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Por. César Gamero De Aguas.

Desde antes de nacer Juan Cifuentes Aragón ya era un hijo maldito, y no fue hasta su nacimiento la noche de un 31 de octubre de 1987, en un pequeño caserío del Piñón-Magdalena, cuando lo llamaron El hijo del diablo. No era para menos, pues había sido el mal fruto de un incesto desmedido entre dos hermanos que pecaron por dar rienda suelta a sus apetitos sexuales. Desde el mismo momento en que la madre decidió no criarlo jamás, lo entregó sin pensarlo dos veces, a una señora curandera que se desplazó hacia Soledad, luego de vivir la penosa tormenta de la masacre de Playón Orozco orquestada por los grupos al margen de la ley en el año 1999.

La bruja intentó ofrecerle amor a una criatura de corazón funesto, que tenía trazado su cruel destino. Desde muy niño se caracterizó por ser inquieto, poseía una admirable habilidad para cazar iguanas, pájaros, y cuanto animal salvaje llamara su atención. Jamás necesitó ir a la escuela, no supo sino colocar la huella y un garabato de firma que quedó registrada en la Registraduría Municipal de Soledad al cumplir sus 18 años de edad. Para ese entonces sus travesuras ya eran de un cuidado especial, lapidaba perros y envenenaba gatos que aparecían descompuestos en los techos de las casas de Villa Esperanza, el barrio que terminó configurando al hijo del diablo. La historia dice que era un joven extraño, de pocas palabras, de cabellos largos que bajaban hasta sus hombros, vestía pantalones y camisas de colores oscuros, de contextura delgada como una liebre, no le gustaba asearse por lo que siempre expelía un cierto olor a cebollas descompuestas, tenía además un cierto tic nervioso en su ojo izquierdo, y un aura de colores de espanto que dejaba al pasar por las polvorientas calles de aquel barrio de invasión. Se dice que sus primeras víctimas fueron recién cumplidos los 12 años de edad, solo que la Fiscalía jamás imaginó que este joven de enigmas secretos pudiera cometer aquellos crímenes atroces. Sin embargo, hacía el año 2001, empezaron aparecer cadáveres de féminas menores de edad, que eran violadas, ultrajadas y apuñaladas en sus vientres al parecer con cierta arma blanca, dejando un cuadro surrealista de estigmas de dolor, impotencia y odio. La situación muy pronto pasó de turbia a oscura, cuando a sus 19 años conoció al único amor de su vida; Inés del Carmen Díaz Carrizo, una meretriz de retiros ocasionales, 32 años mayor que él. Era una vendedora empedernida de cannabis y otras drogas, que terminó perdiendo por los caminos del mal, a más de tres generaciones de jóvenes desprotegidos por el abandono social. Tenía unos ojos de rabia, era alta, de tez blanca, con un cuerpo armonioso que se negaba a desaparecer en medio de los rigores del tiempo. Muy niña terminó siendo ofrecida por su madre, a un gringo hippie ´de quinta´, que se llevó no solo su virginidad, sino que la terminó conminando a vivir una vida de desventuras sin tiquete de retorno.

Esta empezó a ofrecerle droga a Juan, a cambio de favores sexuales, que lo fueron convirtiendo rápidamente en una especie de amante permanente sin derecho a pedir explicaciones, ni mucho menos hacer reclamos. Un amante con un destino maldito que se paseaba orondamente buscando víctimas.

Ante el fallecimiento de su madre de crianza debido a un cáncer de cérvix, Juan no tuvo más opción que la de consumar una relación que seguiría alimentando vorazmente su apetito asesino. Fue por ello, que ni él, ni sus crímenes cesaron. Muy rápido se convirtió en un asesino en serie de mujeres indefensas, al que su odio interior le había hecho perder desde antes de haber nacido su desprecio por el prójimo, así como también la memoria reciente de sus asesinatos.

Procuraba no dejar huellas, por lo que para la policía era uno de los casos enigmas que se hallaba sin resolver. Era sigiloso para dar su zarpazo siniestro, se estima que el volumen de victimas sobrepasaba las 35 mujeres asesinadas entre el año de 1999 al 2014 cuando fue detenido. Mujeres asesinadas con sevicia aparecían en poblaciones como: Piñón, Salamina, Palermo, Sabana grande, Malambo, Santo Tomás y Soledad, este último su lugar de residencia. Era un depredador incansable que soñaba con un acoso de voces provenientes del más allá que atormentaban su presente. No miraba fijamente, era una especie de joven tímido que se ganaba la confianza de sus víctimas para luego actuar de manera violenta y consumir su trabajo macabro.

