Una reflexión necesaria para nuestro tiempo
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Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social.
El fascismo puede volver bajo los disfraces más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y señalar cada una de sus nuevas formas, cada día, en cada parte del mundo.” — Umberto Eco, Ur-Fascismo (1995)
En los debates políticos contemporáneos, pocas palabras generan tanta controversia como el término fascismo. Para algunos, su uso se ha convertido en una exageración retórica utilizada para desacreditar adversarios políticos. Para otros, constituye una advertencia legítima frente a fenómenos autoritarios que emergen en diversas democracias alrededor del mundo. Sin embargo, más allá de las pasiones ideológicas que suscita, la pregunta central sigue siendo pertinente: ¿cómo reconocer el fascismo en el siglo XXI?
Responder a esta pregunta exige, en primer lugar, evitar un error frecuente: creer que el fascismo solo puede existir si reproduce exactamente las formas que adoptó en la Europa de la primera mitad del siglo XX. El fascismo histórico nació en Italia bajo el liderazgo de Benito Mussolini, quien llegó al poder tras la Marcha sobre Roma de 1922 apoyado por los fasci di combattimento, grupos paramilitares conocidos por sus camisas negras. Posteriormente, muchas de sus características influyeron en el ascenso del nazismo alemán liderado por Adolf Hitler.
Sin embargo, como han señalado numerosos historiadores y filósofos políticos, los fenómenos políticos no se repiten mecánicamente. Así como el comunismo contemporáneo no puede identificarse exclusivamente con la experiencia de la antigua Unión Soviética, el fascismo actual tampoco tiene por qué manifestarse mediante desfiles militares, uniformes o partidos únicos. Su esencia puede sobrevivir bajo nuevas formas institucionales, tecnológicas y culturales.
Uno de los intelectuales que mejor comprendió esta realidad fue Umberto Eco. Habiendo crecido durante el régimen de Mussolini, Eco conoció desde dentro la lógica de los sistemas autoritarios. En su célebre ensayo Ur-Fascismo (El fascismo eterno), publicado en 1995, argumentó que el fascismo no constituye una ideología rígidamente definida, sino una constelación de características que pueden reaparecer en diferentes contextos históricos. Para Eco, el fascismo es una forma de pensamiento que se adapta a las circunstancias y que puede renacer incluso en sociedades que se consideran plenamente democráticas.
Entre los rasgos que identificó destacan el rechazo al pensamiento crítico, la exaltación de una identidad nacional excluyente, el culto a la tradición, la obsesión por los enemigos internos y externos, y la necesidad permanente de movilizar emocionalmente a la población mediante el miedo. Lo preocupante es que muchos de estos elementos no pertenecen exclusivamente al pasado. Por el contrario, forman parte de numerosos discursos políticos contemporáneos.
A esta reflexión se suma la obra de Hannah Arendt, una de las pensadoras más influyentes del siglo XX. En Los orígenes del totalitarismo, Arendt mostró que los movimientos autoritarios prosperan cuando logran transformar la política en una lucha permanente entre amigos y enemigos. Según la filósofa, el totalitarismo se alimenta de la destrucción del espacio público donde los ciudadanos deliberan libremente y de la sustitución de los hechos por narrativas ideológicas que simplifican la realidad.
Arendt advirtió que el peligro no surge únicamente cuando desaparecen las elecciones o cuando se suspenden las constituciones. El proceso comienza mucho antes, cuando la mentira sistemática, la polarización extrema y la desconfianza hacia las instituciones erosionan gradualmente la cultura democrática. En este sentido, el autoritarismo no es solamente un problema institucional; es también un problema cultural que transforma la manera en que las personas perciben la verdad, la ciudadanía y la convivencia.
Más recientemente, el filósofo estadounidense Jason Stanley ha actualizado estas preocupaciones en su libro How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Stanley sostiene que los movimientos fascistas contemporáneos operan principalmente mediante la construcción de una división radical entre “nosotros” y “ellos”. La política deja de girar en torno a programas, propuestas o debates racionales y se convierte en una batalla identitaria donde ciertos grupos son presentados como amenazas existenciales para la nación.
Según Stanley, las estrategias fascistas modernas se apoyan en varios mecanismos recurrentes: la creación de un pasado mítico idealizado, la difusión del miedo, la desacreditación de la prensa independiente, la exaltación de un liderazgo fuerte y la demonización de minorías o adversarios políticos. Estos mecanismos no requieren necesariamente la instauración inmediata de una dictadura. Pueden desarrollarse dentro de sistemas democráticos y contribuir progresivamente a su debilitamiento.
A la luz de estas reflexiones, es posible identificar algunas características que suelen aparecer en las expresiones contemporáneas del fascismo.
La primera es la deshumanización del adversario político. En una democracia sana, los opositores son ciudadanos con quienes se discrepa. En una lógica autoritaria, el adversario es presentado como un enemigo peligroso que amenaza la supervivencia de la nación. El lenguaje político deja de buscar la persuasión y comienza a justificar la exclusión o el castigo.
