
Por: Jairo Eduardo Soto Molina, Doctor en Ciencias Humanas, Post Doctor en Alta Dirección y tecnología, Investigador social
“La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer.” —Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel
Dirigir una universidad pública nunca ha sido una tarea meramente administrativa. Mucho menos cuando la institución atraviesa una crisis de gobernabilidad, enfrenta disputas internas y externas, acumula problemas estructurales y observa cómo la confianza de su comunidad se debilita. En semejantes circunstancias, el rector no puede limitarse a firmar resoluciones, ejecutar presupuestos o presidir ceremonias. Debe ejercer un liderazgo capaz de escuchar, mediar, reconstruir acuerdos y convertir el conflicto en una oportunidad de transformación institucional.

Este es el desafío que enfrenta Leyton Barrios Torres al frente de la Universidad del Atlántico. Su gestión no comenzó en un escenario de tranquilidad. Su designación estuvo rodeada de controversias, cuestionamientos y actuaciones administrativas y judiciales que interrumpieron la continuidad de la rectoría y aumentaron la incertidumbre dentro de la comunidad universitaria. Ignorar estos antecedentes sería ingenuo; convertirlos en el único criterio para valorar su gestión también sería injusto. Las controversias deben ser examinadas por las autoridades competentes, mientras que la comunidad universitaria tiene la responsabilidad de analizar cómo se gobierna la institución, qué decisiones se adoptan y cuáles resultados comienzan a producirse.
En los contextos de crisis, la legitimidad no se obtiene únicamente mediante un acto de designación ni mediante una decisión judicial. La legalidad es indispensable, pero la legitimidad se construye diariamente. Se conquista cuando la palabra pronunciada coincide con la decisión adoptada; cuando las promesas se traducen en políticas; cuando los sectores críticos pueden expresarse sin ser considerados enemigos de la institucionalidad; y cuando los recursos públicos se administran con transparencia.
Desde su regreso a la rectoría, Leyton Barrios ha colocado en el centro de su discurso la unidad, la autonomía universitaria, la dignificación docente, la seguridad y el diálogo permanente con estudiantes, profesores, trabajadores y organizaciones sindicales. Estos énfasis son pertinentes. La Universidad del Atlántico necesita recuperar la estabilidad y reconstruir la confianza. Sin embargo, el diálogo no puede convertirse en una palabra ceremonial que se repita en cada intervención pública. Debe adquirir consecuencias institucionales.
Dialogar no significa simplemente convocar reuniones para que la administración informe lo que ya decidió. Tampoco consiste en escuchar durante algunas horas y archivar posteriormente las propuestas. El diálogo universitario comienza con la escucha, pero debe avanzar hacia la deliberación, la concertación y, cuando corresponda, la decisión compartida. Las mesas de trabajo anunciadas por facultades pueden constituir un mecanismo valioso, siempre que cuenten con representación plural, agendas conocidas, actas, compromisos verificables y sistemas públicos de seguimiento.
La pregunta no es solamente cuántas reuniones se realizan, sino cuántas decisiones mejoran como resultado de esas reuniones. Ese es el tránsito que debe producirse desde una participación simbólica hacia una participación incidente.
Una universidad no es una empresa convencional
En algunos discursos contemporáneos se habla de la universidad como si fuera una empresa y del rector como si fuera su gerente general. La comparación puede resultar útil para recordar la importancia de la planeación, la eficiencia y el uso responsable de los recursos. Pero se vuelve peligrosa cuando se traslada mecánicamente la racionalidad empresarial al mundo académico.
Una universidad pública no fabrica mercancías ni tiene como finalidad producir utilidades. Forma seres humanos, crea conocimiento, promueve la cultura, investiga problemas sociales y contribuye a la construcción democrática. Sus estudiantes no son clientes; sus profesores no son operadores de contenidos; sus investigadores no son simples generadores de productos; y sus comunidades no deberían ser tratadas como beneficiarias pasivas de programas diseñados desde arriba. Ese era el pensamiento de un exrector que se autoproclamaba como un gerente.
Por ello, el liderazgo universitario debe combinar capacidad gerencial y sensibilidad educativa. Necesitamos una administración eficiente, pero también una dirección que comprenda el significado público, humano y territorial de la Universidad. Gestionar bien no consiste solo en gastar correctamente, sino en decidir con justicia qué necesidades deben atenderse primero, quiénes participan en esas decisiones y qué sectores han permanecido históricamente invisibilizados.
La propuesta de Leyton Barrios se articula alrededor de seis ejes: calidad académica, bienestar universitario, internacionalización, modernización tecnológica, dignificación docente e inclusión, diversidad y sostenibilidad. En principio, estos componentes responden a necesidades reales de la Universidad. El reto consiste en impedir que se conviertan en seis listas independientes de actividades. Deben funcionar como partes de un mismo proyecto institucional.
