre unos especiales, para mi, ingredientes para alimentar, con la complicidad necesaria, noches memorables. Acá unos adobos para el delicioso menú:

El tiempo es sagrado. Y el de la noche más. Casi respetable. la noche es el tiempo de las lunas despiertas y el sol naciente. Tiene un inicio y un final. Tanto que se alude a “la media-noche”. Además, tiene otros nombres complementarios como: El Alba, La Aurora o El Amanecer. La noche es las dos terceras partes el día. Y para ser memorable una noche debe vivirse completa. El búho de Minerva visita a la media noche.

El paladar es, de todos los sentidos, en mi opinión, el más placentero para el goce de los otros. puro gusto. Es el más universal de todos. En ese orden, “darse gusto” es complacer al paladar. Y para ello es recomendable un banquete al enseñado por Platón. Debe elegirse el lugar, el menú y la bebida. No se goza con hambre. Definitivamente, no hay como El Buen Gusto. Como el del león… rey de la selva.

El vino. En la antigüedad griega, se comenta en El Simposio, una bebida hacía memorable cada encuentro nocturno, es el vino. Los atenienses recomendaban que tres copas son suficientes para animar el alma y el cuerpo, ya que esa bebida es, en sangre, fuego líquido. Si una noche se acompaña de buen vino (reserva o joven), la misma se convierte en una noche inolvidable. Este es un ingrediente esencial. Despierta la “Llama Doble”, a la que le cantó Octavio Paz.

La conversación. Aristóteles, en la política, enseñó que hablar es lo más humano que nos distingue de los otros animales. Nos hace “zoon politikon”. Por eso una charla, entre cómplices, es invaluable para una noche memorable. Conversar, con buen vino, sobre recuerdos, sueños y aventuras es, no lo dude, placentero. Además, en la noche será sumamente agradable. Las palabras dan frescura. ¿Quién lo duda?

La piel. Rotundamente afirmo que no hay noches inolvidables sin piel. La piel es un sentido más allá del tacto. Es expresión del fuego ardiente, de la química en la sangre, la que enciende ardor, frescura y ternura. Lo leí en Harari (“De animales a dioses”). La piel encendida, prendida, es una llamarada del placer de vivir. Acariciar una piel tersa, firme, limpia es marcar la historia personal con un recuerdo eterno. También lo dice Comte Sponville en “El placer de vivir”.

La complicidad. La noche soñada, prometida, recordada necesita de la complicidad en pareja. No puede ser un encuentro banal, cotidiano, “para salir del paso”. No. Debe ser reciprocidad consumida. El deseo es el misterio humano mejor guardado. Por eso, la noche es misterio. Requiere descubrir detalles de la llamada intimidad. Sólo el deseo sano, libre tiene las luces, los brillos de aquellas noches memorables.

La coqueta ternura. Para la noche encantada urge tener un sutil toque de coquetería, para armonizar con las otras sustancias anotadas. la ternura es, sin duda, ese coqueto y apetecido ingrediente para volver memorable la noche. Es, la ternura, el delicado y exacto punto de sal y pimienta que hace agradable un plato. Sin ternura en pieles coquetas no hay noche, repleta de sueños de vida.

Pero, definitivamente, una noche se convierte en memorable, en ficción, cuando estando en el cielo se cuenta con la voluntad y capacidad de bajar a lo profundo del océano y descubrir la perla brotada. Amen.  feliz nuevo año.

La próxima. Las universidades públicas víctimas del intervencionismo presidencial.