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Por: César Gamero De Aguas.
La candente mañana del domingo cuatro de mayo de 2006, estuvo llena de grandes eventos. Por un lado, el calor se acrecentaba cada vez más en esta parte del trópico, y por el otro, las personas mostraban el lado oscuro que genera soportar el sopor y el bochorno, entre la situación reinante. La temperatura aumentó según los indicadores públicos, que se erigen como ninfas de cera en diferentes sitios de la ciudad a 39º grados Celsius. Los labios cuarteados, así como el incesante consumo de agua eran el común denominador de las primeras horas del día. No obstante, y al comenzar la tarde las nubes grises que pasaban ligeras en horas de la mañana, parecieron detenerse al mejor estilo de un pare por semáforo en rojo. Estas se ubicaron en la zona céntrica de la Arenosa, condensando no solamente el calor sino un cielo gris oscuro que avecinaba sin vacilación un torrencial aguacero. Las personas en las zonas rurales, colocaban espejos con la ancestral intención de atraer la lluvia hacia zonas de cultivo, pues el año había iniciado seco y los niveles del río habían bajado tanto, que, en la región de Plato, los caimanes salían apresurados del río, buscando con el afán que produce el sol canicular, lagunas improvisadas o sitios mucho más frescos.
En la ciudad por su parte nadie daba un confite por el desenlace de aquellas nubes negras, solo hasta cuando la camisa de Simón Freyle fue mojada por la primera gota de agua fría que cayó del cielo, la gente corrió hasta donde más pudo para refugiarse en sus casas. Éste había salido a tomarse un jugo de piña para aliviar los estragos del calor, así que corrió como alma que lleva el diablo a su refugio, que quedaba en un sector remoto del sur de la ciudad.
Ahondaba en los 62 años de edad, vivía con su esposa quien le había dado cuatro preciosos hijos que crecieron en medio de las calamidades de una familia pobre. La fuerte lluvia producía un sonido estruendoso en el techo de zinc, su esposa no se hallaba en ese momento en casa, por lo que tuvo que empezar a achicar el patio rápidamente, pues el agua de lluvia en menos de una hora, ya hacía estragos de consideración en su humilde vivienda. Los primeros en bañarse con el agua bendita que caía del cielo, salieron despavoridos al escuchar con desatención el primer relámpago, que dejó una breve estela de luz por varios minutos en la espesura negra del cielo, y que retumbó en casi toda la ciudad. El fluido eléctrico sucumbió y más atrás el servicio de agua dejó de funcionar, por lo que parecía ser más una rutina para estos casos, antes que el inicio de una gran catástrofe.
Aprovechó que los baldes pequeños se llenaban con sabia facilidad, ante el asedio constante de la lluvia que permeaba sin contemplación el techo, sacaba el agua de la sala con un automatismo singular, que terminó agotándolo antes de tiempo. Encendió su viejo radio de pilas alcalinas que perdía la señal ligeramente ante la serie indiscriminada e incesantes de relámpagos, allí en las noticias entrecortadas pudo comprobar que ya el primer aguacero del año dejaba serios estragos por los lados del sur. Escuchaba que la ciudad se hallaba paralizada por eso de los arroyos, así mismo, se habían logrado reportar muchas explosiones de transformadores eléctricos , y que un vendaval de enormes proporciones había dejado sin techo más de treinta viviendas en el sur occidente de la ciudad .Por otro lado, el servicio de bomberos prestó diez atenciones al mismo tiempo, donde se pudo evidenciar la imprudencia de muchos conductores al querer sobrepasar por impulsividad y desosiego , el monstruo irascible de los caudalosos arroyos.
Las aves furtivas salían desorientadas de sus refugios, pues los árboles se sacudían con fuerza ante la persistencia de la brisa, y entonces, el rápido vaivén de los troncos producía un ruido similar al de las películas de espanto.
