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Por: Jorge Guebely
Presa de intereses políticos, muchos colombianos pregonan la inexistencia del centro. Lo consideran entelequia, discurso sin contenido, ficción de tibios. Ignoran su honorable tradición humana, reconocida por brillantes pensadores y por culturas poderosamente consolidadas
“Dorado término medio” llamaron los latinos a la virtud de la moderación. Epicuro halló la felicidad en la armonía con lo que se tiene y el sufrimiento, en los extremos de lo que se anhela. Filosofía revelada en la oda de Horacio al emperador Licinio: “El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen la envidia”.
Los griegos descubrieron la belleza en la “dorada medianía”; allí donde residen simetría, armonía y proporción; incluyendo la proporción aurea. El bello mito de Ícaro ilustra la sabiduría del centro. Su padre, Dédalo, le fabricó alas de cera para escapar del laberinto, para que volara sensatamente en el término medio, ni muy alto que se las derritiera el sol, ni muy bajo que se empaparan con espumas de Mar.
Platón ponderaba mejor el justo medio de un Estado. Uno que no sobreestimara la monarquía porque se convertía en autocracia, tampoco que sobrevalora las libertades porque se convertía en desenfreno. El “areté”, virtud en Aristóteles, se hallaba ‘justo en el termino medio’. “Doctrina del justo medio” confuciano que los taoístas llamaron el equilibrio del mundo.
Pero la política de hoy -que no alcanza al estatus de arte, ni de filosofía, ni de virtud aristotélica, ni de ciencia; que es artificio mental, traición, intereses mezquinos, tragedia social- se mueve feliz en los extremos como los gusanos en las heridas purulentas. Política de caudillos, de opresión, de servilismo, de crueldad y, sobre todo, de idiotez, como lo pensaba Borges. De ignorancia humana gestionada con terror y miseria como lo pienso yo.
Por ignorancia substancial, un pueblo sólo anhela caudillos, redentores. Sin la confianza en sí mismo, espera un Cristo que bajará de los cielos para la redención del alma y un caudillo para la salvación del cuerpo. Adora a líderes carismáticos; a quienes admira, pero no ve; a quienes escucha, pero no oye. Líderes que lo destruyen, pero el pueblo los construye. Tragedia infernal, pues el verdadero infierno no es más que la ignorancia humana según Sócrates.
Un pueblo informado, humanizado social y espiritualmente, piensa y siente. Un pueblo que piense y sienta excluye todos los extremos porque todo extremo es otra enfermedad, otra distorsión de la mente humana.
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