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Por: GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.

De rompe debo declarar que no cometo infidelidad alguna con mi tierra natal, Barranquilla, la de mis eternos amores, si declaro este amor no reprimido por Cartagena, en especial la de las callecitas y los balcones florecidos de encendidos colores. Son amores distintos, pero compatibles. Tienen diferente maternidad. El de mi Killa Linda nació conmigo, el de La Heroica desde la soltería, la lectura y el estudio de los versos del “Tuerto” López. 

A Cartagena la amo desde cuando la caminé, mañanas y tardes, de Boca Grande hasta La Matuna, pues en ella trabajé de reportero “político”, en los iniciales días de periodista asalariado en diario del caribe. Pero, para entonces, no me era extraña, porque “El Tuerto” me la presentó y organice, en el antiguo teatro de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, una conferencia sobre la obra poética de López, pronunciada por el experto “cachaco” o “rolo”, Guillermo Alberto Arévalo. Sala llena.

Desde aquel amor descubierto por el verso “a mis zapatos viejos”, fui aprendiendo a caminar por “las callecitas de Cartagena“, hechas canción bajo la inspiración de una reconocida dama cartagenera y, magistralmente, cantada por barranquillero. Canción convertida, por la poesía y la historia, en himno para homenajear siempre al corralito de piedra, que hoy es epicentro global del turismo para lo científico, artístico, comercial y cultural. un diamante sin cuidador.

A Cartagena he regresado, en los días del Festival de Cine Ficci 65. En Ella he convivido cada vez que necesito, sea como redactor, profesor o abogado. También como enamorado y padre de familia. Es decir, soy un cartagenero admirador de Gertrudis, la sensualidad escultura de Botero, -un poema le escribí cuando toque su cobriza piel metálica-, de la arquitectura colonial, de la historia de rebeldía e independencia. Por eso me duele lo que he sentido recientemente al caminar sus callecitas.

Comparto, para afilar el sentimiento, los versos de la emblemática canción:

“Callecitas de Cartagena,

Una por una,

Desde la Plaza de la Aduana

Y la Media Luna y la Puerta del Reloj,

Donde el tiempo se durmió.

Callecitas de Cartagena

De ancestros llenas,

Yo quiero recorrerla todas

De historias plenas”.

Estrofa que, sospechosamente, me permite fundar la reflexión.

Mientras, a sol perpendicular, recorría las callecitas, me dolía la muerte, a físico cuchillo de matarife, del joven hincha del Club Deportivo Junior de Barranquilla, al parecer, solo por lucir la camiseta roji-blanca del tiburón. De ese crimen, novelado cuchillada tras cuchillada en un video difundido en redes, no he tenido más noticias -quedará impune?-. Pero siento que en su consumación mataron a Cartagena que, inocentemente, visitamos como ir a casa del vecino de toda la vida, la casa del hermano.

En razón a los constantes abusos de los comerciantes, de todo tipo desde el callejero hasta el reservado, con los precios de las mercancías, en especial los alimentos, Cartagena va perdiendo el encanto de visitar más. Y más. Todo allá es caro desde una humilde botella de agua mineral hasta unas sopas de pescado congelado. Cobran las pisadas si discriminación alguna. Los nativos han olvidado que un turista es una riqueza.

En editorial reciente, el diario El Tiempo, aludiendo a las calles de Bogotá, expresó:

el espacio público es un espacio vital, en él transcurre la vida de la ciudad; por ende, es menester que se garantice su goce seguro”(29/4/26). Tal denuncia de la realidad de La Capital, perfectamente, puede aplicarse a lo que está sucediendo en las callecitas del Centro Histórico de Cartagena.

Casi la totalidad de los sardineles, del colonial espacio, están ocupados de vendedores informales, de toda clase de mercancía que, ante la estrechez del andén, impiden la libre movilizaciones de los peatones, obligándolos a “tirarse” sobre la vía exponiendo la integridad física. En mi visita de cineasta, presencié como un vehículo pisaba, literalmente, el pie izquierdo de una transeúnte en La Matuna.

La actual administración distrital viene adelantando, al pie de las playas marinas, la construcción de un malecón que, se me ocurre, va a causar más perjuicios que beneficios a las congestionadas, estrechas y coloniales callecitas del corralito de piedras. El Caribe es un mar celoso, agitado. Solo hay que imaginar lo qué está ocurriendo con el malecón en la Bahía de Santa Marta. 

En fin, la nostalgia se ha apoderado de mis memorias de la heroica. De las caminatas entre Boca grande a La Matuna, a los patacones del domingo frente a Marbella, a las visitas a los fuertes y a las conversaciones y comilona de aguacate y spaguettis, en Crespo, con el Maestro Héctor Rojas Herazo. Ya esos tiempos se fueron. Ahora solo falta clamar para que los cartageneros no acaben con las callecitas y balcones floridos del centro histórico. Amen

La próxima: Vidas paralelas: La de gabo y La del nene.