Simón en medio de la obcecación que producía aquella circunstancia, observó como un niño de escasos 12 años desobedeciendo a su madre, salió corriendo a la calle quedando expuesto a la intemperie que ya cambiaba de un tono gris obscuro a negro. Aquel cuadro experimental le recordó no sólo que había llegado a viejo, sino que la juventud actual vivía en otro mundo de vueltas desiguales. Prosiguió su labor más lenta al paso que la lluvia pareciera tener en cuenta las suplicas inclementes del padre Eduardo, quien ya había quemado hojas secas de laurel, conservadas con sigilo de la pasada Semana Santa, e imploraba con una paciencia automática y férrea voluntad, junto a su séquito de mujeres, las oraciones de rigor para que cesara de una vez por todas la lluvia torrencial. La tempestad cedió dos horas después, y con ello llegó el aumento considerado del caudal de los arroyos, por lo que el volumen de accidentes sobrepasó los límites. Muchos bañistas, sin embargo, regresaban a sus casas aun mostrando un aliento tenue. La radio simplificaba los estragos de la siguiente manera, una ciudad completamente devastada, árboles caídos que produjeron daños materiales cuantiosos, personas desaparecidas, viviendas completamente destrozadas, el sistema vehicular paralizado y para colmo de males, los servicios de agua potable y luz eléctrica colapsaron dejando a la ciudad sumida en un caos .Total , las noticias eran reportadas por los afectados vía celular, y éstas se iban amontonando conforme llegaba la noche, una noche ahora húmeda , y arropada en el manto de la obscuridad.
Pasadas las seis llegó su esposa con sus tres hijos, Laura de seis años, Carmencita de doce años y Daniela que ahora convertida en mujer recién había cumplido los 17 años. Todas eran muy ceñidas al amor de madre, y de hecho poco o nada sabían de Santiago, a quien por última vez lo habían visto por los alrededores del estadio de fútbol, junto a su gallada de toda la vida, éstos al parecer disfrutaban del primer aguacero de aquel año seco.
En la ciudad reinaba el caos, las sirenas de las ambulancias resonaban en un solo unísono, repetitivo en el devenir de la noche, las personas en sus casas sacaban con dulce afán recipientes llenos de agua, el nivel de inundación llegó a ser catalogado de extremo por las autoridades locales. Así como las personas salieron al encuentro de la lluvia, así mismo, se refugiaron en sus casas, el cansancio quizás terminó venciéndolas, y solo quedaron Simón y su familia preguntando a los contados transeúntes, que se dirigían a sus casas saltando entre charcos improvisados y como ranas plataneras, el paradero de su desaparecido hijo. El sistema telefónico ahora también fuera de servicio no facilitó en ese momento las primeras indagaciones del caso.
Las cámaras de seguridad se averiaron, Simón acudió a la pequeña capilla de la virgen de Santa Marta, y encontró en medio del sollozo naciente al padre Eduardo, junto al confesonario hacía gemidos lentos, y con un canto de tristeza, le manifestó del robo que había sido objeto. Dos millones de pesos producto de los servicios religiosos y las ofrendas de algunos feligreses se habían esfumado, al parecer uno de los monaguillos que recibía estudios bíblicos en la capilla, y que precisamente se le había metido el diablo, era el autor del hurto. Así que no tuvo tiempo para escuchar la mala noticia que rondaba a Simón, entonces éste último terminó yéndose con otro problema más en su cabeza.
Al pasar aceleradamente por las inmediaciones del estadio de fútbol, observó entre la limitación de su vista, ocasionada por la nebulosa de una catarata que cubría el 100% del ojo derecho, una muchedumbre quienes afirmaban que un joven había sido tragado por las turbulentas aguas del arroyo Don Juan, al parecer cayó accidentalmente en una cuneta, y ésta debido a la fuerte corriente lo había arrastrado sin vacilación en un tobogán sin regreso. Al abrirse paso entre la multitud, se halló con que la descripción física que daban los curiosos eran imprecisas, pues no lo conocían, entre descripciones y retratos hablados, fue naciendo en él un desconcierto, y entonces el dibujo mental de su hijo, se perdía efímeramente en los comentarios dados por los testigos.
Los bomberos por su parte recibían informaciones entre cortadas por sus radios portátiles, muchas daban cuenta de seis desaparecidos en otros sectores de la ciudad, muchos tranquilizaban al viejo de lento caminar, ahora con un disfraz sin ecuánime de tristeza. Su familia se unió a la búsqueda, las cámaras de seguridad revisadas ahora por especialistas de la fuerza pública, no captaron el momento del siniestro, pero si una leve silueta de un joven, que jugaba placientemente al fútbol con una camisa vieja de la selección Brasil. Su presentimiento le produjo un nudo indesatable en su garganta. Sus hijos se abrazaban como despidiendo el año, formando un círculo de dolor, y sólo una leve esperanza mantenía viva la llama de la fe.