No habrá calidad académica sostenible sin dignificación docente. No habrá bienestar estudiantil sin condiciones de acceso, permanencia, alimentación, transporte, salud mental y seguridad. No habrá internacionalización significativa si esta se reduce a la firma de convenios que casi nadie utiliza. No habrá modernización si la tecnología solo digitaliza la burocracia o amplía la vigilancia. Y no habrá inclusión auténtica si la diversidad se celebra en los discursos, pero permanece ausente de los currículos, los órganos de decisión y la distribución de los recursos.
Dignificar al docente para transformar la Universidad
Después de más de cuarenta años dedicados a la educación, he aprendido que ninguna reforma universitaria puede sostenerse de espaldas a sus profesores. Se puede renovar la infraestructura, adquirir tecnología, modificar reglamentos y anunciar nuevos programas, pero si el docente se siente precarizado, desoído o reducido a cumplir indicadores, la transformación será superficial.
La dignificación docente no es una concesión corporativa ni un privilegio gremial. Es una condición de la calidad académica. Comprende estabilidad laboral, concursos transparentes, distribución razonable de las cargas, formación, apoyo a la investigación, reconocimiento de la producción intelectual y participación efectiva en el gobierno universitario. También exige reconocer las desigualdades existentes entre profesores de planta, ocasionales y catedráticos.
La labor docente no termina cuando concluye una clase. Preparar materiales, evaluar, orientar estudiantes, investigar, escribir, dirigir trabajos de grado, participar en comités y desarrollar proyectos de extensión demanda tiempo y esfuerzo intelectual. Una gestión que solo contabilice las horas visibles terminará desconociendo buena parte del trabajo que mantiene viva a la Universidad.
En Más allá del currículo he sostenido que la educación colombiana necesita superar la racionalidad instrumental que pretende convertir todos los procesos formativos en competencias, indicadores y evidencias. Esta crítica también es válida para la gerencia universitaria. Los indicadores son necesarios, pero no pueden reemplazar el juicio académico ni el reconocimiento de las trayectorias humanas.
El compromiso de revisar cargas y fortalecer la formación e investigación docente constituye, por tanto, uno de los componentes más importantes del programa rectoral. Ahora debe convertirse en una política verificable, con responsables, presupuesto, plazos y mecanismos de evaluación.
Autonomía no significa ausencia de control
Otro de los pilares del discurso de Leyton Barrios ha sido la defensa de la autonomía universitaria. Se trata de una reivindicación necesaria. La Universidad debe estar protegida frente a presiones partidistas, intereses particulares e interferencias que pretendan sustituir las decisiones de sus órganos legítimos.
Pero la autonomía no puede utilizarse como un muro contra la transparencia. Una universidad autónoma también debe rendir cuentas, respetar la legalidad y permitir que su comunidad examine las decisiones. La autonomía es más fuerte cuando los procesos internos son democráticos y transparentes; se debilita cuando sirve para ocultar información o proteger intereses particulares.
La Universidad del Atlántico debe pasar de una autonomía meramente defensiva a una autonomía propositiva. La primera responde a las amenazas externas; la segunda permite construir un proyecto académico propio. Ser autónomos significa también decidir qué universidad necesita el Caribe, qué conocimientos debemos producir, qué problemas regionales deben orientar la investigación y qué formación requieren nuestros jóvenes.
Una universidad que solo reacciona ante las disputas externas permanece atrapada en la crisis. Una universidad que utiliza su autonomía para pensar el futuro comienza a superarla.
Modernizar sin deshumanizar
La modernización tecnológica es otra de las necesidades urgentes. Los estudiantes y profesores requieren aulas adecuadas, conectividad estable, sistemas confiables y trámites menos desgastantes. La tecnología puede mejorar la gestión, facilitar el acceso a la información y apoyar la enseñanza y la investigación.
Sin embargo, modernizar no consiste simplemente en comprar equipos o instalar plataformas. Una mala práctica no se vuelve buena porque se digitalice. La burocracia electrónica puede ser tan frustrante como la burocracia de papel. Además, las tecnologías pueden convertirse en instrumentos de vigilancia si no existen normas claras sobre privacidad, proporcionalidad y protección de datos.
La Universidad necesita una política crítica sobre inteligencia artificial, integridad académica, seguridad digital y uso ético de la información. Debe formar a profesores y estudiantes para aprovechar estas herramientas sin renunciar al pensamiento propio. La inteligencia artificial puede apoyar el conocimiento, pero no debe sustituir la responsabilidad humana ni convertirse en pretexto para vigilar a la comunidad.