La segunda característica es la tendencia a concentrar el poder y a despreciar los controles institucionales. La prensa crítica, los tribunales independientes, los organismos internacionales y las organizaciones de la sociedad civil son retratados como obstáculos que impiden la acción del líder. Lo que se presenta como eficiencia o voluntad popular puede convertirse gradualmente en una erosión de los contrapesos democráticos.
La tercera es la construcción de una identidad nacional excluyente. El fascismo necesita definir quién pertenece legítimamente a la nación y quién no. Esta lógica rechaza el pluralismo y convierte la diversidad cultural, política o étnica en una amenaza. Como señaló Eco, el fascismo teme la diferencia porque necesita una comunidad homogénea para consolidar su poder simbólico.
La cuarta característica corresponde a la utilización de nuevas tecnologías para la movilización política. A diferencia de los movimientos fascistas del siglo XX, que dependían de concentraciones masivas y estructuras paramilitares visibles, las expresiones contemporáneas encuentran en las redes sociales un escenario privilegiado para la difusión de desinformación, la estigmatización del adversario y la amplificación de emociones colectivas como el miedo y la indignación.
La quinta es el culto a un pasado glorioso que debe ser restaurado. La promesa de recuperar una grandeza perdida constituye uno de los recursos retóricos más frecuentes del autoritarismo. Se presenta una imagen idealizada del pasado y se responsabiliza a determinados grupos sociales de haber provocado su decadencia. La política se convierte entonces en una misión de restauración nacional liderada por una figura providencial.
No obstante, es importante evitar simplificaciones. No todo líder fuerte es fascista, ni toda crítica a las instituciones democráticas implica necesariamente una deriva autoritaria. El desafío consiste precisamente en analizar los fenómenos políticos con rigor y sin caer en etiquetas fáciles. Como han señalado diversos historiadores contemporáneos, el fascismo no funciona como una plantilla cerrada, sino como un proceso de radicalización que puede adoptar múltiples formas.
Por ello, la cuestión más importante no es determinar cuándo una figura política encaja perfectamente en una definición académica de fascismo. La verdadera pregunta es si determinadas prácticas, discursos o estrategias contribuyen a debilitar los principios fundamentales de la democracia: el pluralismo, la libertad de expresión, el respeto por la diferencia y la existencia de instituciones independientes.
La historia enseña que las democracias rara vez desaparecen de manera abrupta. Con frecuencia se erosionan lentamente mediante pequeñas renuncias a las libertades, normalizaciones del discurso de odio y concentraciones graduales del poder. Cuando la amenaza se vuelve evidente para todos, muchas veces las instituciones ya han sido debilitadas y la capacidad de resistencia social resulta menor.
Por eso las reflexiones de Eco, Arendt y Stanley conservan una extraordinaria vigencia. Sus obras nos recuerdan que la defensa de la democracia no consiste únicamente en celebrar elecciones periódicas, sino en preservar una cultura política basada en el diálogo, la tolerancia y el reconocimiento de la diversidad.
El fascismo del siglo XXI a lo mejor no se parecerá exactamente al de Mussolini o Hitler. Tendrá nuevos lenguajes, nuevas tecnologías y estrategias. Pero seguirá compartiendo una característica fundamental: la pretensión de dividir a la sociedad entre quienes merecen pertenecer a la comunidad política y quienes deben ser excluidos de ella.
Frente a esa tentación permanente, la mejor defensa continúa siendo una ciudadanía crítica, informada y capaz de reconocer que la democracia no es un estado natural de las sociedades, sino una construcción histórica que requiere vigilancia constante. Como advirtió Hannah Arendt, la libertad política nunca está garantizada de una vez y para siempre; depende de la voluntad de los ciudadanos de defenderla cada día.
Por consiguiente, mi apuesta es por Iván Cepeda Castro que propone de manera resumida:
Las propuestas de Iván Cepeda para la Presidencia de Colombia se centran en un modelo de “potencia mundial de la vida”, destacando la paz, la reforma agraria y la vivienda. Sus ejes principales incluyen:
Paz y Diálogo: Prioriza la salida negociada y la reconciliación social como pilar para el país.
Vivienda y Hábitat: Plantea la construcción de 1 millón de viviendas para familias vulnerables y amplía la financiación estatal.
Transformación Agraria: Promueve la redistribución de tierras, la agroecología, la soberanía alimentaria y el fortalecimiento del campesinado.
Educación y Salud: Propone la gratuidad de la educación universitaria y el fortalecimiento de la salud como derecho.
Justicia Ambiental y Social: Busca la justicia climática, el empoderamiento de pueblos indígenas y una economía que cuide los recursos.
Cita al cierre: “El mal puede ser banal; lo que nunca debe ser banal es nuestra respuesta frente a él.”
— Inspirada en las reflexiones de Hannah Arendt sobre la responsabilidad política y moral.
Referencias
- Arendt, H. (2006). Los orígenes del totalitarismo. Taurus. (Obra original publicada en 1951).
- Eco, U. (2018). Contra el fascismo. Lumen.
- Stanley, J. (2019). How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Random House.
- Paxton, R. O. (2005). La anatomía del fascismo. Península.
- Griffin, R. (1993). The Nature of Fascism. Routledge.