El reporte dado por uno de los bomberos, de fisonomía delgada y abatido por los estragos del desastre, daban muestra de que la ciudad había sufrido un apagón total, este se había extendido hasta los municipios cercanos, y desde ya en algunos sitios se presentaban saqueos desmedidos. El mensaje con evidente claridad anunciaba que ocho carros habían sido arrastrados por los arroyos, seis personas fueron rescatadas de éstos con vida, 200 casas habían quedado sin techos ante el asedio de una trompa marina, en el sector de Soledad 2000, centenares de cables energizados parecían serpentinas negras entre los copos de los árboles, y ahora una honda pena que embargaba a una familia del sur de la ciudad.
La expedición se fraguó muy rápido, luego después de que el Cuerpo de Bomberos partiera para atender otras emergencias que en ese momento aumentaban considerablemente en número. El punto era seguir a pie por las laderas del arroyo, que se extendía en casi ocho kilómetros hasta el río Magdalena, una bombilla de mano y muchos celulares encendidos servían de guía durante el recorrido, y muy pronto desaparecieron sin vacilación entre la obscuridad que avecinaba la noche. Unos árboles de almendra daban ahora la bienvenida a los rescatistas furtivos. La búsqueda se extendió hasta pasadas las cuatro de la mañana, en esa senda fueron testigos de otras calamidades no reportadas anteriormente. Como el caso de dos familias cuyas hijas se fueron de sus casas al parecer por el embrujo de sus novios, sin contar el levantamiento de placas en algunas calles, atracos a buses urbanos y transeúntes en el sector de los “Tres postes”, doce policías heridos en las revueltas por la suspensión del servicio eléctrico, y otros más desmanes que sancochaban una reyerta de enormes proporciones.
A eso de las siete de la mañana del lunes, la ciudad se levantaba entre un sueño entrecortado producto del calor, por las calles el rumor era casi el mismo, una noche pesada, llena de zancudos indiscriminados y de muchas ilusiones inconclusas. Simón entre el cansancio cósmico de casi 29 horas sin dormir no perdía las esperanzas de hallar a su desaparecido hijo con vida, en ese momento el defensor del pueblo había sido solidario con las súplicas del padre Eduardo, quien, en medio del calor de la madrugada, se había resignado a la pérdida del dinero, la que relacionó con los nueve años de liquidación a la cual tenía derecho el monaguillo, quien para ese momento se sentía dueño también de las utilidades de la iglesia. Con un celular de última gama llamó aquel servidor público, quien fuera en una ocasión alumno suyo en uno de los colegios Salesianos de la ciudad.
El funcionario envió dos lanchas de rescate y un personal de la Defensa Civil quienes se unieron a la búsqueda del cuerpo, pues para ese entonces veintiuna horas después de la desaparición, las esperanzas de hallarlo con vida era más que un simple milagro.
El calor era insoportable, ponía no sólo a las personas en las puertas de sus casas, sustrayendo con abanicos de mano improvisados, un poco de brisa escasa entre la humedad reinante. Las turbas en los barrios del sur cerraban las vías como mecanismo de protesta, la quema de vehículos acrecentaba más la temperatura, y los cuerpos policiales también sumidos en el agotamiento del sueño, repelían sin resultado alguno a los revoltosos.
Las estaciones de los buses articulados en el sur de la ciudad fueron objeto de los vándalos, el saqueo indiscriminado hacía incluso que las hordas se llevaran objetos que en su momento eran casi inservibles. Era como haber despertado un enorme dragón dormido, que ahora lanzaba llamas incandescentes a cuanto ser se atravesara en su camino. Tiempo después el turco Yoshia afirmó: “todo esto sirvió para darnos cuenta de algo, como la ciudad tenía serios problemas de infraestructura y que éstos eran encubiertos por la administración local, bajo el manto de las distracciones y la ignorancia del pueblo”.
Simón mientras tanto seguía con la estela de sus lamentos, las horas transitaban lentas, ante una catástrofe social que ya dejaba varios detenidos y millones en pérdidas.
La incomunicación era total, el calor cada vez más agobiante propiciaba más las calenturas de los adolescentes. Un alivio en medio de la tristeza se dio cuando un joven rescatista de la Defensa Civil, anunció que de los desaparecidos reportados, solo uno no había llegado a su casa , y era él, Antonio Freyle López, de 17 años de edad, no se hallaba estudiando, pues había sido excluido de un colegio Distrital por haber reñido en clase con un compañero, desde entonces consideró que la educación era un parapeto más de la vida, por lo que la calle terminó formándolo, no precisamente en un joven ejemplar, sino un pillo de poca monta que causaba estragos en su vecindario.