Una internacionalización con identidad caribeña
La internacionalización también ocupa un lugar destacado dentro del programa rectoral. Ampliar la movilidad, los convenios y las redes científicas puede enriquecer la formación y mejorar el posicionamiento institucional. Pero internacionalizar no significa imitar a otras universidades ni abandonar la identidad local para parecernos a los centros académicos del Norte global.
La Universidad del Atlántico debe encontrarse con el mundo desde el Caribe. Necesita fortalecer el inglés y otras lenguas como instrumentos de comunicación, pero sin enseñar a los estudiantes que para hablar internacionalmente deben ocultar su cultura o avergonzarse de su acento. En Clave decolonial para la enseñanza de las lenguas he defendido precisamente la posibilidad de aprender otras lenguas sin renunciar a la identidad, convirtiéndolas en medios para comunicar nuestros territorios y saberes.
Internacionalizar también significa fortalecer las relaciones con América Latina, África y el Caribe insular; construir proyectos de cooperación Sur-Sur; y llevar a las redes globales nuestras investigaciones sobre ambiente, cultura, educación, salud, desigualdad, música, literatura y memoria regional. No queremos una universidad periférica que reciba conocimientos de manera pasiva. Necesitamos una universidad capaz de dialogar con el mundo desde su propia voz.
Del programa rectoral a los resultados
Toda nueva gestión genera expectativas. El peligro aparece cuando la amplitud de las promesas supera la capacidad institucional de cumplirlas. Por eso, el modelo anunciado debe organizarse mediante prioridades, líneas de base, presupuestos, cronogramas e indicadores públicos.
Para cada eje deberíamos poder responder cuatro preguntas sencillas: ¿qué problema se encontró?, ¿qué transformación se prometió?, ¿qué acciones se emprendieron? y ¿qué resultados pueden verificarse?
La comunidad no necesita únicamente informes que enumeren reuniones, eventos o convenios. Necesita conocer qué cambió. ¿Mejoraron las condiciones docentes? ¿Se redujeron los tiempos de los trámites? ¿Aumentó la permanencia estudiantil? ¿Funcionan mejor las sedes regionales? ¿Hay mayor apoyo a la investigación? ¿Las decisiones son más transparentes? ¿La comunidad se siente más segura y escuchada?
Responder estas preguntas permitiría pasar de la comunicación institucional a una verdadera rendición de cuentas.
Liderar es reconstruir confianza
La Universidad del Atlántico necesita estabilidad, pero no una estabilidad construida mediante el silencio o la supresión de las diferencias. Necesita una estabilidad democrática, capaz de tramitar el conflicto sin paralizar la institución. El disenso no es necesariamente una amenaza. En la tradición universitaria, cuestionar, debatir y exigir razones constituye parte de la vida académica.
El rector debe escuchar tanto a quienes respaldan su gestión como a quienes la critican. Gobernar únicamente con los sectores cercanos produce una tranquilidad aparente, pero profundiza las fracturas. El verdadero liderazgo se demuestra cuando también se dialoga con quien piensa distinto, cuando se reconocen los errores y cuando una buena propuesta es aceptada sin importar de dónde provenga.
El modelo de Leyton Barrios todavía está en construcción. Sería prematuro calificarlo como exitoso o fracasado. Su gestión ha sido reciente, controvertida e interrumpida. Tiene, sin embargo, la oportunidad de convertir una crisis de gobernabilidad en un proceso de aprendizaje institucional.
Para lograrlo deberá transitar del discurso a la política; de la consulta a la participación incidente; de la autonomía defensiva a la autonomía propositiva; de la modernización instrumental a la innovación humanizada; y de la inclusión declarada a una verdadera interculturalidad crítica.
La Universidad del Atlántico no pertenece a un rector, a un grupo político, a una organización sindical ni a un estamento particular. Es un patrimonio público del Caribe colombiano. Quien la dirige recibe temporalmente la responsabilidad de cuidarla, fortalecerla y entregarla mejor de como la encontró.
La medida definitiva del liderazgo de Leyton Barrios no será la cantidad de discursos pronunciados ni el número de actos administrativos firmados. Será su capacidad para dejar una Universidad más confiable, participativa, académicamente sólida y comprometida con su territorio.
En tiempos de crisis, liderar no significa imponer una voz sobre las demás. Significa crear las condiciones para que una comunidad plural pueda volver a escucharse, reconocerse y construir un futuro compartido.
Cita al cierre:
“Nadie educa a nadie, nadie se educa solo; los seres humanos se educan entre sí, mediatizados por el mundo.” —Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

