
Por: Jaime Colpas Gutiérrez, cronista e historiador, profesor pensionado de Uniatlántico
Este día fue instituido por el Abad de Cluny del reino de Francia San Odilón un 2 de noviembre del 998, quien ordenó orar a todas las almas de los difuntos en los monasterios de su orden, cuya tradición luego se extendió por toda la iglesia Católica en Europa medival y transplantandose por todo el imperio colonial español en el siglo XIV, cuyas raíces histriogriograficas fue estudiada por el francés Foustel de Coulange en su obra La Ciudad Antigua en 1864.
Pero como en los pueblos vencidos y dominados por los conquistadores en mesoamérica y zona andina ya se realizaban rituales donde veían a “la muerte no como un final, sino como una fase de la vida”, con ofrendas y retornos de los muertos en fecha específicas, por lo que desde Madrid se dictaron normas donde les prohibían a los pueblos dominados enterrar a sus antepasados cercas a sus casas o en atrios; surgiendo la costumbre del pueblo mexicano, guatelmateco, peruano, boliviano, ecuatoriano, etc., de visitar con todos sus familiares los cementerios para llevarles comidas, limpiarles sus tumbas con bebidas, rituales de música, cantos y bailes.
Recuerdo que el dos de noviembre de 1964 cuando tenía seis años e Iván el mayor, nueve, y mi hermano Pedro, siete años, mi hermana Carmiña, cuatro y mi hermano Raúl, dos ; nos sentamos en una mesa de comer de madrera con mi recordada abuela Evangelina Reales, quien sirvió un exquisito sancocho de Bocachico con jugo de tamarindo sobre hojas de bijao en nuestra casa aún de tejas y madera de la carrera 59 con calle 47 de Montecristo, nueve platos donde incluían obviamente a mi mamá Beatriz y papá Pedro Pastor.
Nos sentamos a la mesa, pero sabraba un plato. Así que mi abuela oró por las almas de los difuntos y ofrendó este séptimo plato a su padres, tíos y bisabuelos, por lo cual años después con mi formación de licenciado en ciencias sociales y de historiador entendí que en los tiempos de mis niñez en muchos hogares de la época se celebran esas tradiciones coloniales que desaparecieron con el proceso de urbanización, modernización y neocolonización de norteamérica y Europa durante la década de los sesenta y setenta
Sin embargo el pueblo mexicano con la fuerza de su identidad sincrética ha preservado ésta tradición del dos de noviembre, que se vuelca masivamente en sus cementerios y plazas públicas con el desfile de sus Catrinas, que son las icónicas figuras esqueléticas de mujer vestidas con elegancia -generalmente con un sombrero de ala ancha adornado con plumas o flores- que hoy día representan a México y el Día de los Muertos, declarado por la UNESCO como patrimonio inmaterial, proyectándose al mundo por sus identitarias colonias en E. U., Madrid, París, y otras capitales, difundiendo con fuerza por las redes sociales en el plano orbital.
En esta década y media del siglo XXI han surgido y organizados desfiles alusivos a esta celebración del fin del ciclo existencial con en la vida contemporánea, ya que desde el 2013 se instituyó el magestuoso, multicolor, ordenado y alegre desfile de las Catrinas, celebrando el domingo 25 de octubre, el cual llegó a 13 edición.
Y el gran desfile del día de los muertos, instituido tres años después de las Catrinas que se celebró en la plaza central de México el 31 de octubre, llegando a su décima edición.
Más aún la fuerza intercultural de los mexicanos se transculturizó y universalizó con la película COCO de Disney y Pixar que se emitió por primera vez el 20 de octubre de 2017 en el festival internacional del cine de Morelia en México, estreno en cines de los Estados Unidos el 22 de noviembre y en las plataformas de streaming en Disney Plus.