Había salido como alma que lleva el diablo cuando cayeron las primeras gotas de agua, y precisamente concordaba su fisionomía, con la descripción física que dieron los testigos cercanos al hecho.
Mientras tanto muchos colegios oficiales no recibieron a sus alumnos por eso del agua y la luz eléctrica, la situación puso al descubierto que éstos no tenían planes de contingencia frente a estas calamidades, los tenderos y vendedores de carnes frías se vieron obligados a regalar sus productos perecederos, antes de tener una emergencia sanitaria de magnitudes extremas, los atracos a los buses se intensificaron hasta las once de la noche del día después, donde ya se acumulaban 30 horas del siniestro, y fue precisamente allí, después de que la administración local del aeropuerto reconociera los retrasos en los vuelos comerciales, producto del fluido eléctrico y otros imprevistos. Cuando Simón decidió regresar a casa, dejando no solo en la ribera del río sus esperanzas, sino una esposa e hijos que caminaban de un lado para otro en la búsqueda afanada de un cuerpo, que para ese entonces ya era imposible de hallarlo con vida.
Cuando llegó a su trágico destino, los autobuses orillados en las vías formaron un trancón descomunal, las calles se hallaban bloqueadas por lo que sus ansias vencieron fácilmente las barreras de la desesperación, se bajó estrepitosamente, sus harapos húmedos producto de la lluvia del día anterior, mostraba desde luego un físico mucho más demacrado. Su semblante había cambiado mucho tiempo antes cuando el gobierno decidió cerrar, el banco Central Agrario, donde laboró.
Su liquidación de muchos años se desvaneció en la compra de una pequeña casa al sur de la ciudad, donde su hijo mayor sufrió directamente los embates de la pobreza. En la actualidad vivía de la venta callejera, y de la caridad de algún familiar, pues por su mente rondaba desde muchos años atrás que la lucha no termina en las batallas, sino que estas prevalecen en el hombre.
Había sido sindicalista y ello fue el atenuante crucial para ser uno de los primeros despedidos del banco.
Se abrió paso entre la trilla de personas que subían y bajaban por las aceras, con suma rapidez, los autos y buses sonaban sus bocinas favoreciendo la incursión del caos y el desorden. Tenía que cruzar por medio de la turba, por un lado, una caterva de pillos, envenenados por el efecto del cánnabis, lanzaban piedras y cuanto objeto pudiera ser lanzado a la policía, por otro lado, los policías antimotines repelían a la multitud lanzando gases lacrimógenos, balas de hule que rebotaban en las calles asfaltadas, sitiadas y llenas de llantas quemadas. La tanqueta lanzaba chorros de agua a presión, lo que ocasionaba un desgaste conjunto de la multitud, pero así mismo, aceleraba más la cólera de los manifestantes. La humedad producida por el calor era muy notable, el sonido de las papas explosivas se confundía con el choque de las piedras, al reventar los vidrios. Una señora de avanzada edad se desmayó al presenciar la magnitud del problema.
Simón se abrió paso una vez más entre la multitud, el cansancio desmedido quizás pudo apoderarse de su mente. Con el mismo automatismo se dispuso a cortar camino en medio del enfrentamiento, muchos corrían de un lado para otro, la batalla era indiscriminada, violenta y sin cuartel, el calor agobiante, su situación tan sólo era una calamidad más de la catástrofe, muy pronto fue uno más de la revuelta, corrió zigzagueando las explosiones de piedras y de las balas, un sonido peculiar producto de una detonación fue cortante en el accionar. Un cuerpo herido se desvaneció en la vía, entonces fue socorrido por muchos manifestantes quienes aprovecharon para saquear sus bolsillos, tan sólo hallaron una bolsa plástica transparente que guardaba de las inclemencias de la lluvia , un carnet inveterado del Seguro Social, su cédula de ciudadanía, una oración en papel bond del Justo Juez transcrito con evidentes errores ortográficos, y una serie completa de billetes de lotería que habían jugado hacía precisamente 20 días atrás, envuelto en éstos últimos se encontraba un billete de dos mil pesos, que le había suministrado uno de los rescatistas de la Defensa Civil.
El impacto fue certero en el pecho, las evidencias dirían después que fue una bala policial, luego de que el estado y la empresa del sector eléctrico, dieran cumplimiento a una demanda del contencioso administrativo judicial que tardó casi nueve largos años.