El recinto donde vivía con su amante, y que fue allí mismo su detención, era un cuadrado de tablas de cativo barato reutilizadas, cubierto con unas láminas de zinc que resguardaban una relación de tormentas y truenos. Por las noches cuando la comunidad dormía, era el lugar de peregrinación de drogadictos, y habitantes de la calle que acudían a comprar marihuana, bazuco y otras sustancias de la muerte. El traspatio, era una especie de basurero municipal, un lugar donde habitaban muchos roedores y reptiles que también libraban una batalla sin cuartel llena de amargas sorpresas. Pero en muchos casos el hombre no puede ocultarse de su destino, y termina cumpliendo lentamente y al pie de la letra el ejercicio de su fin.

La relación que desde que inició fue tormentosa, terminó siendo la meta de sus desgracias. Los dos habían hecho tanto daño, que la humilde vivienda quedó demasiado pequeña para guardar allí sus males. Desde que juntos se burlaban en el lecho de su esposo fallecido de causas misteriosas, hasta que su vergüenza terminó por ocultarse tras la presencia de la muerte. Juan e Inés no poseían escrúpulos, emitían un pánico en el sector que generó una barrera inobservable a simple vista de terror, que duró una generación más cuando ya los dos cumplían el epilogo de su trágico final. Inés seguía ofreciéndose a cuanto mozo drogadicto llegara a visitarla a espaldas de su joven marido, y este a su vez salía a realizar sus crímenes y fechorías, constituyendo una novela siniestra que muy pronto cristalizaría una perfidia indisoluble. La madrugada del atroz crimen, en la que Inés fue sorprendida en medio de la satisfacción del placer, jamás será olvidada por muchos habitantes de aquel barrio, que después sería recordado como “La zona del hijo del diablo”. Juan no había tenido suerte para hallar una presa, merodeó por largo rato en un sector enmontado a la entrada de Malambo, que era frecuentado por mujeres menores que ingerían drogas. Dos años atrás había asesinado allí a una joven de 15 años, cuyo cadáver rígido se descubrió sin que se iniciase una investigación de rigor para encontrar el verdadero culpable. Dio vueltas en medio de la oscuridad y el sofoco, hasta que su ansiedad le permitió regresar, para hacer en su aposento lo que en la calle no le fue permitido hacer, por lo menos hasta esa madrugada. No fue difícil regresar sin ser visto, pues muchas veces lo hacía por la parte trasera del recinto, al abrir una especie de portillo que delimitaba el predio, se halló con la sorpresa, que ya meses atrás había percibido. Su mujer se revolcaba allí como una yegua en celo, en un catre que ponía aún más al descubierto su traición. Unos gemidos de amor salían por las juntas de las tablas, y una luz titilante y débil sería testigo de algo macabro. Las miradas de los sorprendidos ya eran de muertos, estáticos en ese preciso momento, expectantes, casi mudos, miraron lo último que verían sus vidas, al hijo maldito del diablo que con su filosa navaja en mano descargaba toda su ira sobre los dos cuerpos, y una mancha de sangre se vertía sobre el piso rústico de cemento. El examen de la autopsia reveló más de 200 puñaladas con una energía descomunal, propia de titanes enfurecidos que jamás se pudo justificar, sino debido a los efectos empedernidos y alucinantes del cannabis. El mango de la filosa navaja se debilitó hasta partirse, por lo que concluyó su tarea siniestra con un machete sin filo, que había detrás de la puerta y que utilizaban para espantar a los perros hambrientos del sector.

Lloraba como un niño, sus lágrimas se confundían entre el sudor de su frente, y una tristeza que se rebelaba aceptar su fin. El olor a sangre que despedían las profundas heridas le produjo unas náuseas como nunca antes las había sentido. Jamás pudo olvidar aquel suceso, ni siquiera 10 años después, cuando cumplió seis largos años de una larga condena de 18250 días que le impuso el estado. Lo demás fue solo cuestión de tiempo, para que llegaran los primeros curiosos, y con ellos una patrulla de policías que cobraba por el sector el silencio del delito, quienes evitaron por la fortuna de Dios, el linchamiento que quisieron imponer unos drogadictos enfermados con la situación. Con su ropa húmeda aún de la sangre derramada, ´El hijo del diablo´ fue conducido a una celda solitaria, de la cual jamás salió. Nunca quiso dar detalles concretos de sus acciones, pese haber reconocido que era el autor de los muchos asesinatos de mujeres en esa zona y del otro lado del río. Hoy recluido en la cárcel La Tramacúa en Valledupar, se pasea de un lado para otro mirando hacia el suelo, en ese espacio vacío de doce metros cuadrados, su mirada sigue siendo esquiva, penetrante, y con un futuro desolador y aún misterioso que lo sigue persiguiendo, sin dejarlo tranquilo, atormentándolo cada día, cada momento y cada instante, pues al fin de cuentas seguirá siendo ´El hijo maldito del diablo´.

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