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Por. César Gamero De Aguas.
La noche siniestra aquella del 21 de octubre de 1972, en el caserío de Valverde corregimiento de Bahía Honda, municipio de Pedraza, quedó grabada en la historia de la comunidad, y todo aquel que desde entonces allá nace. Para ese momento los cuatro jóvenes entre los que se hallaba Félix Alfaro Cantillo, un guarimate atrevido de 22 años, intentaron tapar con las manos un enorme acontecimiento, que al final de cuentas terminó tragándoselos a ellos. El cielo era una página de cromos estelares, que titilaban entre cantos elegiacos de unos cuantos búhos cazadores, y unas luciérnagas de paso que acompañaban las risas, y las ilusiones de los testigos más jóvenes del grupo. La brisa era escasa, sin embargo, la persistencia era más fuerte por lo que unos árboles de totumo y trupillo movían sus ramas en medio de un calor agobiante. En la distancia próxima los muchachos lograban divisar las débiles luces que sobresalían de las copas de los árboles más distantes, y que provenían de los pueblos más remotos, de igual manera escuchaban el sonido casi muerto que emitían las sirenas de los barcos a vapor, que en medio de la osadía de sus capitanes navegaban a esas horas de la noche por el río Magdalena, llevando y embarcando pasajeros furtivos, que vivían de la desesperación por buscar el éxito en tierras lejanas.
Félix era el más atrevido, su madre lo definió como un chico ´dame problemas´, que no quiso estudiar, de contextura delgada, aventurero, con un brío audaz que incluso le sirvió en una oportunidad para cruzarse el río Magdalena de lado a lado, en una hazaña que aún muchos recuerdan. Era muy laborioso, dedicado a su trabajo en la finca, La Candelaria, propiedad de Evaristo Barrios Flórez, que lo acogió una vez decidió por cuenta propia crear su propia historia. Andrés Barrios Villa, de 17 años hijo del dueño, quien para la época se hallaba conminado en la finca por órdenes de su papá, huyéndole a un brote hostigador de varicela, que azotaba por aquellos días, el municipio de Calamar, donde residía y estudiaba. Por ser hijo único, gozaba de una sobreprotección natural y que a la postre terminó siendo exiliado en sus propios sueños llenos frustraciones absolutas. Los primos- hermanos, Luis Tovar Sones y Pedro Iguarán Sones, ambos pelafustanes sin ley de 15 años de edad, que llegaron aquella tarde muerta, casi arribando la noche, en busca de Félix, a quienes este último atendía cuando los pitos disonantes de una vieja acordeón alemana marca Hohner, empezaban a fallar. Ambos habían conformado un grupo vallenato dedicado exclusivamente a poner serenatas de ensueños, cuando ya el fragor de las parrandas era un desenfreno sin límites de oso, y entonces no quedaba de otra. Les tocaba aguantar por compensaciones secretas que nunca se supieron, y un par de tragos de ron caña, los madrazos de los padres de las enamoradas, que nunca se levantaron a escucharlos, y que tiempo después les significó avanzar en la difícil carrera del vallenato. Ante la demora de la reparación del valioso instrumento musical, terminaron por quedarse en la finca, ante el temor reinante que por aquel tiempo despertaban los aparatos en los caminos, y las brujas impertinentes que atrapaban incautos.
Los cuatro protagonistas de aquel evento magnificente, dialogaban de sus experiencias de vida, de sus sueños futuros, se preguntaban entre sí sobre sus amoríos a escondidas, y se reían de las travesuras escolares. A un costado de la casa, se hallaba una vaquería rodeada de maderos de ceiba roja traídos del sur de Bolívar, y justo allí un improvisado terraplén donde se ordeñaba por comodidad algunas vacas en la madrugada, fue en ese mismo lugar al que se dirigieron sin vacilación con el ánimo y los deseos de tener una mejor vista del paisaje obscuro y natural, así como también la de hallar un poco de brisa entre el bochorno y la modorra reinante. En la casa, un aroma de tinto hecho con leña, se esparcía como un sahumerio de hechizos que despertaban el hambre, por lo que muy pronto recibirían un llamado para tomar y comer algo, antes de dormir, en las hamacas que guindaban en las terrazas comunes que rodeaban el predio. El panorama estaba atrapado por un silencio profundo, un esteticismo inmediato, tal vez un presagio que requería de una soledad marchita para ser revelado. Reían a carcajadas sin poder evitar lo inevitable, lo que su destino mortal les tenía programado, el motivo principal por el cual fueron convocados para ese momento crucial lleno de sorpresas, de sortilegios, y acertijos sin fin, que a la postre terminó marcándolos para siempre.
A eso de las 9:45 de la noche, notaron que ciertas aves salían de sus nidos en lo alto de los árboles, por un instante creyeron que eran murciélagos cazadores de insectos, sin embargo, sus atenciones fueron fijas y dirigidas en un mismo y único sentido. Allí mismo frente a sus narices, a unos 25 cercanos metros de su sitio, y muy por encima de los árboles que ahora eran diminutos helechos, sobresalía un aparato extraño de forma ovoide al que jamás habían visto, ni siquiera en sus sueños. La obcecación del momento quizás los terminó salvando de aquel sorprendente hallazgo, al que nunca tuvieron la más mínima intención de buscar. El artefacto de luces indescriptibles que desfilaban aceleradamente en círculos sincrónicos, formaba además una especie de aro magnético insonoro, se hallaba ahí justo para ser visto y por qué no para ser analizado. La experiencia era aterradora había dejado ya un mar de asombros imaginarios en los cuatro protagonistas. El resplandor de las luces hizo aumentar más el calor corporal, y la estupefacción les impedía observar con detenimiento aquel misterioso objeto. Félix, sin embargo, sacó su ánimo y atrevimiento que lo caracterizaban, decidió entonces romper unánimemente ese cerco invisible de miedo, y salirse de aquella foto programada del tiempo, caminó lentamente bajando hacia el tallo de los árboles, muy cerca del perímetro que demarcaba un rayo de luz salido de aquella misteriosa y extraña cosa.
