
Por: Jaime Colpas Gutiérrez, cronista e historiador, profesor pensionado de Uniatlántico
El pasado jueves 3 de septiembre se efectuó una rica velada en el bar cultural “La Cueva” con la presentación de la plaquette de 58 páginas de la poetisa Rosa Herrera Bosio y el bardo Joaquín Mattos Omar dónde presentaron un avance de sus próximos libros.

Este es un formato que pusieron en boga los poetas simbolistas Franceses de las últimas décadas del siglo XIX y en Barranquilla y Colombia lo inició en el medio artístico, literario y periodístico en 1907 Ricardo Arenales; seudónimo del joven poeta antioqueño provincial Miguel Angel Osorio que llegó a estremecer el pacato ambiente de este puerto bautizado como la Nueva York en ese entonces, quien conoció a una coreografa en un burdel en los extramuros llamada Carmen Barba Jacob y cuando se iba a verse con ella, ésta apareció muerta y Osorio sacó de su propio peculio para pagar los gastos de su entierro porque su familia era pobre.
Después se enrrumbó por el ferrocarril y en un barco en Puerto Colombia salió hacia México y centroamérica para desarrollar una exitosa carrera con una producción lírica abundante de sinnúmeros de libros publicados en su mayoría por sus amigos.
En este nuevo periplo cambió su seudónimo por el de Porfirio Barba Jacob en homenaje a su bella Carmen y el desarrollista mexicano Porfirio Díaz. (Véase: Bacca, Ramón, Escribir en Barranquilla, Uninorte, 2013, tercera edición).
Joaquín es un poeta de los más consagrados a su oficio en la región y país. Es un amigo entrañable cuya amistad se remonta al encuentro generacional que vivímos en la cafetería de la sede de 20 de julio de la universidad del Atlántico desde 1978 cuando el era estudiante del colegio Pestalozzi y yo del bachillerato del barrio Abajo Francisco José de Caldas, quienes nos alineamos en una química afectiva, ya que admiravámos sus dotes como lírico y cuentista pueril en el periódico estudiantil “El Comejen” que era devorado por una multitud de ávidos estudiantes de la facultad de Educación, cuando habíamos ingresado a la licenciatura en Ciencias Sociales.
En 1982 año del premio nobel de Gabo nos reencontramos en nuestra experiencia como jóvenes profesores en los colegios de Luis F. De Castro q.e.p.e.: Agustín Nieto Caballero y Francisco de Paula Santander, y en ese año vivimos una experiencia singular que nos marcó como educadores por el gran colegaje afectivo con bebetas nocturnas y largas conversaciones intelectuales dónde la palabra y donaire de Juaco fue un aliciente que inspiró nuestros sueños para desarrollar una exitosa carrera como profesor universitario, conjugada con la producción historiográfica regional.
Le damos las gracias al amigo Joaquín por dedicarnos su poema el FOLLAJE y a mi cotorro Lunito que cumplirá el próximo 22 de septiembre 18 años de hacer parte de nuestra familia con el recordado perruno Lucas q.e.p.d., tesoro de mis dos hijas y señora, el cual dice:
La verde bandada de veloces cotorras,
compadecidas del roble seco,
de sus desnudas ramas,
ejecutan en él una unánime ocupación instantánea,
vistiéndolo al atardecer
con un repentino, brillante follaje (Pág. 36).

