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Por. César Gamero De Aguas.

Mi desespero por haber llegado tarde al aeropuerto desapareció como una nube viajera, el tiempo transcurre sin control en medio de los cuerpos móviles, el vuelo ERJ-135 de Avianca, tuvo su retraso.Total, favoreció mi exasperación, sólo traje conmigo mi reducido equipaje de manos, la rutina enajenable de los aeropuertos norteamericanos hace que los viajeros se adentren en un gran monstruo activo de mundos desiguales, de destinos encontrados entre el tiempo y el espacio, muy pronto y ligera mi observación fue atraída por una bella mujer de rostro encantador; la musa de mi atención se paseaba intranquila de un lugar a otro. Para muchos viajeros su presencia era desapercibida, los revisores de documentos hacían su austera labor mientras mi abstracción se figuraba en aquel ángel de escasos 22 años de edad.  Por cosas inexplicables no acostumbro a  sentarme contiguo a las  ventanillas de los aviones, me parecen las puertas infinitas del vértigo, la sensación reinante es caudalosa y desesperadora, el efecto inquietante de la altura me crea un estado de conmoción indescriptible que evito vivir, sin embargo, esta vez fue la excepción, mi sorpresa fue verdaderamente mayúscula cuando en menos de unos minutos una voz dulce y melodiosa activó aceleradamente mi atención , y era ella, la esbelta morena de ojos penetrantes, color miel, su piel canela  reflejaba una mezcla singular de razas propias del mestizaje  caribe, sus labios carmesí contrastaban con la armonía de su figura física; parecían  brillar por la trasparencia perfecta y estética del labial, sus cejas de ébano silvestre adornaban el contorno singular de sus facciones, sus cabellos sueltos  bajaban como precipitosas cascadas  de agua, sin un control alguno más que atendiendo el designio natural de la física; su indumentaria la presentaba como una turista agraciada  en busca de placeres o destinos afortunados, no cabía duda su forma ligera y muy casual.

  • ¡Buenos días! -Gusto en ser su compañera de viaje.

Una catarsis interior de sentimientos desbordados emergió de mi interior, aquella sensación tan sólo me permitió expresar un simple:

  • ¡Claro! – respuesta fuera de control; que ella pudo extraer sin vacilación de mi fausto apremio.

Con un automatismo científico se distencionò. El viaje tardaría algo menos de una hora. Tiempo real y suficiente para sostener un diálogo espontáneo con la dueña de mis ojos, el instante, ese intervalo de tiempo debía darse en cualquier momento; su presencia desprendía un aroma de flores silvestres, el agua de colonia cautivaba aún más mi atención, cerró los ojos y tomó una posición de total relajación. Imposible para un ser con mis cualidades que interrumpiera su descanso casual. ¿Quizás se habría divertido anoche?, ¿tal vez trabajó hasta tarde?, el motivo era lo de menos, total me complacía con su compañía, su pie derecho hacía movimientos ligeros de un lado para otro, ¿inquietante?, ¿preocupada?, ¿ansiosa? -¡Conjeturas  banales! No lo sé, sólo hasta cuando la azafata llegó con su merienda se despertó, en ese momento fijó su mirada en ella, fijó una vez más su atención, tomó su ración de turno y la colocó en el porta comidas, sin musitar una palabra cayó plácidamente en brazos de Morfeo. Observé mi reloj; el tiempo en estos casos es ágil y traicionero como una flecha, sólo tenía ahora 30 minutos para llamar su atención e introducir un diálogo que avivara la llama de la esperanza; se encogió en forma de ese, posó sin atención su cabeza sobre mi hombro, ¡es el momento esperado!, pero mi voz se perdió en el intento, la enorme fuerza del tenor de la emoción, vencieron sin misericordia mis débiles ansias , la voz mecánica de la azafata una vez más y sin vacilación, recomendó  abrochar los cinturones. Se despertó y con una efímera sonrisa pagó la molestia causada; accedí inexorablemente a su atención al tiempo que aseguraba mi cinturón.

Los edificios que aparecían dibujados ahora  en mi ventana divisaban la culminación de un destino, era la hermosa ciudad de Cartagena de Indias, su atención era tensionante, el vértigo reinante se apoderó de ella, el efecto de la bajada le causó un cambio circunstancial en su rostro que no logré captar al momento mismo del ascenso; sin embargo, no daba su brazo a torcer, tomó la posición sugerida y nuestro vuelo se deslizó sin contratiempos en la pista , el frío del medio día nos contagió, quise darle prestado mi abrigo, pero la azafata le trajo el suyo, al parecer lo había dado a guardar antes, una vez más mi atención había sido en vano, una simple disculpa hubiera derrumbado las fichas de mi amor, se levantó con su equipaje y caminó hacia la culminación de nuestro destino, no pude notar en ese instante que mi equipaje de manos había caído al suelo del avión, como resultado de mi observación abstraída, el descuido aquel me había costado no seguir vigilando aquel hermoso  ángel; la perdí entre los 46 pasajeros que se afanaban por salir; entre la multitud me  abrí paso, como si  una necesidad   fisiológica me hubiera invadido, la divisé en la distancia, entre el sin número de abrazos que recibían los viajeros y la gran cantidad de avisos de bienvenida que portaban unos pocos niños y adultos , el aroma de flores silvestres  despertó una vez más  mis sensaciones   dormidas por un instante.

Como un sabueso experimentado llegué tan próximo a sus espaldas, ella alzó su brazo izquierdo para llamar la atención de un taxista inoportuno, situación adversa para  mis pretensiones, atravesó corriendo la zona vehicular, en ese momento comprendí que había ganado , fui un ser afortunado en ese momento y en otros más, porque he robado tu perfume, un desaforado néctar de flores silvestres, el aroma sensacional de tu presencia  que perdurará por mucho tiempo en lo más recóndito de mi memoria, donde quizás , tal vez otra mujer como tú, logre cautivar la capacidad elocuente de mi abstracción.

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