Su curiosidad infundada por hacerle frente a varios retos a su corta edad, le conferían un título sin reconocimiento y de poco valor para su vida. Quizás sus ánimos de acero serían derretidos por las dimensiones ambiciosas de su atrevimiento.
Su camisa de cuadros azules, reflejaban un morado intenso, y una fuerte descarga terminó alejándolo bruscamente de aquel radio macabro y existencial. Había sido repulsado ipso facto, y con ello vinieron también sus cortas penumbras. El caso que incluye detalles aún confusos 46 años después, recoge que los días siguientes a la noche aquella de amargo olvido, su cuerpo fue un alojo de fuertes calores y fiebres, que los médicos traídos desde Cartagena jamás lograron detener. Nunca logró reponerse para explicar con detalles minuciosos su conmovedora experiencia, pues su cara era la de un cristo nazareno velado con mechones de kerosene. Su madre que, para ese entonces, era un carnaval de confusiones, jamás se despegó de él, e incluso después de experimentar las extrañas circunstancias que dieron lugar a su deceso. Coincidió que Félix, en sus días postreros a la muerte, decía una catarata de disparidades en un lenguaje extraño, que despertaba miedo, a lo que los médicos atribuían como efectos del fenómeno paranormal. Sus ojos brillaban como luceros juveniles, y su respiración entrecortada dibujaba un panorama obscuro en medio de una incertidumbre maldita. Los tres protagonistas restantes fueron seguidos todo el tiempo por unos hombres extraños que llegaron al pueblo una vez se corrió la noticia como pólvora encendida, y poco o nada lograron hablar hasta 41 años después, ya que siempre consideraron la frase: “más vale tarde que nunca”, y reconocieron que aquello no podía ser un sueño de 17.520 noches, ¡por supuesto!, un sueño no podía durar los tiempos de una vida promedio. Sin embargo, y para entonces las versiones y descripciones dadas no coincidían en el tiempo y en el espacio, se contradecían en absoluto, tan solo acertaban en la intensidad extrema, y el foco incandescente de luz que emitió aquel desquiciado objeto.
Félix falleció seis días después de aquel extraño hecho, entre acordeones de luto y una soledad funesta que lo sepultó para siempre. No pudieron verlo, ni siquiera después que un cura mariposo traído desde Pedraza, le hiciera las honras fúnebres vestido con atuendos de fiesta. El sacerdote que más parecía estar allí por obligación que por voluntad divina, justificó aquel deceso como un acto de desobediencia, y aclaró que todos esos aullidos en las noches de los perros, eran el resultado de una comunidad que se había alejado de los caminos de Dios. Entre el calor, que se reflejaba en su cara empapada, dejó claro, que con el tiempo el pueblo iba hacer un desierto de espantos, un lugar lúgubre al que nadie visitara, ni siquiera a ver sus propios muertos. La comunidad en un momento de zozobra terminó por no esperar la triste sepultura. Allí, en ese cementerio escueto donde descansaban los muertos del pueblo fue sepultado, en una bóveda señalada y espantosa, que terminó siendo una leyenda más de la comarca, junto a la ya conocida del ´Curtio de Loma Grande´.
Más, sin embargo, el muerto no descansó después de haber sido sepultado, pues ocho días siguientes del funeral, y cuando los comentarios impertinentes se pensaron que iban a desaparecer, una orden judicial autorizó su exhumación para llevar a cabo un estudio profundo de la situación, que ya había sido una preocupación gubernamental. Casualmente el mismo día que se iba a levantar la mesa del velorio, unos hombres de negro llegaron a la población en compañía del inspector, un hombre escuálido y de poco fundamento que terminó cediendo ante la petición administrativa y jurídica que autorizó el procedimiento. No sin antes pedirle a los asistentes administrativos, que si el señor gobernador no había enviado una ´liga´ acostumbrada por su colaboración. Esto trajo consigo, la doble destrucción del corazón de la madre, quien asistió al desentierro acompañada de su hermano, quien jamás la soltó de su brazo.
Los hombres de negro con un automatismo experimental, destruyeron de un solo golpe la lápida, que aún tenía algo de cemento fresco. En ese instante, una trilla de hormigas negras se dispersó entre la arena y la oscuridad que aparecía ahora al interior de la bóveda, al halar el féretro con cierta incomodidad, sintieron por el resultado del peso que faltaba algo más, y al levantar la tapa de arriba de la caja de madera, sus sospechas fueron comprobadas; el cuerpo de Félix Alfaro Cantillo no estaba. El ataúd de cativo marchito se hallaba vacío, sin ningún cuerpo inmóvil, todos se miraron absortos, estupefactos, cual estatua de sal. En el fondo de la caja rectangular aún se conservaba el olor del satín, que arrojaba la tela brillante de aquel adorno fúnebre. Solo se encontraban los zapatos corona, de color negro que mostraban la falta de betún, y el desagradecimiento del que los donó para vestir a Félix, pues hasta la remonta le hacía falta. El cadáver había desaparecido sin ninguna explicación, en medio de unos rumores que iban y venían, y que profanaban mentes, en un pueblo sediento que jamás perdió la memoria que depositara Félix en el colectivo de los jóvenes, sobre todo que se había construido en el imaginario poblacional, una estatua abstracta e inmortal que dejó aquel hecho con precedentes existenciales, y que a la postre significó no saber nunca jamás, ¿Quién se robó la vida y el cuerpo de Félix Alfaro Cantillo?
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