El hecho provocó que a la turba se unieran más personas, pues el fallecimiento del hasta ahora desconocido se supo a través del ´correo de las brujas´. El tropel duró hasta pasada la media noche cuando el agotamiento y el calor terminaron venciendo los ánimos de ambos bandos. A eso de las 40 horas sin el fluido eléctrico y el agua potable, todo era llanto y desolación en casa de Simón. Era la segunda víctima de la catástrofe que desgraciadamente involucraba a una misma familia, pues el cuerpo de Antonio no se había hallado, y las brigadas de bùsqueda se ocuparon de otras eventualidades, que paría abruptamente la ciudad.
Los responsables de las empresas públicas no daban, ni mucho menos dieron la cara por establecer su culpabilidad en los hechos. El viceministro de Minas y energía quien llegó procedente de la capital, ante la petición telefónica que le hiciera el presidente de la república desde Bejín, donde se hallaba discutiendo los Tratados de Libre Comercio que había vendido para su pecunio personal, el presidente anterior. El vice de cuerpo escuálido y una cara de nazareno lunático, evaluó muy rápido el caso, catalogándolo como un hecho ¡fortuito e impredecible!
En los hospitales llegaban niños con brotes y salpullidos por todo el cuerpo, como resultado del calor y las picadas de insectos. Los niños lloraban no sólo de la rasquiña que producía el calor, sino del sueño agobiante y el trasnocho de haber acumulado ya 50 horas de suplicio. Muchas parejas que se hallaban frágiles antes de los hechos, aprovecharon el exceso de estrés y los cambios de humor que produce el bochorno, para fabricar disputas verbales que a la postre dejó varios matrimonios divorciados. Contrario a ello, la situación originó que muchas niñas entre los 15 años de edad, se fueran de sus casas con sus novios, ante el aumento de las calenturas y las oportunidades que les ofrecía la espesa noche, éstas terminaron vencidas por el amor a la ligera.
Uno de los padres diría tiempo después: quién entiende a las mujeres ¡nunca hacen lo que dicen, como tampoco dicen lo que hacen!,. Muchos padres tomaron el hecho como un alivio elocuente ante la situación caótica de vida que se presentaba, es más algunos de ellos manifestaron que ya eso se veía venir, pues los jóvenes de hoy en día no escuchan consejos.
El sepelio de Simón se dio 72 horas después de la desaparición de su hijo, entre el tumulto aún de algunos manifestantes que al final no sabían porque continuaban protestando, pues el fluido eléctrico había retornado a la normalidad sólo por el sector, y la tranquilidad recién empezaba a llegar al sur de la ciudad. Luego de eso se concluyó que en total hubo dos muertes violentas por los disturbios, supuestamente por balas de la fuerza pública, un desaparecido de quien no se supo nunca más nada, pérdidas millonarias por parte de los comerciantes quienes terminaron haciendo largas filas en medio del calor del día, ante el anuncio de que la empresa de servicio público pagaría los daños causados a los usuarios. Nueve mujeres entre los 14 y 16 años se fueron de sus casas. El mensaje de uno de los manifestantes quedó en un improvisado aviso con aerosol negro, en una de las estaciones del Transmetro: “Barranquilla, es Barranquilla lo demás es monte y culebra”. El hecho pasó de ser un caso casual, a una situación de caos que llamó la atención incluso de la O.E.A, la normalidad, aunque lenta se fue dando gradualmente, pues en algunas zonas o barrios cercanos al sur aún persistía la ausencia del fluido eléctrico. Todo hubo pasado durante las 78 horas de caos irremediable, que la desatención del pueblo y sus ciudadanos terminó comúnmente vencida, pues tan sólo 24 horas después de los disturbios, la ciudad se veía sumida en el folclor, la recocha y el derroche que producen los efectos del fútbol. Sí, el equipo profesional , ese mismo que representa una esfera de la sociedad y de la clase dirigente reinante, había hecho olvidar lo acaecido el día inmediatamente anterior, esas mismas calles que en su momento habían sido campos improvisados de batalla en el sur de la ciudad, y que habían dejado una estela enorme de desorden, eran ahora enormes ríos de personas que fluían en un vaivén entre colores rojo y blanco, ante el canto sonoro de las arengas y el avivamiento fanático, y desmedido de sus seguidores.
Atrás había quedado para la sociedad sin memoria, los desmanes desproporcionados, el desenlace funesto de dos muertes violentas y un desaparecido, el caos vehicular, la tragedia fugazmente anunciada, y la zozobra persistente que alimentaba la desconfianza social, generada por un simple apagón, en una sociedad sumida cada vez más en el hambre persistente, y una parsimoniosa desolación inaúdita.
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