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Por: Adlai Stevenson Samper

Esta segunda semana de agosto se publicaron varias encuestas. Dos de ellas por firmas reconocidas nacionales con sede en Bogotá y una local barranquillera de “bolsillo”. La de Datexco midió al gobierno central, instituciones y manejo de pandemia saliendo, casi todas, en líneas generales, muy mal libradas. También hicieron un repaso a la favorabilidad y desfavorabilidad de los alcaldes de Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla.

El de Barranquilla, Jaime Pumarejo logró la cifra más alta en desfavorabilidad entre los cuatro mandatarios auscultados con un 52%. A su vez se posicionó como el último de la tabla en favorabilidad con 30%. Dos días después la firma Datanalisis de Barranquilla presentó una encuesta en donde aparece el alcalde con 82% de aceptación en el manejo de la pandemia, cifra que difiere notablemente con la de Datexco.

Puede ser una maniobra propagandística compensatoria o, usando una criticada frase del alcalde Pumarejo, un auténtico y verdadero “pajazo mental”. La ilusión es igual en sus perspectivas a la esperanza que nunca se pierde y se mantiene viva en asuntos de fe. Lo cierto es que en esos mismos días el alcalde, todavía con la ciudad sin sobreponerse de los efectos de la pandemia, soltó una declaratoria de obras con un costo de inversión de 6 billones de pesos en donde no aparece, por ninguna parte, cambios fundamentales en educación y cultura, componentes esenciales, según organismo internacionales, ONGs, centros de investigación urbana y universidades para lograr significativos cambios y transformaciones sociales.

Asumiendo que el propuesto es un modelo de ciudad que genera ingresos para los contratistas vinculados a estos procesos y que algunas obras –por ejemplo, Mallorquín, son necesidades ambientales- cabe cuestionarse sobre el origen de estos recursos enunciados que no son nada desdeñables. Son iguales a los ingresos anuales de poderosas empresas (por ejemplo, el grupo Olímpica) y no guardan relación con la realidad tributaria y de hacienda del Distrito Especial de Barranquilla cuyo presupuesto para la vigencia del 2020 es de 3,68 billones de los cuales, es menester recordarlo, se va una buena parte en gastos de pago de deudas y administración.

Se habló de más préstamos. De emisión de bonos. De variadas metodologías empleadas por el sector financiero para enganchar en su portafolio de servicios a entidades públicas territoriales con ánimo dispuesto a sacrificar tributariamente a sus ciudadanos, desestimulando la inversión foránea y promoviendo de contera la visión que es mejor propósito para la buena marcha del negocio, servicio, industria o comercio, establecerlo en una ciudad que no asedie tanto sus ingresos operacionales. El capital no tiene corazón territorial y es proclive a buscar asentaderos más propicios para sus actividades. Ejemplo de lo anterior? La huida del grupo Santo Domingo de la ciudad.

Las cifras económicas de Colombia en la pandemia son terribles en su magnitud. Llegó a −15.7% del Producto Interno Bruto (PIB), superando a cifras del año 30 del siglo XX en la gran depresión. Sin embargo, el Alcalde de Barranquilla sostuvo que la economía de la ciudad tenía notables repuntes en la industria manufacturera, hecho asombroso dado el marco general nacional mencionado de la caída del PIB. Miremos como se distribuye territorialmente el PIB en Colombia: Bogotá tiene el 52%, Antioquia y Medellín el 21%, la región Caribe el 12%. Dentro de la región Caribe Barranquilla tiene un porcentaje de aproximadamente el 3 o 4% del nacional. Concluyendo: la caída nacional del −15% del PIB, impacta al de Barranquilla que entre otras cosas, según una encuesta económica del mes de mayo y junio de este año, fue la ciudad en donde hubo mayor contracción de compras según índices estadísticos dedicados al consumo.

Tiene todo el derecho el señor Alcalde de presentar tan optimistas planes de inversiones y halagüeñas perspectivas económicas y tenemos los ciudadanos con sentido crítico y analítico a disentir de tan hermoso panorama de cifras ilusorias. Solo basta repasar con ojo avizor por todos los intersticios de la ciudad el rebusque de mercados callejeros en carretillas, la profusión de limpiavidrios en las esquinas, las madres pidiendo limosnas con sus niños menores de edad, los desempleados por el efecto pandemia y el vasto sector informal que vende lo que sea: accesorios de celulares, geles, mascarillas, plantillas, juegos didácticos, plátanos en malla, quesos, frutas y cuidanderos de carros. Una ciudad con una gran mayoría en estado de pobreza absoluta, una masa silenciosa que deambula buscando la supervivencia diaria.

Esa es la ciudad que hace contraste con las inversiones planteadas por sumas astronómicas, la que muestra el real estado de inequidad y exclusión social y no la “utópica” cuantificada en cifras chuecas.

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